Hoy me he dado cuenta de que mis Kalanchoes estaban hechas una mierda, El invierno les ha pasado factura, y de quince que tengo plantadas siete han pasado a mejor vida y las otras ocho no tienen mucho mejor aspecto. Este inviernos nos ha premiado con un par de granizadas, semanas enteras de lluvia y dos temporales, el último de ellos bastante desastroso para esta zona. Le pido consejo a Javinho por Whatsaap —qué domina del tema— para que me diga qué hacer para revivir a las supervivientes, y mientras inspecciono las hojas, la humedad de la tierra y hago planes mentales para trasplantarlas para así darles más espacio vital —siguiendo los consejos de Javinho— mi hija me pide que juegue con ella a la pelota. Odio todo lo que tenga que ver con darle patadas a una pelota, o botarla, o darle con una raqueta o cualquier otra cosa de esas, pero no me puedo resistir a la mirada de mi niña, lleva veintitrés días encerrada y siempre que me pide que juegue a algo con ella yo
encuentro alguna vil escusa para no hacerlo, y es que desde pequeño siempre he odiado los juegos de mesa, los deportes o cualquier otra forma de socialización. No me gusta la gente. No tengo muchos amigos, y a decir verdad se puede decir que me he criado sin ellos. Nunca fui un niño normal, no me gustaba jugar a nada, ni ir a fiestas de cumpleaños, ni celebrar los míos, ni las reuniones familiares, ni los conciertos, ni nada que tuviera que ver con estar cerca de otras personas; por eso ahora de adulto no puedo ni pensar en meterme en una discoteca o apuntarme a un gimnasio, la simple idea de estar rodeado de otras personas me aterra, me asquea y me dispara mis niveles de estrés hasta las nubes.
Me pongo en un extremo de la terraza y chuto la pelota —y podría jurar que es la primera vez que le doy una patada a una— para que la pueda alcanzar mi hija, que con una sonrisa en la boca le cuesta creer que me haya podido convencer tan fácilmente. Durante un rato juego con ella pasándonos la pelota el uno al otro, ella ríe y disfruta mientras yo ardo en deseos de que todo acabe de una vez. Cuando llevamos un rato —no muy largo— le digo que estoy cansado y vuelvo a dedicarme a mis plantas mientras ella, sin darle importancia, comienza a saltar a la comba y a decirme cuántos saltos ha sido capaz de realizar hasta que la cuerda se le enreda entre las piernas.
En estos día de encierro estoy pensando mucho, y una de las cosas en las que más pienso es en ese rechazo que siento por las otras personas. No me gusta la gente, o puede que en realidad sea yo mismo quien no me gusto, quizá ese rechazo que siento no sea más que el miedo a ser yo el rechazado, pues si yo me rechazo a mí mismo, por qué no lo va hacer el resto de las personas.
Mi hija, cuando se ha cansado de la comba, me pide que juegue a un juego de mesa con ella, pero por hoy ya he tenido demasiadas emociones fuertes y le digo que no. Ella no protesta, se conforma y se lo va a pedir a mi mujer, está tan acostumbrada a que nunca quiera jugar con ella a esas cosas que ya no siente emoción ninguna —ni buena ni mala— ante mi negativa. No consigo no sentirme culpable, incluso me cuestiono a mí mismo: ¿Qué clase de padre soy? Estando en la situación que estamos, encerrados en casa, no soy capaz de ceder un poco, de esforzarme por ella para ayudarla a llevar este encierro mejor- Pero es que el estrés que siento cada vez me cuesta más gestionarlo; además, es más puntual que un reloj suizo; sobre las cinco de la tarde —de cada día— empiezo a notarme inquieto, y de ahí para adelante la cosa va creciendo hasta el punto que empiezo a caminar de un lado para otro de la casa o a dar vueltas por la terraza mientras mi histeria sube de grado y mis dolores se hacen más presentes: noto el dolor en los pies, en las piernas, en la rodilla derecha, en la cadera derecha, en la zona lumbar, en la zona dorsal y en la zona cervical que me irradia por el hombro y brazo derecho —y sin olvidarnos del herpes trigeminal, que aunque hace un par de días había cantado victoria, me equivoqué, y aun sigue dándome por culo de vez en cuando.
Antes de la hora de la comida me han llamado del ayuntamiento. Mi mujer y yo nos íbamos a casar oficialmente dentro de unos días, pero con todo esto del virus y la cuarentena nos han anulado la boda, supongo que si llevamos diez años viviendo en pecado, ya no nos importa hacerlo unos cuantos meses más. Es curioso cómo el virus está consiguiendo trastocar a todo el mundo, ya sea directa o indirectamente. ¿Pero qué es una boda comparada con familias que han quedado destrozadas? ¿Nos quedará ilusión por casarnos cuando todo esto termine? Mi mujer estaba ilusionada con la boda antes del virus, ahora cada día le queda menos ilusión por nada. La he visto llorar, derrumbarse porque la situación en el hospital donde trabaja la empieza a superar, ¿Qué va a ser de ella, o del resto de personal sanitario cuando esto termine? ¿Cuántos de ellos necesitarán una ayuda psicológica que jamás recibirán? Porque en cuanto esto pase, dejaremos de verlos como a héroes y se acabarán los aplausos en los balcones y volveremos a verlos y tratarlos como a esa panda de pringados vestidos de blanco que pensamos que su función en los hospitales es la de servirnos.
Mando mensajes por Whatsaap a mis compañeros de trabajo y a mis hijos mayores para ver cómo están. Me acuesto sin recibir respuesta. Espero no haber empezado a no gustarles, bastante duro es no gustarme a mí mismo.
encuentro alguna vil escusa para no hacerlo, y es que desde pequeño siempre he odiado los juegos de mesa, los deportes o cualquier otra forma de socialización. No me gusta la gente. No tengo muchos amigos, y a decir verdad se puede decir que me he criado sin ellos. Nunca fui un niño normal, no me gustaba jugar a nada, ni ir a fiestas de cumpleaños, ni celebrar los míos, ni las reuniones familiares, ni los conciertos, ni nada que tuviera que ver con estar cerca de otras personas; por eso ahora de adulto no puedo ni pensar en meterme en una discoteca o apuntarme a un gimnasio, la simple idea de estar rodeado de otras personas me aterra, me asquea y me dispara mis niveles de estrés hasta las nubes.
Me pongo en un extremo de la terraza y chuto la pelota —y podría jurar que es la primera vez que le doy una patada a una— para que la pueda alcanzar mi hija, que con una sonrisa en la boca le cuesta creer que me haya podido convencer tan fácilmente. Durante un rato juego con ella pasándonos la pelota el uno al otro, ella ríe y disfruta mientras yo ardo en deseos de que todo acabe de una vez. Cuando llevamos un rato —no muy largo— le digo que estoy cansado y vuelvo a dedicarme a mis plantas mientras ella, sin darle importancia, comienza a saltar a la comba y a decirme cuántos saltos ha sido capaz de realizar hasta que la cuerda se le enreda entre las piernas.
En estos día de encierro estoy pensando mucho, y una de las cosas en las que más pienso es en ese rechazo que siento por las otras personas. No me gusta la gente, o puede que en realidad sea yo mismo quien no me gusto, quizá ese rechazo que siento no sea más que el miedo a ser yo el rechazado, pues si yo me rechazo a mí mismo, por qué no lo va hacer el resto de las personas.
Mi hija, cuando se ha cansado de la comba, me pide que juegue a un juego de mesa con ella, pero por hoy ya he tenido demasiadas emociones fuertes y le digo que no. Ella no protesta, se conforma y se lo va a pedir a mi mujer, está tan acostumbrada a que nunca quiera jugar con ella a esas cosas que ya no siente emoción ninguna —ni buena ni mala— ante mi negativa. No consigo no sentirme culpable, incluso me cuestiono a mí mismo: ¿Qué clase de padre soy? Estando en la situación que estamos, encerrados en casa, no soy capaz de ceder un poco, de esforzarme por ella para ayudarla a llevar este encierro mejor- Pero es que el estrés que siento cada vez me cuesta más gestionarlo; además, es más puntual que un reloj suizo; sobre las cinco de la tarde —de cada día— empiezo a notarme inquieto, y de ahí para adelante la cosa va creciendo hasta el punto que empiezo a caminar de un lado para otro de la casa o a dar vueltas por la terraza mientras mi histeria sube de grado y mis dolores se hacen más presentes: noto el dolor en los pies, en las piernas, en la rodilla derecha, en la cadera derecha, en la zona lumbar, en la zona dorsal y en la zona cervical que me irradia por el hombro y brazo derecho —y sin olvidarnos del herpes trigeminal, que aunque hace un par de días había cantado victoria, me equivoqué, y aun sigue dándome por culo de vez en cuando.
Antes de la hora de la comida me han llamado del ayuntamiento. Mi mujer y yo nos íbamos a casar oficialmente dentro de unos días, pero con todo esto del virus y la cuarentena nos han anulado la boda, supongo que si llevamos diez años viviendo en pecado, ya no nos importa hacerlo unos cuantos meses más. Es curioso cómo el virus está consiguiendo trastocar a todo el mundo, ya sea directa o indirectamente. ¿Pero qué es una boda comparada con familias que han quedado destrozadas? ¿Nos quedará ilusión por casarnos cuando todo esto termine? Mi mujer estaba ilusionada con la boda antes del virus, ahora cada día le queda menos ilusión por nada. La he visto llorar, derrumbarse porque la situación en el hospital donde trabaja la empieza a superar, ¿Qué va a ser de ella, o del resto de personal sanitario cuando esto termine? ¿Cuántos de ellos necesitarán una ayuda psicológica que jamás recibirán? Porque en cuanto esto pase, dejaremos de verlos como a héroes y se acabarán los aplausos en los balcones y volveremos a verlos y tratarlos como a esa panda de pringados vestidos de blanco que pensamos que su función en los hospitales es la de servirnos.
Mando mensajes por Whatsaap a mis compañeros de trabajo y a mis hijos mayores para ver cómo están. Me acuesto sin recibir respuesta. Espero no haber empezado a no gustarles, bastante duro es no gustarme a mí mismo.