Son las dos de la
madrugada y me acabo de despertar de forma súbita. Quizás ande un poco cabreado
con todo, no lo tengo claro. Con el cerebro revuelto y las emociones
dislocadas. Producto de un miedo que viaja por el aire y respiro de forma
obligada. El hecho de ser padre no ayuda mucho en estos momentos. Es un todo.
Demasiadas sensaciones al mismo tiempo.
Por un lado están las cadenas que me
sujetan al estado. Invisibles y recias. Eslabones forjados con dinero fácil y
tiempo muerto. Y por otro, la cuerda que me arrastra al abismo de la libertad
absoluta, trenzada con hilos de esperanza y sueños rotos. Demasiado poético
para ser cierto, ¿no?
Nada bueno puede salir de una crónica
nacida en el seno del insomnio. Un texto basado en la rotura de la razón y en
la muerte del ser humano.
Sí, amigos, la realidad supera con creces a
la ficción. A día de hoy el mundo está patas arriba. Los gobiernos nos han
confinado en nuestros hogares, convirtiendo nuestras fincas personales en
cárceles improvisadas. El toque de queda existe. La libertad es una prostituta
disfrazada de virus letal. Covid-19, una Lolita sin bragas.
¿Qué podemos hacer? Nada, salvo desenterrar
nuestras armas de destrucción masiva, en mi caso, la pluma y el papel.
Visiones:
En la
calle gritan unos chavales. Corren. Juegan a ser adultos mientras se saltan las
normas del estado de alarma. No puedo evitar sentir cierta añoranza. Hace
veinte años yo sería uno de esos chicos, ajeno a las normas, sin miedo a ser
aplastado por la enorme mano del capitalismo, la misma que hoy nos obliga a
permanecer encerrados, arrodillados ante las órdenes de nuestros jefes
supremos. ¿Por qué algunos siguen acudiendo a sus trabajos, cuan perritos
falderos? No lo sé, y a esos chicos, ávidos de emociones fuertes, no les importa
una mierda.