Son las cinco menos
cuarto de la madrugada. El pequeño Gunnar llora. A parte del dolor de encías,
tiene hambre y el pañal rebosante de pis. Me levanto medio dormido. Lo saco de
la cuna y le acaricio la cara. En un alarde de velocidad nocturna le doy el biberón,
le meto una dosis de Dalsy en la boca (preparada por Lidia, esposa y enfermera
del mal), cambio el pañal y me vuelvo a la cama.
¡Mierda! Por más que lo intento no me puedo
dormir. No me queda otro remedio que coger el puto teléfono y echar un ojo a
las noticias, curiosear por las redes sociales (suciales, le digo
cariñosamente) y ver fotos. Nada del otro mundo, a fin de cuentas, me aprovecho de la globalización y me entero de cosas que suceden en distintos lugares del globo terráqueo, muchas tonterías, chistes malos.
cariñosamente) y ver fotos. Nada del otro mundo, a fin de cuentas, me aprovecho de la globalización y me entero de cosas que suceden en distintos lugares del globo terráqueo, muchas tonterías, chistes malos.
Decido levantarme y hacer un pequeño
balance de lo absorbido.
Hay un par de temas controvertidos en los
que no me quiero meter, ya lo han hecho mis hermanos de G.S. y no tengo ganas
de rizar el rizo. Me conformo con ir al baño, sentarme en la taza y soltar ahí mi
auténtica mierda. Lo cual me recuerda una cosa: Tenía un colega, no sé si
seguirá vivo, que decía que cagar es el mayor placer del mundo, mucho más que
practicar sexo, porque luego no tienes que abrazar a la taza del váter y
decirla que la quieres. En fin, no sé por qué acabo de decir esto, si yo soy un
romántico en realidad. Si algún día muero, que lo haré, haré algo romántico que
permanezca en el recuerdo de mi amada para toda la eternidad, si no me jode un
cáncer antes, claro. Solo espero que no sea una muerte ridícula, como que me atropelle
una vieja en una Scooter, o resbalarme en la sección de limpieza íntima de un
centro comercial con un paquete de compresas en la mano, o ahogarme comiendo
tofu.
Esperad, tengo que volver al baño.
Joder, el maldito bizcocho que hizo ayer
Lidia está buenísimo, pero creo que me he empachado. Esta cuarentena me está entocinando.
Empiezo a convertirme en el Gordo Cabrón.
Prosigo: hoy me ha poseído el espíritu de
lo absurdo. Supongo que todos estamos un poco así. Después de un mes confinados
todo los días parecen el mismo. Despertares idénticos. Nada por la ventana. La
misma polla debajo del pijama. Nada en la cabeza (nada bueno). Incertidumbre. Y
encima convocan un parón cultural, ¿qué cojones me estás contando? Mirad, tíos,
yo me largo a la cocina, voy a darle otro tiento al bizcocho.
