viernes, 3 de abril de 2020

Día 19.

Intento escapar del aburrimiento, pero es una misión imposible dentro de estas cuatro paredes que componen el circo de las miserias de mi psique. Ha dejado de llover, pero hace demasiado frío para poder pasar un rato en la terraza; unos nubarrones oscuros van dejando pasar claros de luz de vez en cuando, entonces parece que el día va a mejorar, pero a los pocos segundos todo se oscurece y se vuelve denso y pesado, como el aire que respiro.
   Escucho a los vecinos discutir entre ellos, una discusión por casa —incluso yo he tenido un roce con mi mujer—, el encierro nos vuelve como animales acorralados que aterrados, ven peligro incluso en sus compañeros de manada. No he salido a la calle, no he visto la televisión, no he leído ningún periódico, tan solo me he dedicado a dar vueltas por la casa, contar las ciento cincuenta y siete baldosas que tiene la cocina una y otra vez y encogerme de hombros para no rozar con las paredes porque el espacio aquí dentro se reduce por momentos.

   Me asomo a la ventana una y otra vez en busca de las golondrinas que vi ayer, no las veo por ningún sitio, quizá hayan muerto por el frío que ha hecho esta noche, quizá se hayan largado a un pueblo más interesante o quizá nunca hayan existido y todo sea un síntoma de que empiezo a perder la cabeza, pero tampoco sería lícito echarle la culpa de ello al virus o a la cuarentena; me parece que estoy loco de nacimiento, por eso no he encajado nunca en la sociedad, nunca he encontrado un sitio para mí en este mundo, soy como esa pieza de puzzle que no encaja en ningún hueco, puro y duro defecto de fábrica.
   Diecinueve días encerrado, escribo estas líneas para no dejar la página en blanco mientras escucho como centrifuga la lavadora y pienso que llevo cuatro días comiendo pasta con salsa de tomate.

Todo que dicho.