sábado, 4 de abril de 2020

21 días con Daniel Aragonés




Ayer me levanté inspirado y grabé un vídeo hablando sobre mis impresiones en relación a la pandemia. Reflexiones (serias) sobre el virus, su avance, cómo se está atajando el problema y las consecuencias sociales que puede acarrear una vez finalice toda esta caótica situación. El hecho de estar comprobando por mí mismo cómo se inventan y desinflan las estadísticas me parece muy poco profesional. Tengo a mi abuela prácticamente muerta en casa de mi tía (un piso de treinta metros cuadrados ubicado en una quinta planta sin ascensor) después de haber estado hospitalizada. Noventa años, recién operada de la rodilla, neumonía, fiebre, tres días sin comer ni moverse (sí, tiene Covid 19). ¿Y quién cuida de ella? Mi tía, que está infectada y ni siquiera le han hecho el test (acojonante). En definitiva, una dada de alta y la otra sin existir como enferma legal. Lo que lleva a pensar que no solo la situación se les va de las manos, sino que les suda la polla completamente.

    Bienvenidos al instituto mundial de estadística, payasos descerebrados. Nada de lo que veas en las gráficas es del todo real.
    Por otro lado pienso en las consecuencias sociales. ¿Seguirá todo igual cuando todo esto acabe? Supongo que nuestro propio comportamiento se volverá algo esquivo con nuestros iguales. Las relaciones personales sufrirán algún trastorno, al menos eso pienso. Por mi parte tampoco es que sea un jodido oso amoroso, es más, si se deja de dar la mano y de besar, pues mira, casi mejor, a la mierda. Pero insisto, tengo serias dudas con todo, ya que el mundo gira en torno a un capitalismo desmedido: estadios de fútbol, pabellones deportivos, conciertos, teatros. No pueden reventar el sistema de un plumazo, o igual sí.
    En el ámbito político, y lo digo con pena, espero que esto no desemboque en algo parecido a 1984, de Orwell. No me gustaría encontrarme con el comienzo de un cambio irrevocable. La muerte del pequeño empresario, absorbido por las grandes multinacionales, capaces de sobrellevar las importantes pérdidas a las que nos vamos a ver sometidos. El final de esta falsa libertad que tanto tiempo ha costado no conseguir. Dicen los analistas que lo que va a morir es el neoliberalismo. Por otro lado, los grandes autores y pensadores (la mayoría son unos gilipollas prepotentes) hablan de un cambio de paradigma, de una vuelta a la censura más cruel, de dictadura abierta. Mi enfoque personal me lleva a otro sitio, ni tan libre como supuestamente es ahora, ni un mundo en sombras, regido por un diligente que nos obligue a llevar brazaletes y hablar de su buen gusto  a la hora de ejecutar a oponentes y oprimidos.
    Tengo dudas con todo esto, no sé si los gobiernos aprovecharán para dejar ciertas normas en un plano fijo, ni idea. Solo sé que salir  a la calle da pena. Ver la ciudad vacía, desolada, azotada por vientos mañaneros y decorada con gatos llenos de mugre es deprimente. Pájaros y ratas campan a sus anchas mientras alguien en el mundo está pasando 21 días con Daniel Aragonés, un escritor confuso, una persona capaz de todo con tal de sobrevivir, un tipo con ganas de volver a pisar el campo.