Después de leer el
diario de David Alarcón ciertas imágenes almacenadas en mi cerebro se han
mostrado nítidas, como si no hubiese pasado el tiempo. Viñetas mentales vinculadas
con relatos de Lovecraft y con viejos conocidos que le inspiraron a él, como
Machen, Bierce, o Chambers. Pero hay un ganador. El relato de El Wendigo,
de Algernon Blackwood, es el que más me ha venido a la cabeza. Ha sido una visión clara, la
misma que tuve cuando lo leí. Le gradezco mucho este gran recuerdo, esta repesca
en mi sobrecargada memoria.
Pero bueno, no es para esto para lo que
estamos escribiendo nuestros diarios, ¿no? Lo hacemos para hablar de nuestras
vidas de encierro, de lo que tenemos y hemos dejado de tener. Para exponer
nuestras ideas de la forma más adecuada. Para dejar un testimonio escrito de lo
vivido en estos extraños días marcados por el Covid 19.
Prosigo:
Ayer por la tarde repasé los diarios de
Cabezuelo y Ryan, y me quedé con ganas de más. Estoy enganchado a sus ideas, a
sus vidas, a su forma de afrontar (o no) las cosas. Cada vez los llevo más
dentro de mí, como si fuesen los hermanos mayores que nunca tuve (y sin
desmerecer al resto de G.S.). Mientras que lo hacía, Lidia fue a comprar
víveres y aguantó las colas de toda esta panda de sociópatas que piensan que
esto es el fin del mundo. Y al final lo va a ser, pero no por el virus, sino
por la jodida psicosis que se está generando alrededor. Y ¡ojo! Que no pienso
que se trate de una broma, tengo a mi abuela hecha una mierda, medio muerta,
con fiebre, sin fuerzas, neumonía, gastroenteritis y tos, a una buena amiga,
Jeny, con neumonía, fiebre y reventada, la madre y el padre de dos buenos
amigos han muerto, y las cifras de allegados siguen subiendo. La gran mentira
de las cifras (no entraré en detalles hoy).
Tiempo
real:
Desayuno. Café con leche sin jodida lactosa
(más patético y reviento). Unas barritas energéticas de chocolate, avena y
naranja. Echo de menos el rollo café y cigarro, pero ya no fumo, lo dejé hace
unos años, el año pasado volví (para dejar lo canutos), y lo he vuelto a dejar
(un jodido tiovivo marcado por el cannabis, el cual, me abandonó
definitivamente hace un año, para dar tiempo de paz a mis pulmones). Tengo al
niño en el regazo y escribo. Lidia está a mi izquierda, y el recuerdo de mi
hermano ocupa gran parte de mi cerebro (echo de menos a ese hijo de puta). No
sé en qué pensar, llevo unos días bastante vacíos en cuanto a pensamientos útiles. Solo visualizo
biberones, pañales, cacas y a un niño que lleva cuatro meses llorando y quejándose
sin parar. Los llaman niños de alta demanda, o algo así, soy horrible para los
nombres. Así que, volviendo a mi maldito presente, aprovecho el tiempo en
silencio para corregir y repasar los textos de mis camaradas salvajes y, a
intervalos, escribo lo mío, cuando me deja el crío. El resto del día lo intento
aprovechar para algo, pero suele salir mal.
Acabo parar para dormir al niño (Gunnar).
Vale, ya estoy aquí, y no me quedan muchas
palabras.
Mañana titularé a mi entrada del diario veintiséis
seis seis y hablaré de mi faceta de
tío duro al que nadie le toca los cojones (jajajajaja). También diré lo que
hago para no estrangular a nadie durante el encierro y profundizaré sobre ese
temilla de la gran mentira de las cifras. Intentad emborracharos, follar, comer bien y hacer deporte casero, como hizo el
puto Joseph Hubertus Pilates.