sábado, 4 de abril de 2020

DÍA 19: HASTA LOS HUEVOS



Más de dos semanas después de este encierro y estoy HASTA LOS HUEVOS. No por estar 24 horas encerrado en casa, no por la falta de movilidad,  tampoco por el control férreo de las autoridades,  ni por la saturación en los centros primarios.  No pretendo hacer un alegato al individualismo.  La fuente de la mala hostia que llevo encima es algo más prosaico.  Tengo unos vecinos que me tienen HASTA LOS HUEVOS, desde primera hora de la mañana la algarabía de los chiquillos explota como una jodida mina antipersona. Gritos, golpes , risas y lloros… ¡muchos lloros! La culpa no la tienen los chiquillos,  no soy tan estúpido, sería como quejarse de que el agua moja o el sol calienta.
 
    El foco de mi rabia son los padres de los niños.  Si los infantes ríen los padres más, si gritan ellos el doble, sobre todo la vaca burra de la matriarca.  Pero lo que más me jode son los gritos de recriminación empañados de ira y amargura de la madre,  cualquier subnormal puede ser madre/padre. Gritando como si en vez de niños tuviera ganado como progenie. ¿Esa es manera de tratar a unos niños? ¿Es sano imponer la “ley" familiar a golpe de amargos gritos? No lo sé,  tampoco me importa mucho. La única verdad que conozco es que me tienen HASTA LOS HUEVOS con su gritona retahíla. 
    Una vez al día (como mínimo) me imagino llamando a la puerta de tan insignes vecinos. Y en el mismo instante en que se abre la puerta y sin mediar palabra alguna, mi puño se estrella contra la jeta de la matriarca o el patriarca,  me da lo mismo. Mientras sus lágrimas se mezclan con la mucosidad y la sangre provocada por la fractura nasal yo les digo de forma sosegada: “¡Pedazo de hijo/a de puta! ¿Por qué no gritas ahora? ¡Me tenéis HASTA LOS HUEVOS!”
    Se que estás ensoñaciones son de mal gusto e igualmente estériles. Pero al  menos los minutos que paso en ellas es tiempo que resta en el confinamiento.