Oigo que viene el tren, está girando alrededor de la curva. No he visto el sol desde no sé cuándo. Estoy atrapado en la prisión del Coronavirus, y el tiempo sigue pasando. Pero ese tren sigue rodando hasta San Anton. Cuando era sólo un niño, mi madre me dijo, “Hijo siempre sé un buen chico, nunca juegues con armas”. Pero le disparé a un hombre en Reno, sólo para verlo morir. Cuando escucho ese silbato soplando, bajo mi cabeza y lloro.
Estamos encarcelados, es cierto. Pero peor lo pasan los presos reales, los que llevan años en esa situación y que tardaran mucho más que nosotros en ser libres. Y lo digo con conocimiento de causa.
No por haber pertenecido a la población carcelaria, sino porque un gran amigo mío (del que no puedo revelar el nombre. En todo caso si quiere que lo haga él) trabaja en la cárcel, y me cuenta sobre el estado en que se encuentra la gente dentro.
Pero volviendo al día a día, esta mañana he ido al “Lonjawoman” para reponer cuatro cosas básicas que necesitábamos en casa, y el espectáculo de estanterías vacías era totalmente deprimente. Por megafonía sonaba la triste y archiconocida melodía “Lonjawoooman… Lonjawoooman… Lonjawoman ♪” que se veía interrumpida, de vez en cuando, por un mensaje pregrabado solicitando a las personas que se comportaran civilizadamente y no arrasaran con todas las existencias. También aseguraban que la reposición de productos está garantizada, pero ni caso. Gente con carros hasta reventar, con productos que posiblemente no habían comprado en su vida con anterioridad. “Para que se lo lleve otro me lo llevo yo —debían pensar”. Así me gusta… Mucha solidaridad en las maratones navideñas, cuando nuestra vida no depende de eso, pero poca en los momentos esenciales.
Puede parecer recurrente lo que explicaré a continuación, ya que hemos visto en redes varias fotos y memes sobre esto. Pero, juro que es cierto… He visto ancianos con la mirada perdida buscando algún producto que necesitan, y que no van a encontrar. No lo van a encontrar, porque alguna persona obesa de mediana edad tiene miedo de entrar en anorexia. A estos cabrones sí que les metía yo en la cárcel que canta Mr. Cash, y no en un cómodo encierro domiciliario cargados de provisiones que no van a poder consumir, y que están destinadas a pudrirse como su alma. O mejor aún… Bajo las vías del tren que pasa junto a la prisión.
Como diría el señor de negro:
Apuesto a que hay gente rica comiendo en un vagón restaurante de lujo. Ellos están probablemente bebiendo café y fumando grandes cigarros. Bueno yo sé que tenía que pasar, sé que no puedo ser libre. Pero, esa gente sigue moviéndose. Y eso es lo que me tortura...