miércoles, 15 de abril de 2020

(32) Modo a prueba de fallos




No soy como Carver o Juan Cabezuelo. Podemos compartir concepto, pero la forma de escribir es muy distinta. Soy incapaz de convertir lo cotidiano en arte, así es. Por mi parte lo tengo que camuflar y reconvertir. Ellos pertenecen al minimalismo, al realismo sucio más primitivo, cosa que me apasiona cuando está bien hecho. Ese odio hacia uno mismo plasmado en el documento en blanco, oh, que maravilla. Me entusiasma leer sus cosas, igual que a Bukowski o a Fante. Hasta qué punto lo que dicen es real o imaginario. Ficción y realidad en un mismo plano imaginativo. Me resulta tan necesario leer cosas así de auténticas, tan sencillas, tan reales.
    Vale, ya me guardo la polla.
    Digo esto porque acabo de leerme la entrada del diario de Juan y me apetece coger todos los capítulos, pasarlos a un documento y sentarme en el sofá a leer. Sería como una especie de novela basada en el confinamiento, creada por Juan Cabezuelo, una de las personas que me motivó para estudiar edición y conservar cierta fe.
    Aunque él no lo sabe, su papel en mi vida siempre ha sido más importante del que parece. Yo soy un tipo distante con el mundo, parece que estoy, pero en realidad permanezco alejado. Aparento ser abierto y dicharachero y luego soy reservado y serio. Mis dos seres queridos (wife and brother) dicen que soy gruñón, incluso un enfadica, sin embargo, lo compenso contando chistes, poniendo voces (es mi verdadero don), haciendo el payaso todo día y sonriendo. La realidad es que odio la sociedad como ente plural, un odio profundo e incurable que sentiré siempre (nihilismo, misantropía y anarquía salvaje). Juan me salvó de forma inconsciente hace unos años. Cuando ya no creía en el ser individual, apareció, se comunicó conmigo y consiguió abrir una brecha en mi muro de protección. El resto de la historia no lo voy a contar, como ya he dicho, esos relatos pertenecen a otros autores.
    Vuelvo a realidad actual, que se nos escapa el tiempo de pandemia:
    Llevo dos cafés y tengo ganas de leer, lo echo mucho de menos. Por ahora invierto mis horas de silencio, que son pocas y muy preciadas, en corregir y dejar los textos de Crónicas de un encierro lo mejor posible. No me da para más, es una pena. Bastante es que anoche pude ver una película (revisionar). Disfrutamos de Cube (1998).
    Esperad, que el niño llora.
   Ya estoy aquí, ¿por dónde iba? No lo recuerdo, así que cambiaré de tercio por completo y os aconsejaré Zombi, un relato de Palahniuk perteneciente a Invéntate algo. Habla de lo tonta que es la sociedad en general, de cómo nos dejamos arrastrar por la masa y convertimos ciertos venenos en falsos beneficios que acaban con nuestros cerebros y nuestras vidas. ¿Os suena de algo? Llevamos más de 18.000 muertos por culpa del Covic 19, estamos encerrados en casa y solo nos dejan salir para mantener a flote la economía. Me encanta pertenecer a la raza humana porque puedo odiar, sentir racismo, padecer de intolerancia y denunciar a cualquiera que pase bajo mi ventana. También me gusta hacer uso de la sátira e ironizar. Gracias, Palahniuk, por darle una vuelta de tuerca al realismo sucio y hacer que odie aún más a la jodida raza humana.