martes, 7 de abril de 2020

24 horas para sonreír




Hace muchos años me diagnosticaron distimia, producto de mis fobias, ya medio superadas (disimuladas). La distimia me acompaña de siempre, y me vuelve un poco extraño. Me cuesta ser feliz del todo, me falta esa capacidad para reunir las piezas necesarias y sonreír como un puto borrego, soy incapaz, a veces la ansiedad me supera y me arrastra al abismo de la irracionalidad. Fue mi hermano Javi el que me ayudó a sentir felicidad y alegría (en esa casa de mierda), con él nunca hubo medias tintas. Cogíamos, nos inventábamos frases o palabras y modificábamos el vocabulario y el idioma. En serio, eran cosas muy estrafalarias que a día de hoy siguen sacándome carcajadas. Aunque le saco diez años, le debo más que a cualquiera, es mi confidente, mi mejor amigo y la única persona que jamás me ha fallado. Siempre hemos estado ahí el uno para el otro, y desde que comenzó toda esta mierda del confinamiento llevo sin verle, cosa que me jode muchísimo. Este último año,
entre unas cosas y otras, ha sido muy extraño (leer resto diarios), y no nos hemos visto lo suficiente, cosa que tengo intención de revertir en cuanto pueda.
    Después de toda esta chapa, hablaré de mi día de ayer. Me levanté con mi hijo (para que mi mujer duerma un poco y no fallezca), escribí el diario del día anterior, hice tiempo corrigiendo a mi gente de G.S., desayuné con mi mujer (a la que amo con todas mis fuerzas), cuidamos juntos de nuestro hijo durante horas, practicamos sexo (para no morir deprimidos), tomé alguna birra, jugamos a la play, cociné unas habichuelas, bajé a la perra un par de veces y estuve casi 24 horas riendo, que es la única terapia contra la estupidez humana. Charlar y charlar, comentar historias relacionadas con el jodido Covid 19, leer alguna noticia aislada y pensar en la gran mentira que nos quieren colar en el culo.
    Después de una madrugada a intervalos llega un nuevo día:
    Leo el diario de Ryan y lo cierto es que me río bastante (tengo un gusto exquisito para elegir amigos… jajajaja). Me encanta lo que dice y cómo lo dice, esa jodida ironía tan hiriente me parece mágica. Creo que la ocasión merece una micro historia mía, nada del otro jueves. Hace años trabajé con payasos, para ser exacto con Leo Bassi (y un pequeño séquito de Security Clown). Fue un periplo extraño en el que lo pasé de puta madre. Me resultaba llamativo ver lo deprimente que era Leo cuando estaba en el camerino y la energía que proyectaba cuando se subía en el escenario. Estar allí con ellos cambió mi vida, y me hizo ver el lado bueno de mi problema con la distimia. No pasa nada, todo tiene su cara y su cruz, solo hay que alimentar las risas con llantos y los llantos con tristeza enlatada. Se trata de canalizar.
    Y ahora, ¡TACHÁN!:
    Me gustaría convertir esto en un consejo literario: Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll. Una novela crítica en la que el protagonista es un payaso venido a menos.

PD: Al bueno de J.C. decirle que donde estemos, aunque seamos polvo, jamás le pediré que juguemos a la pelota. Aunque te pese aquí tienes un amigo que no te juzga. Abrazacos a todo el Grupo Salvaje, sin vosotros canalizar sería una tarea compleja. El éter nos envuelve.