Esta mañana he salido a buscar provisiones. Suelo dejar un margen de un par de días entre incursión e incursión. Dicen las malas lenguas que unos individuos vestidos de azul están apostados en las esquinas, controlando lo que hacemos. En principio no tendrían que ser peligrosos, a no ser que no dispongas de un salvoconducto. No me imaginaba un apocalipsis burocrático (bueno, en realidad sí, y más viviendo en el país que vivimos). Los asaltadores de caminos nos pedirán la documentación antes de robarnos, y los zombis nos exigirán que les mostremos los certificados de sanidad, con pólizas del estado, antes de devorarnos.
—Yo a este no me lo como. No está libre de gluten —exclama el líder de la manada zombi.
Y hablando de zombis. ¿Dónde narices están? Me pregunto. Tanto apocalipsis y no tenemos ni zombis en las calles. Maldita crisis, ya no nos llega el presupuesto ni para eso. Aunque, siendo sincero, si se observa bien a la gente, sí que tienen un cierto caminar que nos recuerda a los muertos vivientes. Lo único que les diferencia es que en lugar de correr hacia ti, huyen despavoridos en cuanto te ven. Siempre he sido partidario de que la gente me dejara mi espacio vital, nunca me han gustado las grandes aglomeraciones, ni que alguien esté muy encima de mí (salvo que sea mujer, y pelirroja a poder ser). Suelo escapar de los abrazos y besos de gente a la que apenas conozco, y que, por lo visto, ellos a mí sí. Esta es una de las ventajas que me ha traído esta psicosis. Ahora no tengo que decir a nadie que se aleje un poquito, que deje correr el aire.
Una vez realizado el aprovisionamiento, he regresado a mi guarida. En cierto modo, me siento en ella como el sujeto 23.
¿Quién narices es el sujeto 23? Me preguntaréis. Es el protagonista de la novela “Relacionado con las Crisálidas” de Daniel Aragonés, gran amigo y compañero. Los que la hayáis leído, ya sabréis de que hablo, y a los que no, os la recomiendo encarecidamente.
Me siento solo, aburrido, sin ganas de relacionarme con nadie. Sentimientos de autosuficiencia mediocre pueblan mí mente. Paseo por mi cueva sin hablar con las pocas personas que la comparten conmigo. La televisión está funcionando, pero no soy capaz de concentrarme lo suficiente para entender de qué coño están hablando. Me doy de bruces contra la pared, doy la vuelta y sigo andando. Me vuelvo a preguntar… ¿Cuándo llegan los zombis?
Pobre infeliz, soy incapaz de darme cuenta de que el zombi soy yo.