Dulcificados sean
nuestros días de encierro obligado, macerando en azúcar como si fuésemos a
estropearnos y no servir para nuestro cometido real, que no es otro que
trabajar, producir y gastar. El ciclo del dinero que genera dinero y estatus al
que tiene el dinero. Somos la calderilla del estado, los engranajes del consumismo,
piezas reemplazables de un sistema industrializado basado en el sobreconsumo. Somos
el trabajador que desea ir elegante en su tiempo libre y le compra la ropa a su
propio jefe, que es el mismo que le alquila una casa, le vende la comida y le
hace ver que no puede vivir sin un coche específico, una televisión de cincuenta
pulgadas y los canales de pago de la compañía naranja
Estamos encerrados en nuestros tarros de almíbar,
sintiéndonos especiales y únicos, poseedores de la verdad absoluta, esperando que
el juez de campo vuelva a dar el pistoletazo de salida y nos dejen salir a
morir libremente, como siempre.
¿Y ahora va a cambiar el orden mundial? Y
unos cojones. Lo que pasa es que la pantalla de juego de los mandamases se ha
modificado, y para controlarnos tendrán que mejorar las habilidades de sus
mandos y jugadores principales, ya está. Nosotros seguiremos dentro de estos
tarros de almíbar, y nos seguirán confitando y utilizando poco a poco hasta que
nos gasten y reemplacen por otros. Y seguirá siendo así porque nuestra
autosuficiencia no existe. Tenemos unas necesidades, creadas por ellos mismos y
nuestros dulcificados y grises cerebros.
Somos como las cabezas de Futurama, dispuestas a ocupar el cuerpo que
nos digan y arrodillarnos como vasallos ante el que se hace llamar jefe, que no
deja de ser un confitado más.
Hace años que abandoné el jodido bote donde
me tenían metido, sin embargo, sigo viviendo en el mismo sitio, hago casi las
mismas cosas, pago un alquiler, voy a la compra, me dejo engañar, consumo
literatura a mansalva y procuro ganar dinero para que mi espiral no se
convierta en agujero negro y me absorba. La única diferencia es que conseguí
ver Matrix, y lo utilizo dentro de mis posibilidades, que son más bien
pocas si no quiero vivir al margen de la ley y acabar entre rejas. Me siento
libre y me dejo engañar, que no es lo mismo que ser un borrego dentro de un
rebaño que se ahoga en ignorancia. Por pequeños que sean mis gestos a mí me
sirven para sentirme menos jodido, y eso es lo que en realidad importa.