Me
acabo de levantar, y sin lavarme la cara y con un moño improvisado salgo de
casa con la perra. Retazos televisivos afloran en mi mente como descargas
eléctricas. COVID 19, confinamiento,
histeria colectiva, policía, militares
y más subnormales de los que imaginaba disfrutando de su “confinamiento" como si estuvieran
en un campamento de unicornios. Si en realidad supieran que su puto campamento no
es Yellowstone con el oso Yogui y todas estas mierdas. Ignoran que su jodido
campamento es más parecido a Christian Lake, con un Jason merodeando, esperando
la oportunidad para joderlos hasta el fondo, no reirían tanto y fijo que
dejarían de hacer el subnormal de una puta vez.
Mientras me dirijo al centro del pueblo,
prendo un Golden. Las calles están desiertas,
tan solo veo a un puñado de ancianos paseando erráticamente y sin un
destino concreto. O eso creo, mientras observo a Haru, que menea sus caderas
con una felicidad nacida por la ausencia de gente en las calles. La perra es un animal antisocial, no le gusta la gente, si puede evitarla lo hace. Observando a los
ancianos paseando despreocupadamente, una imagen me viene a la cabeza: La
sabana, África, una manada de elefantes
se desplaza lenta pero contundentemente hacía una zona fresca y con líquido
elemento, se disponen a refrescar su
sobrecalentada masa corporal, llegan a un oasis animal, infinidad de especies disfrutan
de la sucia pero refrescante charca, como si fueran todos un mismo ente se
evapora el eterno conflicto entre el
depredador y la presa. Un paquidermo enorme no se detiene, con paso lento y pesado continúa caminando,
se separa del grupo, es el más anciano
del clan, y hasta aquí ha llegado. Se
dirige hacia el eterno reposo, la
memoria genética le guía hacia el descanso… hacia EL CEMENTERIO DE ELEFANTES.
Haru me tira de la correa, quiere volver a
casa. Mientras echo un último vistazo a los octogenarios, no puedo evitar pensar
en EL CEMENTERIO DE ELEFANTES.