Salgo a comprar, mi mujer me deja disfrutar de ese privilegio ya que sabe de sobra que el arresto domiciliario empieza a afectarme. La cola para entrar al supermercado da casi la vuelta a la manzana, no me importa, así puedo estar un rato más en la calle. Mantengo la distancia de seguridad de un metro y medio entre el hombre que hay delante mío y la señora mayor que llega un poco después. Aunque antes del virus pasaba por esa calle como cinco o seis veces al día, hoy lo observo todo con atención, como si acabara de llegar a un país extranjero. Una pareja de policía también ataviada con mascarillas, pasa caminando junto a la fila de personas que esperamos, escrutándonos con la mirada, todo el mundo baja la cabeza a su paso como niños pequeños ante sus padres después de haber realizado una trastada. Conforme se van acercando a mí, nuestras miradas se encuentran y se clavan las unas a las otras; me niego a bajar la cabeza como un ser inferior, así que nos seguimos con lamirada hasta que pasan de largo. Sé que este acto de rebeldía —es triste que hayamos llegado hasta tal punto de que una simple mirada sea un acto de rebeldía— pues ellos recordarán mi cara, pero yo no podré recordar las suyas. Eso me hace pensar en que las personas que vamos sin guantes ni mascarilla nos estamos convirtiendo en una especie en extinción, mientras el resto de la humanidad nos mira, unos con expresión de rechazo y los otros como si fuésemos animales exóticos. Cuando me toca entrar en el supermercado —sale uno, entra otro—, una empleada situada en la puerta me ofrece ponerme diolina en las manos como norma obligatoria para acceder al local. Una vez dentro me doy cuenta de que ha valido la pena la espera, en todo el local no habremos más de veinte personas, lo que quiere decir que se puede comprar con bastante tranquilidad, sin aglomeraciones ni problemas de estrecheces en los pasillos. Hay un poco de todo en los estantes, supongo que los empleados del supermercado reponeran de poco en poco para que la gente no arrase histéricamente y todo el mundo tenga la oportunidad de comprar lo que necesita. Yo, que iba a comprar un par de bricks de leche, arroz y harina, aprovecho para comprar un par de botes de legumbres, unas latas de atún y un par de cosas más que nos hacían falta pero que no habíamos podido conseguir a causa de la primera ola de histerismo popular.
Una vez en casa vuelvo a entrar en el eterno bucle del día de la marmota, limpiar, barrer poner lavadoras, colgar la colada… todo se vuelve un acto frío y rutinario. Intentamos que nuestra hija estudie vía Online con un par de enlaces que nos mandaron desde su colegio mientras yo practico algunas jugadas en el tablero de ajedrez y mi mujer hace pizzas para la cena con la harina recién comprada, todo esto a ritmo de Mendelsson.
Sé que solo llevamos seis días encerrados, pero a mí esto empieza a afectarme. Empiezo a perder la noción del tiempo, no sé en qué coño de día vivo; también me empieza a costar recordar ciertas cosas y estoy en una especie de desorientación continua: me olvido si he comido o no, le pregunto cosas a mi mujer y su respuesta se me borra de la mente a los pocos segundos —el tiempo que tardo en volver a preguntárselas—, si por casualidad me quedo dormido un par de minutos en el sofá, cuando despierto, durante unos segundos, no sé quien soy ni donde estoy. Sé que pensaréis que todo esto es una exajeración, un patético intento de recurso de escritor, pero como he dicho antes, todo esto empieza a afectarme.
A parte de tomarme Aciclovir vía oral, me curo el herpes un par de veces al día, por suerte este maldito hijodeputa parece que por fin está empezando a dar sus últimos coletazos, así que intento secarlo con yodo para irle dando el tiro de gracia, aunque tampoco me dejo engañar mucho, pues de vez en cuando me mete unos viajes que me deja cruzado. Estando en el baño, frente al espejo, escucho la voz del vecino de al lado; está discutiendo con su mujer y los gritos me llegan a través de la pared como una siniestra psicofonía. Me pregunto como llevarán el resto de las personas este encierro obligado; las personas con claustrofobia, hiperactividad… o los más graves, las personas con algún grado de demencia, los esquizofrénicos o los que padecen trastorno límite de la personalidad; todos confinados como cerdos en porquerizas ilegales, construyendo microuniversos individualistas y paranóicos entre las cuatro paredes de sus hogares. Me imagino la película The Cube, pero con los protagonistas encontrándose familias histéricas dentro de cada uno de los habitáculos.
Una vez en casa vuelvo a entrar en el eterno bucle del día de la marmota, limpiar, barrer poner lavadoras, colgar la colada… todo se vuelve un acto frío y rutinario. Intentamos que nuestra hija estudie vía Online con un par de enlaces que nos mandaron desde su colegio mientras yo practico algunas jugadas en el tablero de ajedrez y mi mujer hace pizzas para la cena con la harina recién comprada, todo esto a ritmo de Mendelsson.
Sé que solo llevamos seis días encerrados, pero a mí esto empieza a afectarme. Empiezo a perder la noción del tiempo, no sé en qué coño de día vivo; también me empieza a costar recordar ciertas cosas y estoy en una especie de desorientación continua: me olvido si he comido o no, le pregunto cosas a mi mujer y su respuesta se me borra de la mente a los pocos segundos —el tiempo que tardo en volver a preguntárselas—, si por casualidad me quedo dormido un par de minutos en el sofá, cuando despierto, durante unos segundos, no sé quien soy ni donde estoy. Sé que pensaréis que todo esto es una exajeración, un patético intento de recurso de escritor, pero como he dicho antes, todo esto empieza a afectarme.
A parte de tomarme Aciclovir vía oral, me curo el herpes un par de veces al día, por suerte este maldito hijodeputa parece que por fin está empezando a dar sus últimos coletazos, así que intento secarlo con yodo para irle dando el tiro de gracia, aunque tampoco me dejo engañar mucho, pues de vez en cuando me mete unos viajes que me deja cruzado. Estando en el baño, frente al espejo, escucho la voz del vecino de al lado; está discutiendo con su mujer y los gritos me llegan a través de la pared como una siniestra psicofonía. Me pregunto como llevarán el resto de las personas este encierro obligado; las personas con claustrofobia, hiperactividad… o los más graves, las personas con algún grado de demencia, los esquizofrénicos o los que padecen trastorno límite de la personalidad; todos confinados como cerdos en porquerizas ilegales, construyendo microuniversos individualistas y paranóicos entre las cuatro paredes de sus hogares. Me imagino la película The Cube, pero con los protagonistas encontrándose familias histéricas dentro de cada uno de los habitáculos.
Una vez teñida de un rojo amarillento mi cara, me siento en el sofá frente al tablero de ajedrez, con todas las piezas colocadas perfectamente por mi hija y echamos unas cuantas partidas mientras mi mujer se entretiene navegando por las redes sociales. Mi hija me apalea sin compasión en el tablero una y otra vez; no soy capaz de pensar con claridad, Me noto la mente densa, ralentizada, como el sonido de un casete cuando la cinta de este se enganchaba en los cabezales.
Mi mujer me comunica, muy preocupada, que por todos los sitios —oficiales y no oficiales— no se deja de avisar de que lo peor está por llegar. Es una noticia que ya hace un par de días que la venimos escuchando y la verdad, no logro entenderlo ¿Cómo es posible que lo peor esté por llegar si la mayor parte de la población está encerrada en casa? ¿De qué está sirviendo entonces este confinamiento? Y sobre todo ¿Cómo es posible que el Estado esté tan seguro de que lo peor está por llegar? Todos sabemos las respuestas de esas preguntas, pero preferimos no decirlas en alto, hacer como si todo esto no estuviera pasando —y sabéis de sobra que no me refiero al encierro ni al virus— y seguir participando en este Freack Sohw del #YoMeQuedoEnasa, #EsteVirusLoParamosTodos y mierdas por el estilo.
Mi mujer me comunica, muy preocupada, que por todos los sitios —oficiales y no oficiales— no se deja de avisar de que lo peor está por llegar. Es una noticia que ya hace un par de días que la venimos escuchando y la verdad, no logro entenderlo ¿Cómo es posible que lo peor esté por llegar si la mayor parte de la población está encerrada en casa? ¿De qué está sirviendo entonces este confinamiento? Y sobre todo ¿Cómo es posible que el Estado esté tan seguro de que lo peor está por llegar? Todos sabemos las respuestas de esas preguntas, pero preferimos no decirlas en alto, hacer como si todo esto no estuviera pasando —y sabéis de sobra que no me refiero al encierro ni al virus— y seguir participando en este Freack Sohw del #YoMeQuedoEnasa, #EsteVirusLoParamosTodos y mierdas por el estilo.
Por la noche, desde el exterior, escuchamos por la megafonía de un coche patrulla la voz del Gran Hermano invitándonos a seguir recluidos en el interior de nuestros hogares. Dulce canto de sirena que nos acompaña mientras nos metemos en la cama con otro día de cautiverio vivido.
Buenas noches a todos.
Buenas noches a todos.