Mis
ojos se abren, me quedo un rato estirado entre las agujas de pino, dejo que el ritmo
cardíaco se calme, el bosque se encuentra en total quietud, no hay viento que mueva las ramas de los
árboles, ningún pájaro rompe la quietud
del momento. Me incorporo, mi respiración se relaja, el corazón baja su ritmo, estoy más calmado. Los
recuerdos se precipitan en mi cerebro de forma calmada y ordenada, me permito
una leve sonrisa, y empiezo a caminar de forma tranquila, como si de un paseo
en el parque se tratase.
Recuerdo…
Los mismos timbales que me llevaron al
desvarío son los que me ponen en alerta,
estoy a tope, las endorfinas inundan mi sistema linfático, aunque estoy en guardia todo pasa ante mis
ojos como un borrón abstracto. No se cuántos son los atacantes, sé que son más
de uno por que una infinidad de
heridas surgen de mi cuerpo en menos tiempo del que tardo en decir: hijos de puta. Manos me agarran del pelo, otras intentan aprisionar mis extremidades, uñas llenas de roña me laceran despiadadamente mi cuerpo expuesto, estoy totalmente desnudo. Mis puños cerrados golpean carne y hueso, todo es muy confuso hasta que un extraño haz de luz me inunda las retinas. Una voz me habla al oído, sensual, íntimamente: “David, muchacho, eres el elegido por la madre tierra, eres el brazo ejecutor, la rabia… la venganza ¡Despierta!”
heridas surgen de mi cuerpo en menos tiempo del que tardo en decir: hijos de puta. Manos me agarran del pelo, otras intentan aprisionar mis extremidades, uñas llenas de roña me laceran despiadadamente mi cuerpo expuesto, estoy totalmente desnudo. Mis puños cerrados golpean carne y hueso, todo es muy confuso hasta que un extraño haz de luz me inunda las retinas. Una voz me habla al oído, sensual, íntimamente: “David, muchacho, eres el elegido por la madre tierra, eres el brazo ejecutor, la rabia… la venganza ¡Despierta!”
Como una vela en su último estertor de vida
el haz de luz desaparece, mi vista se
aclara, observo mis manos ensangrentadas, uñas rotas, pedazos de carne por todo mi
cuerpo, a mi alrededor: silencio, quietud sepulcral. Me asusto y empiezo a
correr de forma histérica y desordenada.
Más tarde:
Mientras camino en una paz total los
recuerdos se han aposentado en el cerebro. Me regocijo con el recuerdo de
huesos quebrados, con los lloros de neo hippies pidiendo clemencia, la sangre salpicando por todo mi cuerpo, miembros
amputados, mis brazos sobrehumanos arrancando brazos y piernas como si de
cebollas se tratasen. El olor fétido de los intestinos arrancados a dentelladas, mi boca con sabor a alimentos a medio digerir,
mis fosas nasales saturadas del olor metálico de la hemoglobina…
Me detengo en medio de un prado, ya puedo
vislumbrar las primeras casas del pueblo. Miro al cielo, grito de forma
desaforada como si del aullido de un lobo se tratase. “¡Yo soy la tierra, yo
soy el cielo! Hasta aquí ha llegado vuestra profanación, vuestro capricho llegó
a su fin, vuestro fin es mi vida,
vuestra PESADILLA mi sueño".
Oscuridad.
El ruido de sábanas me despierta, son las nueve de la mañana. Mientras observo
a Raquel durmiendo a mi lado, sonrío. Ella abre los ojos, me mira: “ ¿Y esa
sonrisa, cielo?”. Nada, hoy será un buen
día.
¡Buenos días!