lunes, 23 de marzo de 2020

Día 8.

Camino en círculo por la terraza, como hacen los presos por el patio de las prisiones en las películas. Parto de un punto y, bordeando toda la terraza, vuelvo a él repitiendo la misma operación una y otra vez, incansablemente. Sé que suena tedioso, pero mis vecinos me miran desde sus simples balcones con un cierto destello de envidia en los ojos. Llevo las manos dentro de los bolsillos del pantalón del chándal y camino sin levantar la mirada del suelo. He dado tantas veces ya la misma vuelta, que sé de sobra donde tengo que girar o cambiar de rumbo para no tropezarme con alguno de los tendederos de ropa, en los cuales, camisetas, calcetines y otras prendas de ropa interior se secan aprovechando la suave ventisca con la que ha amanecido el día.
   Hoy sería el cumpleaños de mi hermano mayor, cumpliría cincuenta y seis años si no hubiera fallecido hace unos meses, debido a una neoplasia de pulmón. Aunque se me hace duro pensar en
ello, no puedo dejar de cuestionarme que si no hubiera muerto en octubre, se lo habría llevado por delante este maldito virus.
   Mi mujer ha llegado esta mañana hecha polvo de trabajar, ha tenido una noche durísima. También me pongo en contacto con mis compañeros de trabajo —trabajo en urgencias, aunque hace ocho meses que estoy de baja por una discopatía lumbar—. Al igual que mi mujer, todos coinciden en lo mismo: demasiados casos abiertos, demasiado poco personal, escaso material y demasiados sentimientos sufridos durante demasiadas horas de trabajo. Los trabajadores sanitarios nos vemos en la obligación de construirnos una armadura para poder dedicarnos a esta profesión, pero a estas alturas de la pandemia esa armadura se nos está empezando a desquebrajar.
   Sigo caminando en mi insistente intento de marcar un surco en el suelo de terrazo, el herpes me pica bastante, quiero creer que eso forma parte de la curación. Dejo de caminar para hablar unas palabras con el vecino, que tiene su terraza enfrente de la mía. No sé por qué lo hago, nunca había hablado con él, y si no fuera por esta situación, supongo que jamás lo habría hecho. Después de la microconversación con el vecino sigo girando en ese vórtice que me he empeñado en crear; y mientras yo lo hago hacia un lado, mi mente gira hacia el otro mezclando toda la información que me ha ido llegando hoy —ya sea desde fuentes oficiales, o comentarios wathsaapeados— e intenta darle una forma compacta a todo ello. El virus apareció por primera vez en China, uno de los países sobre la faz de la tierra con más habitantes entre sus fronteras —o el que más, ahora mismo no estoy seguro de ello—, lo cual provoca que también sea uno de los países donde más migración, a día de hoy, se realiza. De esta manera el virus ha tenido la oportunidad de expandirse por más territorio y en menor espacio de tiempo que si hubiera eclosionado en otro país más pequeño o con menor índice de migración. ¿Estoy diciendo con esto que la culpa ha sido de los chinos? ¡No! Lo que sencillamente pienso es que ha sido una grandísima e infortunada coincidencia.
   Llevamos años superpoblando el planeta sin preocuparnos lo más mínimo de las consecuencias que ello podría conllevar. La cantidad de seres humanos por kilómetro cuadrado hace muchos años que empezó a ser preocupante, dicha cantidad de seres humanos necesitan explotar los recursos naturales del planeta para sobrevivir, sobre todo en lo que solemos llamar Primer Mundo, y en este Primer Mundo se ha vuelto totalmente insostenible esta situación si se quiere seguir viviendo al nivelazo que lo estamos haciendo, o para que se entienda mejor, despilfarrando los recursos naturales como si no hubiera un mañana. Se prevee que esta situación no se arregle en los términos de tiempo que el Gobierno nos hizo creer, de quince días se está empezando a hablar de meses, y sí “lo peor está por llegar”, como ellos mismos pregonan ahora mismo, eso quiere decir que miles de personas —dejemos por ahora ahí esa cifra— perecerán a consecuencia del virus. Miles de personas menos para repartirse el pastel de los recursos naturales, y ya de paso, miles de personas menos cobrando pensiones por desempleo, jubilación e incapacidad, por ejemplo. Miles de personas menos en los que gastarse dinero en sanidad o educación, y miles de personas menos para plantarles frente cuando todo esto salga a la luz.
   Sigo girando como un puto gilipollas alrededor de la terraza, respiro hondo mirando al cielo, un par de gaviotas vuelan en círculos encima mío, pero a diferencia de mí, ellas podrán seguir su rumbo cuando les de la gana mientras que a mí solo me quedará meterme en casa cuando me canse de estar aquí fuera. Me vienen a la mente los datos de Salud pública que alguien me ha hecho llegar hoy: Cuatro mil setecientos cuatro casos positivos, doscientos noventa y ocho de ellos están en la U.C.I. y ciento noventa y uno han fallecido, y eso tan solo son las cifras que el virus está dejando en Cataluña por ahora. Me apoyo contra la pared, me siento mareado, he debido de dar demasiadas vueltas y por eso estoy pensando todas estas tonterías.
   Me meto en casa y mi hija me pregunta si puede despertar ya a su madre, yo le digo que no y, mientras voy hacia el baño, le explico que mamá tiene que volver a trabajar esta noche y que la deje dormir un poco más. Cuando salgo del baño me espera con el tablero de ajedrez preparado y con una sonrisa en la cara. Me siento frente a ella mientras mueve e4 —su favorita, como a Fischer—, yo muevo c5. Me pregunta por qué últimamente siempre muevo ahí, y yo le digo que porque soy de Sicilia. No entiende la broma, tampoco yo lo espero, como tampoco espero que quien lea esto lo haga.