Hoy me he levantado de mejor humor. He decidido cambiar de banda sonora y en vez de ponerme clásica a saco, me he decantado por AC/DC —época Bon Scott, soy de la vieja escuela— y mientras mi mujer se curraba unas milanesas para comer, yo he decidido aprovechar el buen día que ha hecho para dedicarle un poco de tiempo y cariño a esas Kalanchoes que se me estaban yendo a la mierda. Hundir los dedos en la tierra, bajo el sol que calentaba de forma sutil el ambiente, ha sido toda una experiencia después de veinticuatro días de encierro; a veces no valoramos los pequeños detalles, como sentir la tierra húmeda entre los dedos, sanear las macetas, quitarle las hojas perjudicadas a las plantas y ver luego el fruto del trabajo bien hecho, me refiero a ese trabajo que se hace por puro placer, por mero regocijo personal y propio, no ese otro trabajo obligado, ese que nos esclaviza día a día, el que se hace por pura y dura necesidad monetaria para poder sobrevivir en esta sociedad capitalista y consumista compulsiva.
Después de haberles dado las medidas de confort a mis Kalanchoes y recogido el estropicio de la terraza —tierra por el suelo, hojas rotas y plantas desechadas sin salvación alguna— y haber disfrutado de esas milanesas con ensalada con mi mujer y mi hija, he decidido sentarme aquí y contar todo esto. Queda mucho día por delante, y lo más seguro es que entre ahora mismo y el momento en que me meta en la cama, me pase algo mucho más interesante, juegue al ajedrez un par de veces, intente leer algo, vuelva a la sinfónica otra vez o me coma la cabeza pensando que a ochocientas defunciones por día el virus se llevará por delante en un mes a unas veinticuatro mil personas en esta zona planetaria y la repercusión que todo ello vaya a tener el las bases de la sociedad tal y como la conocemos. Pero como he escrito unas líneas más arriba, a veces no sabemos apreciar los pequeños detalles, y arreglar mis plantas escuchando a AC/DC y disfrutar de la comida en compañía de mi mujer y mi hija ha sido mi momento de desconexión total de hoy. Mañana ya volveré a cuestionar mi propia existencia… o puede que no.
Después de haberles dado las medidas de confort a mis Kalanchoes y recogido el estropicio de la terraza —tierra por el suelo, hojas rotas y plantas desechadas sin salvación alguna— y haber disfrutado de esas milanesas con ensalada con mi mujer y mi hija, he decidido sentarme aquí y contar todo esto. Queda mucho día por delante, y lo más seguro es que entre ahora mismo y el momento en que me meta en la cama, me pase algo mucho más interesante, juegue al ajedrez un par de veces, intente leer algo, vuelva a la sinfónica otra vez o me coma la cabeza pensando que a ochocientas defunciones por día el virus se llevará por delante en un mes a unas veinticuatro mil personas en esta zona planetaria y la repercusión que todo ello vaya a tener el las bases de la sociedad tal y como la conocemos. Pero como he escrito unas líneas más arriba, a veces no sabemos apreciar los pequeños detalles, y arreglar mis plantas escuchando a AC/DC y disfrutar de la comida en compañía de mi mujer y mi hija ha sido mi momento de desconexión total de hoy. Mañana ya volveré a cuestionar mi propia existencia… o puede que no.