Hoy he perdido ese
silencio tan preciado de los últimos 39 días. Por lo que sea, al niño no le
sale de los cojones dormirse, la perra no para de jugar como una loca, Lidia
está tomando café a mi lado (con cara de reventar la cápsula de cianuro que
tiene instalada en una muela), amanece y si mis nervios no se relajan voy a
tener que bajar a la calle y cargarme al primer gilipollas que se cruce
conmigo.
Joder, es que son ya cuarenta días vagando
por el desierto, por el yermo paraje del despropósito más absoluto y voraz del siglo
XXI (de momento, y no quiero ser gafe). Estado de alarma por mis cojones,
porque yo solo lo veo en una dirección, y es la misma de siempre.
Vale, son las nueve de la mañana y todo se
ha calmado. Parece que ese transeúnte hijo de puta no va a morir de una paliza.
Igual logro conectar con esa parte de mi cerebro que me permite escribir, pero
lo veo complicado, así que este texto será una bazofia sin sentido (jajajaja), una descarga emocional para aliviar
tensiones.
Ahora en serio, este confinamiento está
convirtiendo nuestras personalidades en sociopáticas, esquivas, depresivas,
ansiosas y amargas. Estamos sujetos al miedo colectivo, es así, no pasa nada. Cualquier
cosita, de esas que hace que el devenir diario se vea trastocado, nos parece un
mundo. Todo esto lo digo para la gente normal, no para los que se graban en
vídeo haciendo deporte en pantalón corto con cara de haber pasado por la cama
de heno del abuelito de Heidi. O los que no hacen más que sacar fotos de sus
panes, pasteles y tartas hechas durante su magnífico tiempo de cuarentena. O los
de los montajes religiosos, o aún peor, llenos de putos ositos amorosos que,
por dentro, solo quieren violar vuestros culos y mear sobre vuestras caras.
Gracias, gente positiva que aplaude cada día desde su jodida ventana, terraza o
agujero en la pared de su piso, sin vosotros el mundo iría mucho peor, qué
digo, sin vosotros el apocalipsis sería una auténtica mierda. Gracias a vuestra
energía positiva, ajena a la realidad, el coronavirus se irá por la taza del
váter de la historia mucho antes, claro que sí.
Un pequeño apunte: Si mi pareja o mi
hermano fuesen así ya me habría pegado un tiro en la boca, total, para ellos
mis sesos en la pared de la habitación serían algo positivo, una especie de
helado de fresa y vainilla, un nuevo cabecero hecho con casquería familiar. Me
los imagino haciéndose fotos con mis sesos, poniendo en los pies de foto cosas
como: «Mi maridín tenía muchas cosas buenas en la cabeza, era un artistazo», «Una
mente maravillosa».
Vuelvo a la realidad, la única realidad:
La realidad es que no deja de palmar gente
todos los días y la solución ni siquiera se vislumbra en el horizonte cercano.
Mi abuela lleva un mes para recuperarse de esta mierda, UN MES, amigos, y lo
que le queda. Una de nuestras mejores amigas está hecha una piltrafa en casa,
pasando días mejores y días infernales, esperando una respuesta por parte de su
cuerpo y algún tipo de solución médica. El tío de Lidia lleva ya cincuenta días
infectado y no parece mejorar del todo. Esta es la realidad, un muerto es un
muerto, y no lo arregla que se den de alta a diez personas en compensación. El
miedo está ahí, a la espera de jodernos los nervios y reventar nuestros
corazones con una sobrecarga de ansiedad adicional.
¡A pastar!