domingo, 22 de marzo de 2020

Día 6: CEMENTERIO DE ELEFANTES



Me acabo de levantar, y sin lavarme la cara y con un moño improvisado salgo de casa con la perra. Retazos televisivos afloran en mi mente como descargas eléctricas. COVID 19, confinamiento,  histeria colectiva,  policía,  militares  y más subnormales de los que imaginaba disfrutando  de su “confinamiento" como si estuvieran en un campamento de unicornios. Si en realidad supieran que su puto campamento no es Yellowstone con el oso Yogui y todas estas mierdas. Ignoran que su jodido campamento es más parecido a Christian Lake, con un Jason merodeando, esperando la oportunidad para joderlos hasta el fondo, no reirían tanto y fijo que dejarían de hacer el subnormal de una puta vez.


    Mientras me dirijo al centro del pueblo, prendo un Golden. Las calles están desiertas,  tan solo veo a un puñado de ancianos paseando erráticamente y sin un destino concreto. O eso creo, mientras observo a Haru, que menea sus caderas con una felicidad nacida por la ausencia de gente en las calles.  La perra es un animal antisocial,  no le gusta la gente,  si puede evitarla lo hace. Observando a los ancianos paseando despreocupadamente, una imagen me viene a la cabeza: La sabana,  África, una manada de elefantes se desplaza lenta pero contundentemente hacía una zona fresca y con líquido elemento,  se disponen a refrescar su sobrecalentada masa corporal, llegan a un oasis animal, infinidad de especies disfrutan de la sucia pero refrescante charca, como si fueran todos un mismo ente se evapora  el eterno conflicto entre el depredador y la presa. Un paquidermo enorme no se detiene,  con paso lento y pesado continúa caminando, se separa del grupo,  es el más anciano del clan, y  hasta aquí ha llegado. Se dirige hacia el eterno reposo,  la memoria genética le guía hacia el descanso… hacia EL CEMENTERIO DE ELEFANTES.
    Haru me tira de la correa, quiere volver a casa. Mientras echo un último vistazo a los octogenarios, no puedo evitar pensar en EL CEMENTERIO DE ELEFANTES.