miércoles, 1 de abril de 2020

Confesiones de un demonio borracho (18)




Después de haber permanecido aislado durante tantos años, sin que nadie me haya prestado atención, apartado de forma voluntaria, siento cierto placer al ver cómo avanzan los acontecimientos y lo dejan todo hecho una mierda (entended la sátira, por favor, y no juzguéis hasta leer todo el texto). Cierta satisfacción maliciosa me llena por dentro, y me siento algo culpable, pero no lo puedo evitar. Ser testigo de la forma en la que toda esta pandemia se les va de las manos es majestuoso, triste, lamentable y ridículo. ¡Oh, joder! Soy un maldito monstruo sintiendo estos orgasmos. No lo soy, es otra cosa. Observar desde una posición elevada y darse uno cuenta de cómo la ineptitud humana acaba devorando el raciocinio humano te convierte en una especie de ser superior (inferior para la mayoría).
    Ellos me dieron de lado y ahora pretenden que siga estando ahí, formando parte de una masa deforme que solo usa el cerebro como elemento decorativo. NO GRACIAS. No me cuesta estar aislado, al margen, observando y riendo, agotando las cervezas del frigorífico mientras me agarro a las personas que amo y respeto.
    ¿Qué pretenden?
    No saben mi historia, no se han leído mis novelas, no me conocen.
    Arrinconado en la oscuridad de un pasillo durante décadas, así he estado, y desde hace unos meses, que decidí abandonar el infierno y volver a la civilización (otro infierno), vuelvo a empaparme de sociedad, de ciudad, de humo, de conversaciones banales y de seres que se hacen pasar por héroes y en realidad son puta escoria.
    No pretendo dar pena, prefiero dar asco y que me odiéis con todas vuestras fuerzas. No, no. ¿Qué hacéis dando palmas? ¡Sois focas amaestradas! No, aún peor, sois humanos amaestrados, y ahora encerrados, confinados, autoencandenados a vuestros smartphones durante la cuarentena. Y lo peor es que me tratáis como a un demonio cuando los verdaderos infraseres sois la mayoría de vosotros.
    No me importa tener la mente lúcida.
    Sube la cifra de infectados y sonrío. No por nada, es que me hace gracia. El cáncer mata a miles de personas al año. El sida revienta África. Millones de animales sufren la violencia desmedida del ser humano. El planeta está siendo masacrado. La contaminación nos devora. La estupidez nos asfixia. Y ahora nos importa que medio millón de personas estén infectadas por un virus desconocido, y lo hacemos porque están asustados los de arriba. Claro que es preocupante, pero no más que el resto de cosas. Somos una jodida plaga, nuestro propio depredador.
    No siento miedo, siento ASCO Y PENA a partes iguales.
    Quiero ver cómo se retuercen de dolor los indeseables, los canallas, los que van de santitos y son basura. Sí, ya lo sé, ser un demonio no es lo que parece desde fuera. No quiero erradicar al ser humano ni mierdas así. Mucha gente no merece sufrir, y siento pena por ellos, pero el propio ser humano imparte sufrimiento entre sus congéneres.


Os preguntaréis el porqué de todo esto, y os lo voy a medio explicar, al menos una parte, la punta de iceberg:
    Se llevaron a mi abuela hace una semana, tenía y tiene Covid 19. La dejaron tirada en una camilla en mitad de un pasillo del Hospital de la Paz (una mierda de sitio lleno de mierda de gente, y no es nuevo, ya tenía la fama antes de todo esto. Son una mierda). Bien, vale, el sistema sanitario está colapsado, lo acepto, hay que tragar en tiempos de guerra y arrimar el hombro, aceptar las bajas (ella es vieja, tiene 90 años, y me tiene que importar menos que una joven de 30 que no conozco de nada y que probablemente sea gilipollas). Le hicieron los test y daban negativo (¡Vaya, I love spain, por eso vivo en Alemania!). Creo que el tercer test dio positivo, y el cuarto (sabían lo que tenía desde el principio, así lo dijo una doctora competente). Entonces decidieron trasladarla a otro hospital, ubicado en las afueras, en una habitación compartida y en calma. Y de pronto, por arte de magia, ayer por la noche la llevan a casa de mi tía, medio muerta, y la dejan allí sin un tratamiento a seguir, tirada en la cama. Mi tía está infectada, hecha polvo, cuidando de mi abuela, que lleva tres días sin comer y apenas puede respirar. Las dos hechas un cristo, una moribunda y la otra sin poder tirar de su cuerpo.
    Quieren que aceptemos la muerte cuando nos han estado metiendo catolicismo por vena durante siglos, y que veamos esto con buenos ojos (¡CLARO!). Querida gente, por mi parte, cuando todo esto acabe, pienso hacer pasteles de carne con hijos de la gran puta como el ministro holandés y otros similares. Pienso apilar mascarillas usadas y montar hogueras para quemar a toda esta panda de cobardes de mierda que nos están vendiendo su incompetencia (pasada y presente) como si fuese oro. La lucha se lleva a cabo en las trincheras, no en los despachos.
    Para todo el que no me vea aplaudir. Mi mejor amigo, al que no conozco en persona, es enfermero de urgencia, y él no necesita un aplauso, necesita que la gente luche de verdad, y que lo haga cuando lo tiene que hacer.
   
PD: En mis siguientes diarios hablaré de banalidades, de literatura y de las veces que follo durante el confinamiento, tranquilos.