Llevo todo el día desorientado, no en el peor de los casos, pero no hay manera de quitarme de la cabeza que hoy no es sábado; tampoco es que tenga mucha importancia, teniendo en cuenta que llevo meses viviendo en domingo. Nada más levantarme me he metido mis cereales con leche de coco y un café —el desayuno de los campeones— y mientras mi mujer ha ido a comprar y mi hija hacía sus ejercicios escolares, el robot aspirador —Jimmy— y yo nos hemos enfrascado en las tareas de limpieza. Es curioso como se me ha agudizado la percepción de desorden y suciedad en estos veinticinco días encerrado con tu familia, y no quiero decir que la casa sea peor que un zoológico en plena huelga de limpiadores de mierda de mono. La casa está impecable, y puede que ese sea el problema, pues al estar todo el puto día limpiando, cualquier cosa fuera de sitio o brizna de suciedad, por nimia que sea, se ve a una legua de distancia. La mayoría de los días esclavizo a Jimmy
haciéndole aspirar y pasar la mopa dos o tres veces al día, eso quiere decir que el suelo está tan limpio que una puta pelusilla o miga de pan resalta tanto que es imposible no verla; lo mismo pasa con cualquier cosa que haya sobre alguna superficie, ya sea un cuadro, una figura o el mando a distancia, lo tengo todo tan milimetrado que a la que alguien mueve algo, por poco que sea, a mí me da la sensación de que lo han dejado bocabajo, con la desesperación y estrés que eso me causa. Y así me tiro la mañana, intentado sacarle brillo al brillo y colocándolo todo tan bien puesto que dejo al Feng Shui a la altura del betún.
Mi mujer limpia todo lo que entra en casa con un paño humedecido en agua con lejía; nos quitamos los zapatos antes de entrar a casa y si hemos ido al ambulatorio o hemos estado un poco más de tiempo del habitual en la calle, nada más llegar nos quitamos toda la ropa y la echamos a lavar, aunque nos la hayamos puesto limpia antes de salir. Al principio de todo esto me dejé engañar, como el borrego bien adiestrado que soy, y pensaba que el virus no era más que una gripe cualquier, la enfermedad de moda de este año, esa era la idea que nos hicieron creer con la poca importancia que le dieron al asunto hasta que fue demasiado tarde. Ahora le tengo miedo al virus, como cualquiera que tenga dos dedos de frente, pero sigo intentando respirar antes de actuar —y con actuar quiero decir pensar, hablar o hacer algo antes de pensarlo dos veces—. No, no es que me crea mejor o mucho más listo que cualquiera, pero es que ya nos la dieron al principio de todo y a lo mejor es cuestión de empezar a cuestionar todo lo que nos están intentando meter ahora también con sus putos anuncios donde nos quieren hacer creer que todos somos héroes, que somos una gran familia luchando unida contra el virus cantando en los balcones, quedándonos en casa y aplaudiendo a la policía mientras que ellos son los cabezas de familia que nos cuidan y protegen —“Fuerza a través de la Unidad, Unidad a través de la Fe” ¿Os suena de algo?—, pero bueno, tan solo son pensamientos míos mientras le limpio el polvo a Jimmy; sí, ya sé que es triste aspirar a la aspiradora, pero qué le voy a hacer.
Estoy bastante enganchado al libro de Knausgard, desde que empecé a leer “Mi lucha” me he sentido completamente identificado con él, puede que sea el autor con quien más lo hago, y me alegro de haber empezado a leer este libro ahora. No puedo leer mucho porque entre hacer la comida, limpiar, atender a mi hija y esclavizar a Jimmy no me queda mucho tiempo. Además, en estos días de confinamiento he podido apreciar la elasticidad absurda del tiempo, cuando no sabes qué hacer el piso se te viene encima y te paseas de un lado para otro poniéndote histérico y subiéndote por las paredes con la impresión de que las agujas del reloj marcan la misma hora siempre; pero por si a lo contrario empiezas a hacer alguna actividad que te distraiga un poco, sin darte cuenta se te echa encima la hora de preparar la comida, bañar a la niña, poner la lavadora o hacer la cena. A veces me pregunto si el tiempo de encierro estará teniendo el mismo efecto para todo el mundo, o si por lo contrario será como la teoría de la relatividad y en cada casa sus habitantes envejecerán más o menos según la ralentización o aceleración del tiempo a base de si se lo han pasado mejor o peor que sus vecinos.
Por la tarde, cuando mi mujer se ha ido a trabajar, me he sentado un rato en la terraza a disfrutar de la lectura mientras mi hija jugaba en la terraza al mismo tiempo que hablaba por videoconferencia con sus primas. Las terrazas estaban en plena ebullición, el buen tiempo empieza a sacar a los vecinos de sus casas para ponerlos al sol, como los lagartos en sus terrazas y balcones. El vecino de la terraza de enfrente ha estado toda la tarde montado en lo alto de una escalera, peleándose con el taladro para ponerle un aro de baloncesto a su hijo, al cabo de una hora de equilibrios e intentos de agujeros fallidos en el muro, por fin a conseguido colgar la canasta y su hijo no ha tardado en salir a probarla con el ruido que ello conlleva, el pobre no sabe que mañana será el blanco de todas las maldiciones de mi mujer cuando llegue de trabajar y se acueste a dormir justo cuando él empiece a darle a la pelotita, con un poco de suerte perderá el entusiasmo como los aplaudebalcones, y la pelota dejará de rebotar en la pared como las palmas de sus manos unas contra otras.
haciéndole aspirar y pasar la mopa dos o tres veces al día, eso quiere decir que el suelo está tan limpio que una puta pelusilla o miga de pan resalta tanto que es imposible no verla; lo mismo pasa con cualquier cosa que haya sobre alguna superficie, ya sea un cuadro, una figura o el mando a distancia, lo tengo todo tan milimetrado que a la que alguien mueve algo, por poco que sea, a mí me da la sensación de que lo han dejado bocabajo, con la desesperación y estrés que eso me causa. Y así me tiro la mañana, intentado sacarle brillo al brillo y colocándolo todo tan bien puesto que dejo al Feng Shui a la altura del betún.
Mi mujer limpia todo lo que entra en casa con un paño humedecido en agua con lejía; nos quitamos los zapatos antes de entrar a casa y si hemos ido al ambulatorio o hemos estado un poco más de tiempo del habitual en la calle, nada más llegar nos quitamos toda la ropa y la echamos a lavar, aunque nos la hayamos puesto limpia antes de salir. Al principio de todo esto me dejé engañar, como el borrego bien adiestrado que soy, y pensaba que el virus no era más que una gripe cualquier, la enfermedad de moda de este año, esa era la idea que nos hicieron creer con la poca importancia que le dieron al asunto hasta que fue demasiado tarde. Ahora le tengo miedo al virus, como cualquiera que tenga dos dedos de frente, pero sigo intentando respirar antes de actuar —y con actuar quiero decir pensar, hablar o hacer algo antes de pensarlo dos veces—. No, no es que me crea mejor o mucho más listo que cualquiera, pero es que ya nos la dieron al principio de todo y a lo mejor es cuestión de empezar a cuestionar todo lo que nos están intentando meter ahora también con sus putos anuncios donde nos quieren hacer creer que todos somos héroes, que somos una gran familia luchando unida contra el virus cantando en los balcones, quedándonos en casa y aplaudiendo a la policía mientras que ellos son los cabezas de familia que nos cuidan y protegen —“Fuerza a través de la Unidad, Unidad a través de la Fe” ¿Os suena de algo?—, pero bueno, tan solo son pensamientos míos mientras le limpio el polvo a Jimmy; sí, ya sé que es triste aspirar a la aspiradora, pero qué le voy a hacer.
Estoy bastante enganchado al libro de Knausgard, desde que empecé a leer “Mi lucha” me he sentido completamente identificado con él, puede que sea el autor con quien más lo hago, y me alegro de haber empezado a leer este libro ahora. No puedo leer mucho porque entre hacer la comida, limpiar, atender a mi hija y esclavizar a Jimmy no me queda mucho tiempo. Además, en estos días de confinamiento he podido apreciar la elasticidad absurda del tiempo, cuando no sabes qué hacer el piso se te viene encima y te paseas de un lado para otro poniéndote histérico y subiéndote por las paredes con la impresión de que las agujas del reloj marcan la misma hora siempre; pero por si a lo contrario empiezas a hacer alguna actividad que te distraiga un poco, sin darte cuenta se te echa encima la hora de preparar la comida, bañar a la niña, poner la lavadora o hacer la cena. A veces me pregunto si el tiempo de encierro estará teniendo el mismo efecto para todo el mundo, o si por lo contrario será como la teoría de la relatividad y en cada casa sus habitantes envejecerán más o menos según la ralentización o aceleración del tiempo a base de si se lo han pasado mejor o peor que sus vecinos.
Por la tarde, cuando mi mujer se ha ido a trabajar, me he sentado un rato en la terraza a disfrutar de la lectura mientras mi hija jugaba en la terraza al mismo tiempo que hablaba por videoconferencia con sus primas. Las terrazas estaban en plena ebullición, el buen tiempo empieza a sacar a los vecinos de sus casas para ponerlos al sol, como los lagartos en sus terrazas y balcones. El vecino de la terraza de enfrente ha estado toda la tarde montado en lo alto de una escalera, peleándose con el taladro para ponerle un aro de baloncesto a su hijo, al cabo de una hora de equilibrios e intentos de agujeros fallidos en el muro, por fin a conseguido colgar la canasta y su hijo no ha tardado en salir a probarla con el ruido que ello conlleva, el pobre no sabe que mañana será el blanco de todas las maldiciones de mi mujer cuando llegue de trabajar y se acueste a dormir justo cuando él empiece a darle a la pelotita, con un poco de suerte perderá el entusiasmo como los aplaudebalcones, y la pelota dejará de rebotar en la pared como las palmas de sus manos unas contra otras.