miércoles, 8 de abril de 2020

DÍA 23: PESADILLA parte 2



Mis ojos se abren, me quedo un rato estirado entre las agujas de pino, dejo que el ritmo cardíaco se calme, el bosque se encuentra en total quietud,  no hay viento que mueva las ramas de los árboles,  ningún pájaro rompe la quietud del momento.  Me incorporo,  mi respiración se relaja,  el corazón baja su ritmo, estoy más calmado. Los recuerdos se precipitan en mi cerebro de forma calmada y ordenada, me permito una leve sonrisa, y empiezo a caminar de forma tranquila, como si de un paseo en el parque se tratase.
    Recuerdo…
    Los mismos timbales que me llevaron al desvarío son los que me ponen en alerta,  estoy a tope, las endorfinas inundan mi sistema linfático,  aunque estoy en guardia todo pasa ante mis ojos como un borrón abstracto. No se cuántos son los atacantes, sé que son más de uno por que una infinidad de
heridas surgen de mi cuerpo en menos tiempo del que tardo en decir: hijos de puta. Manos me agarran del pelo, otras intentan aprisionar mis extremidades,  uñas llenas de roña me laceran despiadadamente mi cuerpo expuesto, estoy totalmente desnudo.  Mis puños cerrados golpean carne y hueso, todo es muy confuso hasta que un extraño haz de luz me inunda las retinas. Una voz me habla al oído, sensual, íntimamente: “David,  muchacho, eres el elegido por la madre tierra, eres el brazo ejecutor, la rabia… la venganza ¡Despierta!”
    Como una vela en su último estertor de vida el haz de luz desaparece,  mi vista se aclara,  observo mis manos ensangrentadas,  uñas rotas, pedazos de carne por todo mi cuerpo, a mi alrededor: silencio, quietud sepulcral. Me asusto y empiezo a correr de forma histérica y desordenada.
    Más tarde:
    Mientras camino en una paz total los recuerdos se han aposentado en el cerebro. Me regocijo con el recuerdo de huesos quebrados, con los lloros de neo hippies pidiendo clemencia,  la sangre salpicando por todo mi cuerpo, miembros amputados, mis brazos sobrehumanos arrancando brazos y piernas como si de cebollas se tratasen. El olor fétido de los intestinos arrancados a dentelladas,  mi boca con sabor a alimentos a medio digerir, mis fosas nasales saturadas del olor metálico de la hemoglobina…
    Me detengo en medio de un prado, ya puedo vislumbrar las primeras casas del pueblo. Miro al cielo, grito de forma desaforada como si del aullido de un lobo se tratase. “¡Yo soy la tierra, yo soy el cielo! Hasta aquí ha llegado vuestra profanación, vuestro capricho llegó a su fin,  vuestro fin es mi vida, vuestra PESADILLA mi sueño".
    Oscuridad.
    El ruido de sábanas me despierta,  son las nueve de la mañana. Mientras observo a Raquel durmiendo a mi lado, sonrío. Ella abre los ojos, me mira: “ ¿Y esa sonrisa, cielo?”.  Nada, hoy será un buen día.
    ¡Buenos días!