Aunque resulte
paradójico, antes de que el gobierno decretase el estado de alarma y nos viésemos
violados por un virus desconocido que deja en jaque nuestro sistema
inmunológico, trabajaba en una cárcel, en el Penal III de Madrid, ubicado en
Valdemoro. Parecía un preludio, el corte fantasma del disco que compone mi vida.
Pasar las horas en una cárcel para luego acabar confinado en casa, cumpliendo a
rajatabla las exigencias de un gobierno que no termina de poner el sentido
común sobre la mesa.
Al hilo del párrafo anterior, ayer,
mientras cocinaba, leí un par de noticias que me hicieron pensar. Por un lado barajan
la posibilidad de que los niños puedan salir a la calle a partir del día 27 de
abril, pero no para jugar, cuidado. ¿Y qué cojones hace un niño que no sea jugar?
Saldrán, verán a sus amiguitos de lejos y no dejarán de darle la brasa a sus
padres con preguntitas relacionadas con la jodida distancia. Al final, de un
modo u otro, acabarán jugando, o algo parecido. Por otro lado, en otra noticia,
dicen que no van a dejar a la gente hacer deporte fuera de casa porque acabarán
por juntarse para salir a correr, para montar en bici o hacer el gañán en
parques y demás sitios. Vale, me parece cojonudo, entonces, ¿por qué sigue la
gente currando en fábricas y otros sitios, usando mascarillas que no protegen?
¿Por qué los policías van en pareja? ¿Por qué los repartidores van casa por
casa, alguno desprotegido por completo? Y los técnicos, como yo, que tienen que
currar en grupos de dos o tres personas para reparar ciertas averías, ¿por qué
siguen trabajando? Podría seguir, pero no tengo ganas, prefiero que penséis por
vosotros mismos. En mi caso, se trata de
una reflexión que me tiene consumido casi desde el principio. Es como si fuera
del trabajo fuésemos anormales sin cerebro capaces de contagiar a cualquiera y
dentro nos tuviesen controlados de un modo inteligente y cargado de competencia
empresarial (me descojono… jajajaja). No sé, igual deberían darse una vuelta
por los distintos centros y puestos de trabajo y se darían cuenta de la
incoherencia y del poco cuidado que se muestra y se tiene. En serio, la inteligencia
brilla por su ausencia. El sentido común es el menos común de los sentidos.
Tiempo real:
Son las 8:13 y estoy en el salón,
escribiendo después de pasar otra noche de mierda, y ya son cinco meses de noches
de mierda. No sé cuánto aguanta un humano sin dormir, pero yo llevo 38 noches
durmiendo cuatro horas de media. El día que más, he dormido seis horas, un
infierno. Llevo dos cafés encima, estoy sudando y la mala hostia empieza a
invadir mi cuerpo. Tengo que tranquilizarme.
Desde el 2008 solo le pido dos cosas a la
vida, pero ahora todo ha cambiado. Solo quiero estar con Lidia, mi hermano y mi
hijo, paz, silencio y sacar algo de tiempo para leer y escribir. Esto último es
una de las cosas que le pido a la vida de hace años (leer, escribir y darme
visibilidad en el mundo de los lectores). Me he tirado una década sacrificado
por la escritura, tirando a la basura mi futuro laboral y parte de mi vida
(solo conservo a mi hermano Javi, por el que hubiese cambiado cualquier cosa).
No me he forjado como el típico erudito a la violeta que va por ahí usando palabros
de mierda y dando la brasa a la gente. No he leído ni más ni menos que nadie,
no soy el más listo ni el más capacitado. Puedo tener 170 de coeficiente
intelectual y ser un superdotado en inteligencia emocional. Nada importa un
mierda. Tengo el bien más preciado: una familia brutal y reducida, un grupo
mínimo de amigos (virtuales, lejanos y brutales) y un cerebro cultivado con
esmero y dedicación. El resto no me acompaña ni lo necesito, así que no me
pidáis dinero que solo dispongo de tiempo.
¡A pastar!