Hace algunas noches que no duermo como debería, la verdad es que el sueño y yo nunca nos hemos llevado muy bien, pero últimamente o no duermo o me despierto en mitad de la noche con una sensación de miedo terrible, y no a causa de alguna pesadilla o mal sueño, simplemente me despierto, siento miedo y tengo que volver a dormirme con la luz encendida. Es como si volviera a tener miedo a la oscuridad, ese miedo ridículo e irracional a todo aquello que no se conoce o a lo que nos imaginamos que hay más allá de la oscuridad. Al rato me despierto de nuevo y me siento ridículo durmiendo con la luz encendida y vuelvo a apagarla y quedarme dormido otra vez.
El día de hoy ha sido de lo más tranquilo, cocinar, limpiar, ansiedad, y dormir; lo que ha pasado entre medio de todo esto no ha tenido la menor importancia. He comenzado a leer un libro, de forma forzada porque como ya he escrito en mis reflexiones de otros días, no me apetece leer, pero tambiénme niego a perder ese hábito que me ha acompañado toda la vida. Podría haber escogido un libro un poco más ligero y menos denso, pero me compré este en cuanto salió y lo estaba reservando para cuando vuelva a tener que viajar en tren para ir a trabajar cuando me den el alta, pero qué coño, la situación se lo merece, así que intento leer unas cuantas páginas a la que tengo ocasión, que con una niña de siete años encerrada las veinticuatro horas del día no suele presentarse muy a menudo, y no es que me queje del comportamiento de mi hija pequeña en la cuarentena, por suerte la está llevando muy bien, solo que no quema toda la energía que genera y nos pide atención constante para no aburrirse. El libro en sí es “Fin” de Karl Ove Knausgård, la sexta entrega de su autobiografía, un libraco de mil dieciocho páginas que me va a durar un eternidad al ritmo que lo voy leyendo, pero últimamente tampoco tengo mucha prisa en hacer nada. La prisa ha sido una de las primeras víctimas en caer por el virus, todas esas personas que antes caminaban a empujones por la calle, se colaban en la cola del supermercado o se quejaban de la panadera porque tardaba dos minutos en venderle una barra de pan, ahora hacen colas interminables para entrar al supermercado o comprar un paquete de tabaco con la cabeza gacha y la boca cerrada, esperando pacientes a que les toque el turno. Y es que sí algo tenemos el ser humano es el don de aceptar las cosas sin cuestionarlas, si alguien nos dice que es por nuestro bien. El grupo Def Con Dos tiene una canción titulada Ultramemia donde dicen “Es preferible la injusticia al desorden/ decía el abuelo al abrocharse el uniforme”; y me temo que cuando esto termine muchos de nosotros aceptaremos que algunas de las medidas restrictivas que nos están imponiendo ahora sigan vigentes porque el miedo que nos han metido nos haga priorizar la salud o la seguridad por encima de la libertad, o sencillamente cerraremos la boca como bien estamos aprendiendo estos días. Todo esto me preocupa, bueno, más que preocuparme me aterra, pero bueno, quizá todo siga igual que antes cuando todo esto termine, o a lo mejor tengo que dormir con la luz encendida durante el resto de mi vida mientras los botones de viejos uniformes vuelven a abrocharse.
El día de hoy ha sido de lo más tranquilo, cocinar, limpiar, ansiedad, y dormir; lo que ha pasado entre medio de todo esto no ha tenido la menor importancia. He comenzado a leer un libro, de forma forzada porque como ya he escrito en mis reflexiones de otros días, no me apetece leer, pero tambiénme niego a perder ese hábito que me ha acompañado toda la vida. Podría haber escogido un libro un poco más ligero y menos denso, pero me compré este en cuanto salió y lo estaba reservando para cuando vuelva a tener que viajar en tren para ir a trabajar cuando me den el alta, pero qué coño, la situación se lo merece, así que intento leer unas cuantas páginas a la que tengo ocasión, que con una niña de siete años encerrada las veinticuatro horas del día no suele presentarse muy a menudo, y no es que me queje del comportamiento de mi hija pequeña en la cuarentena, por suerte la está llevando muy bien, solo que no quema toda la energía que genera y nos pide atención constante para no aburrirse. El libro en sí es “Fin” de Karl Ove Knausgård, la sexta entrega de su autobiografía, un libraco de mil dieciocho páginas que me va a durar un eternidad al ritmo que lo voy leyendo, pero últimamente tampoco tengo mucha prisa en hacer nada. La prisa ha sido una de las primeras víctimas en caer por el virus, todas esas personas que antes caminaban a empujones por la calle, se colaban en la cola del supermercado o se quejaban de la panadera porque tardaba dos minutos en venderle una barra de pan, ahora hacen colas interminables para entrar al supermercado o comprar un paquete de tabaco con la cabeza gacha y la boca cerrada, esperando pacientes a que les toque el turno. Y es que sí algo tenemos el ser humano es el don de aceptar las cosas sin cuestionarlas, si alguien nos dice que es por nuestro bien. El grupo Def Con Dos tiene una canción titulada Ultramemia donde dicen “Es preferible la injusticia al desorden/ decía el abuelo al abrocharse el uniforme”; y me temo que cuando esto termine muchos de nosotros aceptaremos que algunas de las medidas restrictivas que nos están imponiendo ahora sigan vigentes porque el miedo que nos han metido nos haga priorizar la salud o la seguridad por encima de la libertad, o sencillamente cerraremos la boca como bien estamos aprendiendo estos días. Todo esto me preocupa, bueno, más que preocuparme me aterra, pero bueno, quizá todo siga igual que antes cuando todo esto termine, o a lo mejor tengo que dormir con la luz encendida durante el resto de mi vida mientras los botones de viejos uniformes vuelven a abrocharse.