Sí, ya sé que los pecados capitales son siete, según nuestra Santa Madre Iglesia apostólica y romana, pero yo voy a añadir otro que no deberían haber omitido. Pero antes, deja que me vuelva a preparar un café. Ya he perdido la cuenta de si han sido cinco, seis o siete. Me siento frente al ordenador y observo con angustia la imagen blanca, sin ninguna letra, sin ningún pensamiento. ¿Por qué debería ensuciarla vomitando y explicando, a no sé bien quién, mi vida, o qué pasa por mi atormentada cabeza?
Acabo de llegar de pasear a mi perra, siguiendo una rutinaria ruta que no supera los trescientos metros de mi casa. No vaya a ser que las fuerzas del orden me increpen por mi alocada actitud si sobrepaso el perímetro de seguridad establecido por nuestros caudillos. Por suerte no me he cruzado con los esbirros del sheriff de Nottingham, pero sí con sus ayudantes de balcón.
Hoy no hablaban entre ellos de cómo fustigar al miserable que no permanece en su casa sin salir absolutamente para nada. No comentaban lo gracioso que sería echarles lejía, o pegarles un tiro. Sin embargo, como siempre, sus miradas eran duras, de matón que te perdona la vida, llenas de intransigencia, el octavo pecado capital.
Oficialmente los pecados que nos pueden condenar al infierno son siete: Lujuria, ira, soberbia, envidia, avaricia, pereza, y gula. Nuestra amada iglesia decidió no incluir la intransigencia, muy probablemente porque es una actitud que está presente en todos sus dogmas y comportamientos (igual que el resto de pecados, para que nos vamos a engañar). La intransigencia es un pecado del que nadie está libre, se manifiesta en todas las personas. Se produce cuando vemos hacer a alguien algo que nosotros tenemos prohibido, ya sea por imposición de otros, o por autoimposición. Todos tenemos a un amigo ex fumador, de los que se presentaban en la maternidad para felicitarte por el nacimiento de tu hijo con un puro encendido en la boca, desoyendo todas las recomendaciones de no fumar en los hospitales. Ese mismo amigo que, el día que prohibieron fumar en los bares continuó haciéndolo, reclamando su derecho a la libertad individual. Pero un día decidió dejar el tabaco… No conoceremos mayor talibán anti humo que un ex fumador. Le molesta hasta que lleves un paquete de cigarrillos en el bolsillo. Y si te ve fumar, te lanzará la misma mirada con la que me han obsequiado hoy mis vecinos de balcón. Esa mirada es intransigencia, y sí, debería ser el octavo pecado.
Cuando me ves por la calle desde tu balcón, ese que tú has convertido en una garita de carcelero encarcelado, sientes ira, no puedes soportar que alguien esté haciendo algo que te gustaría hacer a ti. Ya dicen que hay gente que es “más papista que el papa”, y que no hay peor inquisidor que el judío converso. La intransigencia se nutre de tu deseo de que todos sigan las normas que tú has redactado para ti. Hace unas pocas semanas no cedías el paso a los peatones en el paso de cebra, ni el asiento a las personas mayores en los transportes públicos. Y ahora te eriges como adalid del civismo y la moralidad. No, tú no eres un ejemplo a seguir, solo eres un cobarde que no tiene valor para hacer lo que te gustaría. Y lo que es peor, te enferma ver que otros lo hacen… Y los miras con intransigencia, sin darte cuenta de que ese es el peor de tus pecados. Pero tranquilo, no iras al infierno por eso. En realidad ya estás en el infierno. Idiota, tú mismo te lo has autoimpuesto.
Acabo de llegar de pasear a mi perra, siguiendo una rutinaria ruta que no supera los trescientos metros de mi casa. No vaya a ser que las fuerzas del orden me increpen por mi alocada actitud si sobrepaso el perímetro de seguridad establecido por nuestros caudillos. Por suerte no me he cruzado con los esbirros del sheriff de Nottingham, pero sí con sus ayudantes de balcón.
Hoy no hablaban entre ellos de cómo fustigar al miserable que no permanece en su casa sin salir absolutamente para nada. No comentaban lo gracioso que sería echarles lejía, o pegarles un tiro. Sin embargo, como siempre, sus miradas eran duras, de matón que te perdona la vida, llenas de intransigencia, el octavo pecado capital.
Oficialmente los pecados que nos pueden condenar al infierno son siete: Lujuria, ira, soberbia, envidia, avaricia, pereza, y gula. Nuestra amada iglesia decidió no incluir la intransigencia, muy probablemente porque es una actitud que está presente en todos sus dogmas y comportamientos (igual que el resto de pecados, para que nos vamos a engañar). La intransigencia es un pecado del que nadie está libre, se manifiesta en todas las personas. Se produce cuando vemos hacer a alguien algo que nosotros tenemos prohibido, ya sea por imposición de otros, o por autoimposición. Todos tenemos a un amigo ex fumador, de los que se presentaban en la maternidad para felicitarte por el nacimiento de tu hijo con un puro encendido en la boca, desoyendo todas las recomendaciones de no fumar en los hospitales. Ese mismo amigo que, el día que prohibieron fumar en los bares continuó haciéndolo, reclamando su derecho a la libertad individual. Pero un día decidió dejar el tabaco… No conoceremos mayor talibán anti humo que un ex fumador. Le molesta hasta que lleves un paquete de cigarrillos en el bolsillo. Y si te ve fumar, te lanzará la misma mirada con la que me han obsequiado hoy mis vecinos de balcón. Esa mirada es intransigencia, y sí, debería ser el octavo pecado.
Cuando me ves por la calle desde tu balcón, ese que tú has convertido en una garita de carcelero encarcelado, sientes ira, no puedes soportar que alguien esté haciendo algo que te gustaría hacer a ti. Ya dicen que hay gente que es “más papista que el papa”, y que no hay peor inquisidor que el judío converso. La intransigencia se nutre de tu deseo de que todos sigan las normas que tú has redactado para ti. Hace unas pocas semanas no cedías el paso a los peatones en el paso de cebra, ni el asiento a las personas mayores en los transportes públicos. Y ahora te eriges como adalid del civismo y la moralidad. No, tú no eres un ejemplo a seguir, solo eres un cobarde que no tiene valor para hacer lo que te gustaría. Y lo que es peor, te enferma ver que otros lo hacen… Y los miras con intransigencia, sin darte cuenta de que ese es el peor de tus pecados. Pero tranquilo, no iras al infierno por eso. En realidad ya estás en el infierno. Idiota, tú mismo te lo has autoimpuesto.
¡Anda, sal a aplaudir al balcón, hipócrita!