miércoles, 8 de abril de 2020

25 y nada más




Después de leer el diario de David Alarcón ciertas imágenes almacenadas en mi cerebro se han mostrado nítidas, como si no hubiese pasado el tiempo. Viñetas mentales vinculadas con relatos de Lovecraft y con viejos conocidos que le inspiraron a él, como Machen, Bierce, o Chambers. Pero hay un ganador. El relato de El Wendigo, de Algernon Blackwood, es el que más me ha venido  a la cabeza. Ha sido una visión clara, la misma que tuve cuando lo leí. Le gradezco mucho este gran recuerdo, esta repesca en mi sobrecargada memoria.
    Pero bueno, no es para esto para lo que estamos escribiendo nuestros diarios, ¿no? Lo hacemos para hablar de nuestras vidas de encierro, de lo que tenemos y hemos dejado de tener. Para exponer nuestras ideas de la forma más adecuada. Para dejar un testimonio escrito de lo vivido en estos extraños días marcados por el Covid 19.
    Prosigo:
    Ayer por la tarde repasé los diarios de Cabezuelo y Ryan, y me quedé con ganas de más. Estoy enganchado a sus ideas, a sus vidas, a su forma de afrontar (o no) las cosas. Cada vez los llevo más dentro de mí, como si fuesen los hermanos mayores que nunca tuve (y sin desmerecer al resto de G.S.). Mientras que lo hacía, Lidia fue a comprar víveres y aguantó las colas de toda esta panda de sociópatas que piensan que esto es el fin del mundo. Y al final lo va a ser, pero no por el virus, sino por la jodida psicosis que se está generando alrededor. Y ¡ojo! Que no pienso que se trate de una broma, tengo a mi abuela hecha una mierda, medio muerta, con fiebre, sin fuerzas, neumonía, gastroenteritis y tos, a una buena amiga, Jeny, con neumonía, fiebre y reventada, la madre y el padre de dos buenos amigos han muerto, y las cifras de allegados siguen subiendo. La gran mentira de las cifras (no entraré en detalles hoy).
    Tiempo real:
    Desayuno. Café con leche sin jodida lactosa (más patético y reviento). Unas barritas energéticas de chocolate, avena y naranja. Echo de menos el rollo café y cigarro, pero ya no fumo, lo dejé hace unos años, el año pasado volví (para dejar lo canutos), y lo he vuelto a dejar (un jodido tiovivo marcado por el cannabis, el cual, me abandonó definitivamente hace un año, para dar tiempo de paz a mis pulmones). Tengo al niño en el regazo y escribo. Lidia está a mi izquierda, y el recuerdo de mi hermano ocupa gran parte de mi cerebro (echo de menos a ese hijo de puta). No sé en qué pensar, llevo unos días bastante vacíos en cuanto a  pensamientos útiles. Solo visualizo biberones, pañales, cacas y a un niño que lleva cuatro meses llorando y quejándose sin parar. Los llaman niños de alta demanda, o algo así, soy horrible para los nombres. Así que, volviendo a mi maldito presente, aprovecho el tiempo en silencio para corregir y repasar los textos de mis camaradas salvajes y, a intervalos, escribo lo mío, cuando me deja el crío. El resto del día lo intento aprovechar para algo, pero suele salir mal.
    Acabo parar para dormir al niño (Gunnar).
    Vale, ya estoy aquí, y no me quedan muchas palabras.
    Mañana titularé a mi entrada del diario veintiséis seis seis  y hablaré de mi faceta de tío duro al que nadie le toca los cojones (jajajajaja). También diré lo que hago para no estrangular a nadie durante el encierro y profundizaré sobre ese temilla de la gran mentira de las cifras. Intentad emborracharos, follar, comer  bien y hacer deporte casero, como hizo el puto Joseph Hubertus Pilates.