Día 22, a 5 de abril de 2020
Acabo de salir de la ducha, tengo una copa de vino dulce encima del escritorio y un cigarro humeante; un momento místico. No quiero ver esto como otro día más de cuarentena, es un día más de vida y está en mi persona el aprovecharlo o no. Trato de llevar los diarios de mis camaradas de Grupo Salvaje al día, cosa que no hago, igual que con la mayoría de asuntos; pero les voy leyendo cada par de días y eso me ayuda a ver que no estoy tan solo en esta vorágine de idiotez.
Durante el par de años que pasé estudiando un grado medio de jardinería y floristería acudí a un montón de catas de vino, al fin y al cabo estudiaba en la Escuela de la Vid. Iba a las catas de vino con mi amigo Long Hair, Ferre para otros o incluso Dani; un compañero con el que hice buenas migas desde el principio y con el que todavía me agarro algún pedal. Curiosamente en esa clase también
estaba Lidia, que ahora además de una amiga es mi cuñada y madre de mi sobrino. Pero volvamos a lo del vino, ya que durante dos años probé una cantidad ingente de ellos hasta casi aborrecerlos. A día de hoy siempre compro uno que no caté en esos lugares, el Sange de Taur tinto; para mi gusto una mezcla perfecta entre cuerpo y dulzor. En una falta de patriotismo imperdonable compro un vino rumano en detrimento del producto nacional, lo sé, soy un monstruo.
A las 20:00, puntualmente, comienza de nuevo la histeria colectiva que lleva a aplaudir desde los balcones. Aplausos, bocinas, el claxon de algunos coches, gritos… puta locura. Hoy esta locura se ha prolongado más de lo normal, con todavía algún aplauso y voces de ultratumba resonando en megáfonos casi media hora después. Todo esto me empieza a recordar a los 2 minutos de odio de 1984 de Orwell, en una versión inversa en la que hay que infundir un falso optimismo a una población deprimida. Puede que sea cuestión de tiempo el que esos aplausos y falso optimismo se conviertan en auténtico odio, aunque solo es una posibilidad; en odio hacia aquellos que no somos tan hipócritas como para hacer lo mismo. Se convirtió en odio en mi interior desde que descubrí la estúpida intención de este ritual, así que no veo el porqué ese odio no pueda venir de vuelta.
Estoy en el punto de partida, como de costumbre. Me queda una copa vacía, una colilla en el cenicero y las pocas personas a las que quiero. Mañana volveré a llenar la copa, me liaré otro cigarro y más le vale al mundo que esa gente siga ahí.
Acabo de salir de la ducha, tengo una copa de vino dulce encima del escritorio y un cigarro humeante; un momento místico. No quiero ver esto como otro día más de cuarentena, es un día más de vida y está en mi persona el aprovecharlo o no. Trato de llevar los diarios de mis camaradas de Grupo Salvaje al día, cosa que no hago, igual que con la mayoría de asuntos; pero les voy leyendo cada par de días y eso me ayuda a ver que no estoy tan solo en esta vorágine de idiotez.
Durante el par de años que pasé estudiando un grado medio de jardinería y floristería acudí a un montón de catas de vino, al fin y al cabo estudiaba en la Escuela de la Vid. Iba a las catas de vino con mi amigo Long Hair, Ferre para otros o incluso Dani; un compañero con el que hice buenas migas desde el principio y con el que todavía me agarro algún pedal. Curiosamente en esa clase también
estaba Lidia, que ahora además de una amiga es mi cuñada y madre de mi sobrino. Pero volvamos a lo del vino, ya que durante dos años probé una cantidad ingente de ellos hasta casi aborrecerlos. A día de hoy siempre compro uno que no caté en esos lugares, el Sange de Taur tinto; para mi gusto una mezcla perfecta entre cuerpo y dulzor. En una falta de patriotismo imperdonable compro un vino rumano en detrimento del producto nacional, lo sé, soy un monstruo.
A las 20:00, puntualmente, comienza de nuevo la histeria colectiva que lleva a aplaudir desde los balcones. Aplausos, bocinas, el claxon de algunos coches, gritos… puta locura. Hoy esta locura se ha prolongado más de lo normal, con todavía algún aplauso y voces de ultratumba resonando en megáfonos casi media hora después. Todo esto me empieza a recordar a los 2 minutos de odio de 1984 de Orwell, en una versión inversa en la que hay que infundir un falso optimismo a una población deprimida. Puede que sea cuestión de tiempo el que esos aplausos y falso optimismo se conviertan en auténtico odio, aunque solo es una posibilidad; en odio hacia aquellos que no somos tan hipócritas como para hacer lo mismo. Se convirtió en odio en mi interior desde que descubrí la estúpida intención de este ritual, así que no veo el porqué ese odio no pueda venir de vuelta.
Estoy en el punto de partida, como de costumbre. Me queda una copa vacía, una colilla en el cenicero y las pocas personas a las que quiero. Mañana volveré a llenar la copa, me liaré otro cigarro y más le vale al mundo que esa gente siga ahí.