viernes, 20 de marzo de 2020

El sexto día

Son las dos de la madrugada y me acabo de despertar de forma súbita. Quizás ande un poco cabreado con todo, no lo tengo claro. Con el cerebro revuelto y las emociones dislocadas. Producto de un miedo que viaja por el aire y respiro de forma obligada. El hecho de ser padre no ayuda mucho en estos momentos. Es un todo.
    Demasiadas sensaciones al mismo tiempo.
    Por un lado están las cadenas que me sujetan al estado. Invisibles y recias. Eslabones forjados con dinero fácil y tiempo muerto. Y por otro, la cuerda que me arrastra al abismo de la libertad absoluta, trenzada con hilos de esperanza y sueños rotos. Demasiado poético para ser cierto, ¿no?
    Nada bueno puede salir de una crónica nacida en el seno del insomnio. Un texto basado en la rotura de la razón y en la muerte del ser humano.
    Sí, amigos, la realidad supera con creces a la ficción. A día de hoy el mundo está patas arriba. Los gobiernos nos han confinado en nuestros hogares, convirtiendo nuestras fincas personales en cárceles improvisadas. El toque de queda existe. La libertad es una prostituta disfrazada de virus letal. Covid-19, una Lolita sin bragas.
    ¿Qué podemos hacer? Nada, salvo desenterrar nuestras armas de destrucción masiva, en mi caso, la pluma y el papel.

Visiones:
    En la calle gritan unos chavales. Corren. Juegan a ser adultos mientras se saltan las normas del estado de alarma. No puedo evitar sentir cierta añoranza. Hace veinte años yo sería uno de esos chicos, ajeno a las normas, sin miedo a ser aplastado por la enorme mano del capitalismo, la misma que hoy nos obliga a permanecer encerrados, arrodillados ante las órdenes de nuestros jefes supremos. ¿Por qué algunos siguen acudiendo a sus trabajos, cuan perritos falderos? No lo sé, y a esos chicos, ávidos de emociones fuertes, no les importa una mierda.