sábado, 11 de abril de 2020

DÍA 26: ¡PUTA SUERTE LA MÍA!




Siempre he tenido mala suerte con los acontecimientos históricos, planetarios, sociológicos o cómo se le quiera llamar.
    Cuando era chaval el año se componía de cuatro estadios, conocidos como estaciones. En invierno hacía un frío del carajo, durante 5 meses los días eran cortos,  amanecía tarde y se ponía el sol a primera hora de la tarde,  los campos amanecían blancos a causa de la helada,  los ríos se paralizaban a causa del hielo y en Noviembre empezaban las primeras precipitaciones. Podría continuar con la descripción de las nevadas y sus silencios, pero me pondría demasiado bucólico  y la verdad, no me apetece. Después, con la llegada de la primavera, los días se alargaban hasta el infinito,  los campos
se vestían de verde, las montañas se iluminaban de colores vivos, los animales salían de debajo de las piedras, la vida se imponía.  El verano era muy corto (lo normal en las tierras del norte) apenas un mes y medio, lo suficiente para ir al río a bañarme. No te habías adecuado a los días de baños y juegos, que el otoño te atenazaba de manera rápida e inmisericorde, lluvias, viento, las montañas y campos se apagaba y vuelta a empezar el periodo de oscuridad. Hoy en día las estaciones se solapan unas a otras sin apenas diferencia, ¿cambio climático? ¡PUTA SUERTE LA MÍA!
    Años más tarde llego  el excitante y desconocido Servicio Militar,  era un sitio donde te decían que te convertirían en un hombre y encima servirías a tu patria (me cago en sus muertos). Unos meses antes de empezar se hizo público que al año siguiente se aboliría, ¡joder! PUTA SUERTE LA MÍA, me comí el servicio militar con patatas.
    Los años pasaron y, de golpe, una gente trajeada con vestimentas de Armani nos dicen que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, que no hay curro y que nos tenemos que ir a nuestra puta casa. Si queremos currar tiene que ser con sus denigrantes reglas, el Kunta Kintismo ha llegado, recesión económica y otra vez ¡PUTA SUERTE LA MÍA!
    Podría seguir, pero con la pandemia que tenemos encima no me apetece deprimirme más. Voy hacer lo único que me apetece:  me sirvo un café, me lío un pitillo y me pongo a leer un rato,  por cierto es una novela cojonuda, El Cantar de Heike.