Llevo
todo el día leyendo, más bien enganchado a los libros de la sangre de Clive
Barker, ¡Joder! Que mala leche tiene este jodido escritor, mucha gente lo conoce
por sus películas de terror. La más conocida,
Hellraiser. Sus novelas son mucho más oscuras, más sangrientas, ¡Mierda, más de todo, una
jodida maravilla!
No sé cuántas horas llevo leyendo, Kuro (mi gato) intenta llamar mi atención, seguro que quiere comer. Me levanto de la silla y le echo una ración
de pienso pero ni la toca, me hago un
café, prendo un piti y me vuelvo al
estudio, en los altavoces de la biblioteca suena Wardruna. Mi intención es
acabar el último capítulo del libro. Aún no me he asentado que Kuro me maúlla
de forma estridente: “¡Serás cabrón!”, le grito. Comienza ha frotar su cabeza
contra mi pierna, “¡Joder, eres buena
gente!”, le susurro, extiendo los brazos
y se sube en ellos, le voy acariciando
la barbilla, comienza a ronear. Dejo el
libro sobre la repisa, este cabroncete
es irresistible. Mientras me fumo el Golden doy pequeños sorbos al café ( sí, sé
que lo menciono siempre, pero es lo que hay)
voy acariciando al gato, él cierra los
ojos y yo me dejo llevar por el sopor,
los ojos se me van cerrando… oscuridad.
Un fuerte ladrido me despierta de pronto, el gato aún está en mi regazo, se
asusta y de un brinco se sube sobre las librerías, del impulso de sus patas
contra mi cuerpo sus uñas me desgarran la piel. ¡Hijo de puta! El líquido
escarlata brota de mi cuello, Haru (mi
perra) se percata de mi enfado y de lo inoportuno de su ladrido, se acurruca en
mis pies mientras menea tímidamente la
cola. No puedo evitar tocar su cabeza
para tranquilizarla, se estira en el suelo cuán larga es. A la mierda la
lectura, hasta los ANIMALES requieren
afecto aunque estemos todo el puto día juntos encerrados en casa, con estar en el mismo cuarto no es suficiente.
Me maldigo por mi falta de empatía y por olvidar que no hay amor más
incondicional, bueno, al menos Haru, el
gato es un bastardo que pasa de todo y de todos, por eso me gusta esta especie.
Puede que tantos días de confinamiento me estén
pasando factura, demasiados días encerrado en estas cuatro paredes, sin mi estimada
montaña, los bosques… creo que intento tener la mente ocupada la mayor parte del
tiempo para no pensar en ello. No me gusta esta sensación, ¿me estaré ahogando?
Aún no lo sé, pero sin duda no volveré a
cometer el error de hoy, los ANIMALES no tienen la culpa de que su amo se esté
ahogando, o se raye o que sea una puta rata de biblioteca. No tengo excusa.
Apuro el café, apago el cigarrillo, “¡Haru!
—grito con tono cantarín— ¿Dónde está la pelotita?”