Más
de dos semanas después de este encierro y estoy HASTA LOS HUEVOS. No por estar
24 horas encerrado en casa, no por la falta de movilidad, tampoco por el control férreo de las
autoridades, ni por la saturación en los
centros primarios. No pretendo hacer un
alegato al individualismo. La fuente de
la mala hostia que llevo encima es algo más prosaico. Tengo unos vecinos que me tienen HASTA LOS
HUEVOS, desde primera hora de la mañana la algarabía de los chiquillos explota
como una jodida mina antipersona. Gritos, golpes , risas y lloros… ¡muchos
lloros! La culpa no la tienen los chiquillos,
no soy tan estúpido, sería como quejarse de que el agua moja o el sol
calienta.
El foco de mi rabia son los padres de los
niños. Si los infantes ríen los padres
más, si gritan ellos el doble, sobre todo la vaca burra de la matriarca. Pero lo que más me jode son los gritos de
recriminación empañados de ira y amargura de la madre, cualquier subnormal puede ser madre/padre.
Gritando como si en vez de niños tuviera ganado como progenie. ¿Esa es manera
de tratar a unos niños? ¿Es sano imponer la “ley" familiar a golpe de
amargos gritos? No lo sé, tampoco me
importa mucho. La única verdad que conozco es que me tienen HASTA LOS HUEVOS
con su gritona retahíla.
Una vez al día (como mínimo) me imagino llamando
a la puerta de tan insignes vecinos. Y en el mismo instante en que se abre la
puerta y sin mediar palabra alguna, mi puño se estrella contra la jeta de la
matriarca o el patriarca, me da lo
mismo. Mientras sus lágrimas se mezclan con la mucosidad y la sangre provocada por
la fractura nasal yo les digo de forma sosegada: “¡Pedazo de hijo/a de puta! ¿Por
qué no gritas ahora? ¡Me tenéis HASTA LOS HUEVOS!”
Se que estás ensoñaciones son de mal gusto e
igualmente estériles. Pero al menos los
minutos que paso en ellas es tiempo que resta en el confinamiento.