Quiero suponer que todo
esto que rodea al Covid 19 es un aprendizaje, pero empiezo a dudarlo. En
realidad pienso que la vida es una jodida broma de mal gusto, y que lo único que
merece la pena es drogarse (cada uno elige su puta forma). De lo poco que me
queda para chutarme es tiempo, y tengo intención de aprovecharlo bien, haciendo
uso de otras drogas mientras tanto. Leer es una de esas drogas. Indispensable
meterse por vena un poco de Chuck Palahniuk en estos momentos (estas tres
novelas me parecen buenas para el encierro: El club de la lucha, Nana
o Fantasmas). En otros tiempos leería, bebería birra y fumaría
porros, todo al mismo tiempo, pero esa época llegó a su fin, y ahora quiero
conservar un poco la salud y que mi hijo disfrute de su padre todo lo que pueda
(menuda mierda, ¿verdad? No pasa nada, suelo saltarme mis propias normas de vez
en cuando).
Hace un rato, cuando el cabroncete de mi
hijo me ha despertado, a eso de las cinco de la madrugada, tenía en mente (para
el diario) mezclar consejos literarios, vivencias y pensamientos abstractos. Y
eso pretendo. Era tan pronto para pensar en un título para la entrada del
diario, demasiado. Joder. Una cuarentena son dos veintenas, me he dicho. Para
mí mismo, y en según qué momentos y circunstancias, soy un jodido genio (menudo
gilipollas, ¿eh?). Una cuarentena es una enorme mierda, y dos veintenas son dos
mierdas menores que juntas hacen una enorme mierda. Esto último es el verdadero
título, pero es demasiado largo y no vende (jajajajaja).
Para lo único que me está sirviendo este
encierro es para volver a sentirme escritor y editor, para valorar de verdad a
mi gente (sobre todo a mi hermano, al que me muero de ganas por ver, y a la
gente de G.S., con los que pienso quedar y atragantarme con una paella made
in Ryan), para hacer pesas y para estar con Lidia y Gunnar todo el santo
día (los quiero, son mi deseo primigenio). El resto de cosas, personas, hechos e
instituciones, después de meditar veinte largos días sobre ellos, me han
decepcionado como nunca antes lo habían hecho (y de un modo salvaje, por cierto,
ya veremos cómo vuelvo al mundo). Nada vale absolutamente nada, no merece la pena
dar tu vida o vender tu tiempo. De repente aparece un ser microscópico, te
barre del puto mapa y, ¡tachán!, no pasa nada, porque inmediatamente después,
llega un hijo de puta al que le importas una mierda, y pone a otro en tu lugar.
A tomar por culo, asunto arreglado. Así de triste es el mundo, así funciona
esta sociedad.
Voy a preparar mi lanzaarpones, chavales y
chavalas.