viernes, 3 de abril de 2020

Una cuarentena son dos veintenas




Quiero suponer que todo esto que rodea al Covid 19 es un aprendizaje, pero empiezo a dudarlo. En realidad pienso que la vida es una jodida broma de mal gusto, y que lo único que merece la pena es drogarse (cada uno elige su puta forma). De lo poco que me queda para chutarme es tiempo, y tengo intención de aprovecharlo bien, haciendo uso de otras drogas mientras tanto. Leer es una de esas drogas. Indispensable meterse por vena un poco de Chuck Palahniuk en estos momentos (estas tres novelas me parecen buenas para el encierro: El club de la lucha, Nana o Fantasmas). En otros tiempos leería, bebería birra y fumaría porros, todo al mismo tiempo, pero esa época llegó a su fin, y ahora quiero conservar un poco la salud y que mi hijo disfrute de su padre todo lo que pueda (menuda mierda, ¿verdad? No pasa nada, suelo saltarme mis propias normas de vez en cuando).
    Hace un rato, cuando el cabroncete de mi hijo me ha despertado, a eso de las cinco de la madrugada, tenía en mente (para el diario) mezclar consejos literarios, vivencias y pensamientos abstractos. Y eso pretendo. Era tan pronto para pensar en un título para la entrada del diario, demasiado. Joder. Una cuarentena son dos veintenas, me he dicho. Para mí mismo, y en según qué momentos y circunstancias, soy un jodido genio (menudo gilipollas, ¿eh?). Una cuarentena es una enorme mierda, y dos veintenas son dos mierdas menores que juntas hacen una enorme mierda. Esto último es el verdadero título, pero es demasiado largo y no vende (jajajajaja).
    Para lo único que me está sirviendo este encierro es para volver a sentirme escritor y editor, para valorar de verdad a mi gente (sobre todo a mi hermano, al que me muero de ganas por ver, y a la gente de G.S., con los que pienso quedar y atragantarme con una paella made in Ryan), para hacer pesas y para estar con Lidia y Gunnar todo el santo día (los quiero, son mi deseo primigenio). El resto de cosas, personas, hechos e instituciones, después de meditar veinte largos días sobre ellos, me han decepcionado como nunca antes lo habían hecho (y de un modo salvaje, por cierto, ya veremos cómo vuelvo al mundo). Nada vale absolutamente nada, no merece la pena dar tu vida o vender tu tiempo. De repente aparece un ser microscópico, te barre del puto mapa y, ¡tachán!, no pasa nada, porque inmediatamente después, llega un hijo de puta al que le importas una mierda, y pone a otro en tu lugar. A tomar por culo, asunto arreglado. Así de triste es el mundo, así funciona esta sociedad.
    Voy a preparar mi lanzaarpones, chavales y chavalas.