domingo, 5 de abril de 2020

Día 21.

Limpio las hojas del ficus con sumo cuidado; despacio, una a una, con un paño seco pero suave para no dañar sus superficies. Mientras, escucho a Berlioz, no es uno de mis compositores favoritos, pero el encierro me está dando tiempo para ir variando y poder darle un repaso a la obra de todos los compositores que conozco —bendito Spotify—. Me noto bastante nervioso, pero no en plan ansioso ni nada por el estilo, sencillamente me siento inquieto, me cuesta estarme quieto y a la que me siento mi pierna no deja de bailotear. Hace un día de puta madre, el cielo está azul, limpio, y el sol brilla de una forma especial —gilipolleces— contra los muros blancos del edificio, mandando el reflejo de una luz clara y limpia sobre mi terraza. Mi hija pinta el suelo de esta con tizas, haciendo dibujos anárquicos y líneas psicodélicas interminables que recorren toda la superficie. Me entretengo un rato con las plantas antes de la hora de la comida. Tengo un vínculo especial con el mundo vegetal, sencillamente
me encanta; así que inspecciono las hojas de unas y los pinchos de otras para ver que todo está en orden y me sorprendo al advertir que en una de ellas ya han brotado las primeras flores de la primavera. En una Citronela para ser más exacto. Un par de florecillas, de pétalos rosas y frágiles, hondean a la suave y agradable brisa que sopla hoy. Me siento en el suelo de la terraza para poder observarlas mejor, dos putas flores ajenas a todo, indiferentes al virus, a la cuarentena, al circo político que hay montado, al miedo e ignorancia de la gente, al nuevo orden mundial que se avecina, incluso a un ser tan pequeño, patético e insignificante como yo, aquí sentado, sin nada mejor que hacer que mirar estas flores mientras la química recorre mi cuerpo inavilitando parte de mis impulsos nerviosos para sentir menos grados de dolor a lo largo del día.
   Me meto en la habitación y hurgando en el armario saco mi mochila de hacer senderismo, la abro y me cercioro de que todo esté en orden y preparado para la próxima vez que pueda salir a caminar por la montaña, perderme entre la vegetación y no ser más que un simple insecto entre la grandeza de la naturaleza. Echo de menos salir a caminar por el monte, poner mi resistencia a prueba, dejar atrás el bullicio del pueblo y adentrarme en el silencio de la naturaleza, con el susurro del viento entre las ramas de los árboles y el casi imperceptible crujir de la tierra bajo la pisada de mis botas.
   Siempre he buscado la soledad, no de forma voluntaria, es una necesidad que me acompaña de nacimiento; tener el mayor espacio libre posible a mi alrededor es casi igual de vital para mí que el comer, beber o dormir bien —cosa que casi nunca hago—, por eso este arresto domiciliario impuesto por las circunstancias se me hace cada vez más insoportable, por mucho que lo intente paliar con la música sinfónica, mis plantas o el ajedrez. Demasiado tiempo para pensar y sentirme un inútil.
    Después de comer mi mujer me ensaña ciertas “noticias” que corren por la Red. Bulos de esos que crean personas para propagar más el miedo, y que al final todo el mundo se los acaba creyendo. Recuerdo que hace unas décadas, cualquier cosa que saliera por la televisión se convertía en cierta por muy estrafalaria que fuera; si en algún programa televisivo decían que los burros habían empezado a volar, cientos de personas habían visto burros surcando los cielos al día siguiente. Hoy en día las Redes Sociales han sustituido en gran parte a la televisión, dando la libertad a todo el mundo de convertirse en periodista, científico, juez, jurado y verdugo —todo eso y mucho más a la vez— con el mero hecho de escribir cualquier mierda en un Post y darle al icono de “publicar”, provocando de esta manera el efecto bola de nieve, arrasando cuán alud todo lo que se encuentra en su camino.
   Pasada la hora de la sobremesa, limpio el polvo de las estanterías, leyendo con detenimiento todos y cada uno de los títulos impresos en los lomos de los libros que ahí descansan, esperando a ser releídos una y otra vez como a mí me gusta hacer —soy un releedor de libros nato—, pero no sé qué me pasa, desde que empezó todo esto no he sido capaz de centrarme en la lectura de un solo libro; sí, ya sé que no es la primera vez que escribo esto en este diario, pero es algo que también me preocupa bastante. La lectura y yo siempre hemos ido cogidos de la mano, no soy capaz de recordarme a mí mismo sin un libro acuestas. La literatura me salvó la vida, me sirvió de refugio en los tiempos duros de mi adolescencia, me instruyó como Ser, me convirtió en maestro de mí mismo y me moldeó hasta convertirme en la persona que soy hoy en día. La echo de menos, quizá todo este estado nervioso que estoy sufriendo últimamente sea más por no estar leyendo —puro y duro síndrome de abstinencia— que por estar encerrado, o puede que la suma de ambas circunstancias sea la que me está torturando. Quién sabe, a lo mejor es porque no soy más que un mero gilipollas que no sabe qué viento le sopla en la cara.

Sí algo bueno está teniendo esta cuarentena —sin contar que mis compañeros de trabajo ya me han contado de pacientes ingresados en la UCI por los que no se apostaba mucho y que están superando al virus— es que he vuelto a escribir. Hacía muchos meses —por no decir más de un año— que no escribía nada. La verdad es que en parte era algo voluntario, hace tiempo que decidí dejar de escribir, mi literatura no me estaba llevando a ninguna parte y eso me frustraba bastante; mis libros cada vez llegaban a menos personas, y la verdad es que nunca he pensado en hacerme rico escribiendo, ni siquiera he llegado a pensar en la posibilidad de dejar de trabajar para vivir de la escritura, aunque ganara mucho menos que trabajando; pero lo que sí he querido siempre es que me lean. Bueno, como lo quieren todos los escritores del mundo, porque si hay algo que realmente me toca los cojones son toda esa panda de escritores que se llenan la boca con la típica frase de “A mí me da lo mismo que no me lean. Yo escribo para mí”. Sí escribierais para vosotros no publicaríais vuestras mierdas y estaríais todo el puto día intentando venderlas por Facebook. Por eso, llegado ya a mi edad, decidí hacer balance y tomar ciertas decisiones, y dejar de escribir fue una de ellas. Pero aquí estoy de nuevo, expresando mis mierdas de forma escrita como si a alguien le importaran; como todo escritor, tropiezo dos veces con la misma piedra pensando que tengo algo importante que contarle al mundo, pero bueno, el mundo ya se encargará de ponerme de nuevo en mi sitio, como la naturaleza con el virus nos está poniendo a todos en el nuestro.
   Como solía decir un profesor que tuve de chaval: “Cada sitio para su cosa y cada cosa en su sitio”, y los seres humanos no somos más que cosas que hemos perdido la noción de cuál es el nuestro.