lunes, 30 de marzo de 2020

Dieciséis días no cambian nada




Cuando las cosas no van bien de mi piel interior emerge una especie de coraza protectora que envuelve a mi verdadero ser y lo oculta entre las sombras. Anoche Lidia, en relación a esto, me llamaba pangolín. Sí, joder, me vuelvo esquivo, correoso, borde, distante y me paso el día pensando, a mi aire, ausente. Supongo que esta mierda se la debo a mi padre, ese ser despreciable que se pasó mi adolescencia dándome martillazos en el alma y bebiendo anís (La Castellana) como si lo fuesen a prohibir. Y ahora soy así, para evitar daños mayores me aíslo del exterior; mi coraza emocional indestructible me protege del mal y me priva del bien (una putada de doble filo). Me jode por mis seres queridos, que lo sufren irremediablemente, y no puede ser, ellos no se lo merecen.
    Tengo que frenar el avance de mi yo malvado.
    Son las siete de la mañana. Lunes. Por culpa del puto cambio de hora aún no ha amanecido, y por culpa de la pandemia todos los días son iguales. Pero no pasa nada, no es de eso de lo que quiero hablar. Estoy fabricando un portón en mi coraza para que Lidia y el niño puedan entrar y salir sin problema, a su antojo. Para que eso ocurra tengo que escribir sobre el asunto y meditar un rato largo.
    No puedo permanecer hermético, tengo que abrirme.
   

Es lunes, como ya he dicho, y hoy el país se va a detener aún más, si cabe. Así que nuestra idea es salir a comprar algunas cosas, por separado, claro, y recluirnos diez días seguidos, por aquello de evitar las oleadas individuales de gilipollas profundos.
    Entre tanto, abro el documento donde se encuentran los diarios y corrijo los textos de mis amigos. Aunque parezca lo contrario, mi vida no ha cambiado nada. Mi verdadera pasión es la escritura, la edición, el amor, la amistad, y nada de eso me falta ahora mismo. Solo ha frenado mi actividad económica, el puto trabajo, las horas muertas haciendo que otro se enriquezca con mis servicios. Mi mayor deseo sería vivir en el campo y dedicarme a las letras, aunque no gane mucho. Que Lidia pueda pasar el día de pesca, dando paseos, leyendo, trabajando en algo que le guste. Que mi hijo crezca sano y en un ambiente alejado del humo y el ruido del hombre. Lo sé, es una jodida utopía, y vosotros sois gilipollas (jajajajaja). Con lo de vosotros ya sabéis a quién me dirijo, gilipollas.
    Dieciséis días no cambian nada. Todo sigue en el mismo sitio. Los que estaban infectados lo siguen estando. Las empresas nos esperan con los brazos abiertos como si nada estuviese pasando. Los coches no han desaparecido, ni las gasolineras, ni los camiones de transporte, ni los aviones. El virus no ha muerto, como no lo han hecho el resto de virus. Las cárceles no ha rehabilitado a nadie. El dinero nos come. La vida nos devora. Y la globalización nos está mostrando su cara oculta más oscura y fatal. Ya lo sé, soy demasiado positivo.
   

Mi realidad actual:
    El niño llora. Voy hasta la cuna y lo cojo. Le doy un par de besos, un poco de biberón y se calma. Está dormido en mis brazos mientras escribo estas últimas líneas. Curiosamente, me acuerdo de una novela que nada tiene que ver con todo esto, Azul casi transparente, de Ryu Murakami. Y esta me lleva a otra que me aconsejó Cabezuelo, Indigno de ser humano, de Dazai. Ambas son historias duras, en cierto modo salvajes, crueles, escritas por autores japoneses.
    En un rato me daré una ducha. Aprovecharé para afeitarme la cabeza. Y esperaré a que se despierte Lidia para besarla y mostrarle mi amor, que es lo realmente importante, lo único que puede salvar al ser humano individualmente.

Apunte: gracias, salvajes, sin vosotros este encierro no tendría el sentido que tiene.