Ayer me levanté
inspirado y grabé un vídeo hablando sobre mis impresiones en relación a la
pandemia. Reflexiones (serias) sobre el virus, su avance, cómo se está atajando
el problema y las consecuencias sociales que puede acarrear una vez finalice
toda esta caótica situación. El hecho de estar comprobando por mí mismo cómo se
inventan y desinflan las estadísticas me parece muy poco profesional. Tengo a
mi abuela prácticamente muerta en casa de mi tía (un piso de treinta metros
cuadrados ubicado en una quinta planta sin ascensor) después de haber estado
hospitalizada. Noventa años, recién operada de la rodilla, neumonía, fiebre,
tres días sin comer ni moverse (sí, tiene Covid 19). ¿Y quién cuida de ella? Mi
tía, que está infectada y ni siquiera le han hecho el test (acojonante). En
definitiva, una dada de alta y la otra sin existir como enferma legal. Lo que
lleva a pensar que no solo la situación se les va de las manos, sino que les
suda la polla completamente.
Bienvenidos al instituto mundial de
estadística, payasos descerebrados. Nada de lo que veas en las gráficas es del
todo real.
Por otro lado pienso en las consecuencias
sociales. ¿Seguirá todo igual cuando todo esto acabe? Supongo que nuestro
propio comportamiento se volverá algo esquivo con nuestros iguales. Las
relaciones personales sufrirán algún trastorno, al menos eso pienso. Por mi
parte tampoco es que sea un jodido oso amoroso, es más, si se deja de dar la
mano y de besar, pues mira, casi mejor, a la mierda. Pero insisto, tengo serias
dudas con todo, ya que el mundo gira en torno a un capitalismo desmedido:
estadios de fútbol, pabellones deportivos, conciertos, teatros. No pueden
reventar el sistema de un plumazo, o igual sí.
En el ámbito político, y lo digo con pena,
espero que esto no desemboque en algo parecido a 1984, de Orwell. No me
gustaría encontrarme con el comienzo de un cambio irrevocable. La muerte del
pequeño empresario, absorbido por las grandes multinacionales, capaces de sobrellevar
las importantes pérdidas a las que nos vamos a ver sometidos. El final de esta
falsa libertad que tanto tiempo ha costado no conseguir. Dicen los analistas
que lo que va a morir es el neoliberalismo. Por otro lado, los grandes autores
y pensadores (la mayoría son unos gilipollas prepotentes) hablan de un cambio
de paradigma, de una vuelta a la censura más cruel, de dictadura abierta. Mi
enfoque personal me lleva a otro sitio, ni tan libre como supuestamente es
ahora, ni un mundo en sombras, regido por un diligente que nos obligue a llevar
brazaletes y hablar de su buen gusto a la
hora de ejecutar a oponentes y oprimidos.
Tengo dudas con todo esto, no sé si los
gobiernos aprovecharán para dejar ciertas normas en un plano fijo, ni idea.
Solo sé que salir a la calle da pena.
Ver la ciudad vacía, desolada, azotada por vientos mañaneros y decorada con
gatos llenos de mugre es deprimente. Pájaros y ratas campan a sus anchas mientras
alguien en el mundo está pasando 21 días con Daniel Aragonés, un escritor confuso,
una persona capaz de todo con tal de sobrevivir, un tipo con ganas de volver a
pisar el campo.
