jueves, 23 de abril de 2020

Día 39.

Evacuo mis intestinos mientras una gota de agua se escurre lentamente por la mampara, uniéndose a su paso con otras gotas, convirtiéndose a su vez en una gota mucho más grande y poderosa que arrasa todo a su paso, convirtiéndose en un pequeño chorro que llega hasta el suelo de la ducha y se cuela por el agujero del desagüe en busca de su libertad. Necesito un afeitado urgentemente; también me vendría bien pasarme un peine por la cabeza y volver a vestirme con ropa normal. En este tiempo de cuarentena me he convertido en un perfecto Chandalman, el nuevo superhéroe agorafóbico con el superpoder de engordar dos kilos por semana, agotar los megas del móvil y saturar la red wifi exprimiendo Netflix hasta la saciedad mientras engulle frutos secos.
   Han vuelto a aparecer un montón de hormigas muertas y amontonadas en el mismo rincón de la cocina, por alguna razón eso me hace acordarme del título de la novela de Lucas Albor Golondrinas muertas bajo la almohada. Me pregunto por qué estará pasando esto, quizá ese pequeño rincón se ha convertido en una especie de camposanto para ellas, un cementerio de elefantes diminuto donde las hormigas viejas vienen a morir voluntariamente esperando encontrarse con su dios en el más allá —¿Creerán las hormigas en un dios y en un más allá, o tendrán más sentido común que nosotros?—. Ayer me preocupaba bastante esto, empecé a rayarme pensando que igual había una pequeña fuga de gas que les afectaba, o algo por el estilo, luego, investigando en internet leí un par de estudios donde decían que a veces las hormigas hacen una especie de “suicidio colectivo” donde mueren todas juntas en un mismo punto, una especie de ceremonia mortuoria y tétrica. No puedo evitar verle el lado romántico a todo ello mientras preparo unos espaguetis a la carbonara, el olor a pasta cocida impregna el ambiente de la cocina mientras las hormigas vienen a morir a mi casa, ¿puede haber algo más bonito?
   Hace rato que ha dejado de llover, se ha tirado como dos o tres días lloviendo sin parar y ahora que ha parado me doy cuenta de que echo de menos la lluvia. Era como tener una escusa para no salir a la calle, una forma de engañarnos a nosotros mismos, de decirnos mentalmente: «No salgo a la calle porque está lloviendo». Pero ahora que no llueve ya no tenemos esa excusa tan oportuna, ahora no nos queda otra que volver a ser conscientes de que estamos en confinamiento obligado, obligados a permanecer encarcelados en nuestros propios hogares por un virus que se la sudan razas, religiones, nacionalidades, tendencias sexuales, géneros, edades, religiones, castas, clases y tonalidades de color de piel; encarcelados en nuestros propios hogares por un sistema político que no ha perdido la oportunidad de intentar implantar un nuevo orden mundial; y encarcelados en nuestros propios hogares por nosotros mismos, por tener ese don natural de anteponer el miedo al sentido común. Soy un preso en mi propia casa porque tengo miedo, y porque mi sentido común empieza a adormecerse poco a poco, no puedo evitar sentir sueño con los cantos de sirena que escucha cada día a las ocho de la noche.
   Mi hija sigue luchando con los deberes que tiene que hacer, y mi mujer lucha contra ella para que los haga de una forma presentable y pulida. Si no fuera por ella la niña no estaría haciendo los deberes ningún día, he de reconocer que yo no me esfuerzo mucho en ello, dejo que todo el peso de eso lo cargue mi mujer sola. Me siento culpable por ello, a veces mi mujer me mira, cansada y con la paciencia al límite, me mira rogándome que me implique un poco, mientras la niña gimotea por tener que hacer una nueva tarea. Sé que lo más importante de todo esto es que la educación de mi hija no se retrase en el nivel académico, pero es superior a mis fuerzas, no tengo la paciencia suficiente para estar batallando con la niña, ojalá tuviera la voluntad que le pone mi mujer. Puede que al final no sea tan buen padre como intento serlo, pero prefiero ver a mi hija reír y jugar a su puta bola que estar sentada realizando una tarea rutinaria y repetitiva. Agradezco en estos momentos tener una pareja como la que tengo, porque sino este barco haría tiempo que zozobraría hacia mareas inestables.
   Normalmente, cuando me siento en el sofá, siempre lo hago en el mismo sitio —sí, soy un jodido animal de costumbres—, de ahí que después de treinta y nueve días de confinamiento ya haya una marca en dicho lugar, un fósil doméstico con la forma de mi culo. Delante de mí, junto al televisor, hay una imagen de Amitabha. Me mira siempre en su posición de loto con sus manos sobre su regazo, recordándome que todo esto no es más que una burda mentira, una mala jugada de mi mente. Me calma mirar esa figura de Amitabha, supongo que es algo ridículo, pero mis pensamientos encuentran en ella un lugar donde ir a morir, igual que las hormigas de mi cocina, las golondrinas muertas bajo las almohadas o las lágrimas que dejas deslizarse por las mejillas cuando por fin decides deshacer ese nudo de la garganta que llevaba días estrangulándote —los chicos también lloran, que le vamos a hacer—. Por cierto, no sé si ya lo habré dicho, pero ha dejado de llover, y empiezo a echar de menos la lluvia.
   Y en el tocadiscos los Beatles y su Hey Jude ¿Por qué esta canción? Sencillamente porque a veces no hay razones para hacer las cosas, ni siquiera para echar de menos a la lluvia.