Cuando era pequeño, el hombre del tiempo era famoso porque nunca daba una, si decía que iba a llover, al otro día no había una nube en el cielo, y si afirmaba que iban a bajar las temperaturas entonces podías estar seguro de que iba a hacer un sol abrasador. Hoy en día ya no suceden esas cosas, supongo que la telaraña de satélites que debemos tener sobre nuestras cabezas hacen que pronosticar el tiempo sea una ciencia mucho más exacta. Y como bien habían predicho para hoy, llueve de cojones.
Miro el tablero concentrándome en el último movimiento, juego contra el ordenador pero reproduzco los movimientos en el tablero real para tener mejor percepción de las jugadas, pero ni con esas soy capaz de ganarle una partida al motor de la página web que utilizo para entrenar, y eso que está en el nivel uno —no quiero ni imaginarme como será de cruel y despiadado el nivel cinco—. Su
último movimiento de alfil me deja, como suele decirse, en bragas, pues saca de juego a mi torre y deja al rey más indefenso que una gallina en plena madriguera de comadrejas, así que tragándome el orgullo, tumbo el rey.
Hoy me duelen las piernas y la zona media de la espalda, puede que sea por la humedad de este día tan lluvioso, aunque siempre he creído que eso de que te duela algo por el tiempo es más psicológico que otra cosa, pero bueno, estamos en tiempos difíciles para mantener la cordura y el raciocinio en plenas facultades. De vez en cuando intento poner la espalda recta, pero es como si un punzón estuviera entre mis vértebras; también camino alrededor de la mesa para ejercitar mis piernas —joder, me parezco a mi madre— a ver si así se me calma el dolor, aunque sé de sobra que es un dolor reflejado por el abombamiento discal de la L5, pero llega un momento en que la desesperación no te da muchas opciones, bueno, sí, la de suicidarte si tienes el valor suficiente para hacerlo, pero últimamente la Sociedad Limitada de Suicidas va corta de socios valientes.
Ayer por la noche, cuando salí a la terraza para poner a cubierto mis Kalanchoes, se me olvidó recoger del tendedero y la ropa que estaba tendida, así que llevo todo el día viendo como mis pantalones del pijama se empapan con la lluvia mientras el viento los mueve violentamente como a una vieja bandera que ya no representa a nadie; puede que esa sea la representación de mí mismo que más se me acerca, la de una puta bandera apátrida, sin nadie que se sienta representada por ella pero feliz de no representar a nadie y soñando con ser viento. El viento puede cruzar fronteras sin dar explicaciones a nadie, los humanos, hoy en día, necesitamos un puto papel para poder salir a la calle sin que nos multe la policía. Quién fuera viento.
Llevo treinta días encerrado, si hace un mes me hubieran dicho que los próximos treinta días me los iba a tirar encerrado en mi casa sin salir, la carcajada se hubiera escuchado hasta en la China, pero aquí me hallo, con un mes acuestas entre cuatro paredes y una depresión cociéndose a fuego muy lento en los hornos de mi único y propio infierno. Son las doce de la noche, no tengo sueño, alimento a mi insomnio post estrés con un número mayor de tazas de café por día; sí, ya sé que no es una de las cosas más inteligente que estoy haciendo, pero la inteligencia y yo nunca hemos ido muy cogidos de la mano, supongo que por eso nunca entiendo las cosas como las entienden el resto de las personas y siempre acabo sacando mis propias teorías, reflexiones y absurdas ideas; un loco pensador o un pensador loco —no sé sí existe alguna diferencia entre los dos, pero si uno de las dos es peor que el otro, entonces ese soy yo.
Me pongo a hacer la comida, y mientras pico un poco de cebolla para el sofrito pienso en lo mucho que necesito salir a la calle de una puta vez, no es que eche de menos a las personas, nunca he necesitado el tacto con ellas y sigo sin necesitarlo, por mí podrían dejar a todo el mundo confinado en casa hasta el día en que los cuatro jinetes del apocalipsis bajen del cielo montados en sus putrefactos caballos, pero sí que me encantaría poder salir y pasear libremente por las calles desiertas. El otro día, al volver de pasar el día con mi madre, lo hice en un vagón de tren completamente vacío, eso no me había pasado en la vida, viajar solo durante una hora, mirando el mar por la ventana y sin nadie que me incordiase con su mera presencia. Me pregunto si esa sensación que sentí durante todo el viaje sería igual que la que sintió Neil Armstrong al pisar por primera vez el suelo de los estudios cinematográficos donde se rodó la llegada a la Luna.
Voy a dejar de escribir por hoy y voy a acompañar al puñado de pastillas que tengo que tomarme por la noche con la última taza de café del día antes de acostarme y esperar pacientemente a dormirme, morirme o a que el virus acabe hasta con la policía para poder salir a la calle y pasear sin cruzarme con nadie, lo primero que ocurra.
Miro el tablero concentrándome en el último movimiento, juego contra el ordenador pero reproduzco los movimientos en el tablero real para tener mejor percepción de las jugadas, pero ni con esas soy capaz de ganarle una partida al motor de la página web que utilizo para entrenar, y eso que está en el nivel uno —no quiero ni imaginarme como será de cruel y despiadado el nivel cinco—. Su
último movimiento de alfil me deja, como suele decirse, en bragas, pues saca de juego a mi torre y deja al rey más indefenso que una gallina en plena madriguera de comadrejas, así que tragándome el orgullo, tumbo el rey.
Hoy me duelen las piernas y la zona media de la espalda, puede que sea por la humedad de este día tan lluvioso, aunque siempre he creído que eso de que te duela algo por el tiempo es más psicológico que otra cosa, pero bueno, estamos en tiempos difíciles para mantener la cordura y el raciocinio en plenas facultades. De vez en cuando intento poner la espalda recta, pero es como si un punzón estuviera entre mis vértebras; también camino alrededor de la mesa para ejercitar mis piernas —joder, me parezco a mi madre— a ver si así se me calma el dolor, aunque sé de sobra que es un dolor reflejado por el abombamiento discal de la L5, pero llega un momento en que la desesperación no te da muchas opciones, bueno, sí, la de suicidarte si tienes el valor suficiente para hacerlo, pero últimamente la Sociedad Limitada de Suicidas va corta de socios valientes.
Ayer por la noche, cuando salí a la terraza para poner a cubierto mis Kalanchoes, se me olvidó recoger del tendedero y la ropa que estaba tendida, así que llevo todo el día viendo como mis pantalones del pijama se empapan con la lluvia mientras el viento los mueve violentamente como a una vieja bandera que ya no representa a nadie; puede que esa sea la representación de mí mismo que más se me acerca, la de una puta bandera apátrida, sin nadie que se sienta representada por ella pero feliz de no representar a nadie y soñando con ser viento. El viento puede cruzar fronteras sin dar explicaciones a nadie, los humanos, hoy en día, necesitamos un puto papel para poder salir a la calle sin que nos multe la policía. Quién fuera viento.
Llevo treinta días encerrado, si hace un mes me hubieran dicho que los próximos treinta días me los iba a tirar encerrado en mi casa sin salir, la carcajada se hubiera escuchado hasta en la China, pero aquí me hallo, con un mes acuestas entre cuatro paredes y una depresión cociéndose a fuego muy lento en los hornos de mi único y propio infierno. Son las doce de la noche, no tengo sueño, alimento a mi insomnio post estrés con un número mayor de tazas de café por día; sí, ya sé que no es una de las cosas más inteligente que estoy haciendo, pero la inteligencia y yo nunca hemos ido muy cogidos de la mano, supongo que por eso nunca entiendo las cosas como las entienden el resto de las personas y siempre acabo sacando mis propias teorías, reflexiones y absurdas ideas; un loco pensador o un pensador loco —no sé sí existe alguna diferencia entre los dos, pero si uno de las dos es peor que el otro, entonces ese soy yo.
Me pongo a hacer la comida, y mientras pico un poco de cebolla para el sofrito pienso en lo mucho que necesito salir a la calle de una puta vez, no es que eche de menos a las personas, nunca he necesitado el tacto con ellas y sigo sin necesitarlo, por mí podrían dejar a todo el mundo confinado en casa hasta el día en que los cuatro jinetes del apocalipsis bajen del cielo montados en sus putrefactos caballos, pero sí que me encantaría poder salir y pasear libremente por las calles desiertas. El otro día, al volver de pasar el día con mi madre, lo hice en un vagón de tren completamente vacío, eso no me había pasado en la vida, viajar solo durante una hora, mirando el mar por la ventana y sin nadie que me incordiase con su mera presencia. Me pregunto si esa sensación que sentí durante todo el viaje sería igual que la que sintió Neil Armstrong al pisar por primera vez el suelo de los estudios cinematográficos donde se rodó la llegada a la Luna.
Voy a dejar de escribir por hoy y voy a acompañar al puñado de pastillas que tengo que tomarme por la noche con la última taza de café del día antes de acostarme y esperar pacientemente a dormirme, morirme o a que el virus acabe hasta con la policía para poder salir a la calle y pasear sin cruzarme con nadie, lo primero que ocurra.