Ayer tenía muchas ganas
de escribir el diario de hoy, pero la cosa ha cambiado y todas esa ideas
maravillosas se han colado por la taza del váter. Supongo que tener a un bebé
quejándose todo el puto día me deja sin ganas de nada (tiene cinco meses y
lleva así cinco meses). La gente dice que es normal, pero Lidia y yo sabemos
que no. Ambos tenemos hermanos pequeños, en mi caso, le saco diez años, y recuerdo
perfectamente cómo era de bebé, y no era un infierno continuo, día tras día. Voy
a respirar hondo.
Nuestro hijo es un infierno, y ya está, no
pasa nada, le queremos igual. No hace falta que nadie me diga que todos los
bebés son iguales, que si el suyo fue mucho peor, bla, bla, bla. No necesito que
otros padres quieran hacerse amiguitos míos para compartir experiencias, o que
cierta gente me venga con mierdas positivistas. Me tienen quemado los
positivistas de los cojones, con su mierda, sus libros de autoayuda y sus
frases de filosofía rosa. Mueren veinte mil personas de Covid 19 y todavía te
dicen: «Bueno, pero mira toda la de recuperados que hay, es súper-ultra-mega-chachi-pilongui,
la sanidad no va tan mal, crearemos chachi inmunidad y nuestros chochitos
marineros y vuestras pelotillas esponjosillas se salvarán. Y entonces,
comeremos algodón de azúcar y sufriremos de orgasmos espontáneos improvisados».
No me queda nada y lo tengo todo, ¿cómo te
comes esa mierda, amigo? Ahora resulta que puede que no tenga derecho a cobrar
nada. Es la polla. Así se lo montan las empresas, incluso cuando el mundo se va
a la puta mierda. Luego qué quieren, que personas como yo seamos unos come pollas,
que vayamos por ahí sonriendo y con ganas de que nos sigan dando por el culo. Hace
años que decidí ir por un camino, y por eso renuncié cierta promoción laboral.
Preferí dedicarme al arte, a la escritura, a la música, a la edición. Mi oficio
de ser humano normal siempre lo he utilizado para comer, pagar facturas y
sufrir, ya está. Es ahora cuando he decidido tomarme más en serio la promoción
laboral de humano de a pie. Y bueno, pues llega un virus y lo manda todo a
tomar por culo, incluida la humanidad, y si no al tiempo.
En serio, hoy no debería publicar nada.
Todo lo que sale de mí es horrible. La culpa la tiene ese maldito trámite que
quería realizar. Y luego el niño llorando. Y luego mi gata meando en el
pasillo. Y la falta de tiempo.
Tiempo real:
Estoy sentado delante del ordenador. Tengo
ansiedad porque no me siento libre en estos momentos. Es como si me tuviesen
encerrado en una gran cárcel. Más que nunca, tengo ganas de huir. Fuera está
nublado, hace algo de frío y no se mueve ni un alma, a excepción de los
currantes, claro, que ellos no suponen ningún riesgo para expandir la pandemia
porque son robots aborregados asintomáticos.