Cuando las cosas no van
bien de mi piel interior emerge una especie de coraza protectora que envuelve a
mi verdadero ser y lo oculta entre las sombras. Anoche Lidia, en relación a
esto, me llamaba pangolín. Sí, joder, me vuelvo esquivo, correoso, borde,
distante y me paso el día pensando, a mi aire, ausente. Supongo que esta mierda
se la debo a mi padre, ese ser despreciable que se pasó mi adolescencia dándome
martillazos en el alma y bebiendo anís (La Castellana) como si lo fuesen a
prohibir. Y ahora soy así, para evitar daños mayores me aíslo del exterior; mi coraza
emocional indestructible me protege del mal y me priva del bien (una putada de
doble filo). Me jode por mis seres queridos, que lo sufren irremediablemente, y
no puede ser, ellos no se lo merecen.
Son las siete de la mañana. Lunes. Por
culpa del puto cambio de hora aún no ha amanecido, y por culpa de la pandemia
todos los días son iguales. Pero no pasa nada, no es de eso de lo que quiero
hablar. Estoy fabricando un portón en mi coraza para que Lidia y el niño puedan
entrar y salir sin problema, a su antojo. Para que eso ocurra tengo que escribir
sobre el asunto y meditar un rato largo.
No puedo permanecer hermético, tengo que
abrirme.
Es lunes, como ya he
dicho, y hoy el país se va a detener aún más, si cabe. Así que nuestra idea es
salir a comprar algunas cosas, por separado, claro, y recluirnos diez días
seguidos, por aquello de evitar las oleadas individuales de gilipollas profundos.
Entre tanto, abro el documento donde se
encuentran los diarios y corrijo los textos de mis amigos. Aunque parezca lo
contrario, mi vida no ha cambiado nada. Mi verdadera pasión es la escritura, la
edición, el amor, la amistad, y nada de eso me falta ahora mismo. Solo ha
frenado mi actividad económica, el puto trabajo, las horas muertas haciendo que
otro se enriquezca con mis servicios. Mi mayor deseo sería vivir en el campo y
dedicarme a las letras, aunque no gane mucho. Que Lidia pueda pasar el día de
pesca, dando paseos, leyendo, trabajando en algo que le guste. Que mi hijo
crezca sano y en un ambiente alejado del humo y el ruido del hombre. Lo sé, es
una jodida utopía, y vosotros sois gilipollas (jajajajaja). Con lo de vosotros
ya sabéis a quién me dirijo, gilipollas.
Dieciséis días no cambian nada. Todo sigue
en el mismo sitio. Los que estaban infectados lo siguen estando. Las empresas
nos esperan con los brazos abiertos como si nada estuviese pasando. Los coches
no han desaparecido, ni las gasolineras, ni los camiones de transporte, ni los
aviones. El virus no ha muerto, como no lo han hecho el resto de virus. Las
cárceles no ha rehabilitado a nadie. El dinero nos come. La vida nos devora. Y
la globalización nos está mostrando su cara oculta más oscura y fatal. Ya lo
sé, soy demasiado positivo.
Mi realidad actual:
El niño llora. Voy hasta la cuna y lo cojo.
Le doy un par de besos, un poco de biberón y se calma. Está dormido en mis
brazos mientras escribo estas últimas líneas. Curiosamente, me acuerdo de una novela
que nada tiene que ver con todo esto, Azul casi transparente, de Ryu
Murakami. Y esta me lleva a otra que me aconsejó Cabezuelo, Indigno de ser
humano, de Dazai. Ambas son historias duras, en cierto modo salvajes,
crueles, escritas por autores japoneses.
En un rato me daré una ducha. Aprovecharé
para afeitarme la cabeza. Y esperaré a que se despierte Lidia para besarla y mostrarle
mi amor, que es lo realmente importante, lo único que puede salvar al ser
humano individualmente.
Apunte: gracias, salvajes, sin vosotros este encierro no tendría el sentido que tiene.