Día 26, a 9 de abril de 2020
Llevaba esperando a que llegasen estos días festivos de celebrar que linchasen a un hippie hace 2000 años desde que acabaron mis vacaciones. Me cogí vacaciones el último día de diciembre hasta el 17 de enero. El día 20 me incorporé al trabajo y un portón con un peso que estimaron en unos 500 kilos se me vino encima. Una enorme puerta de acceso de vehículos sujeta únicamente con un perno por abajo y un puñado de bridas en la parte de arriba. Se saldó con cuatro puntos de sutura y un pernicioso dolor de espalda. Muchos me hablaban sobre la suerte que habría tenido; si estar a punto de matarte por la negligencia de unos ineptos es suerte entonces que te toque la lotería será una especie de maldición. No hay nada mejor que estar cerca de la muerte para ver si realmente tienes paz espiritual o eres un fraude.
Los dioses de la colada han decidido hacerme correr hacia al tendero a eso del mediodía más o menos, está complicado hacer la colada últimamente. Comimos la sopa de repollo que sobró de ayer, que estaba mejor todavía (y aún queda para cenar). En el poco tiempo que ha estado encendida la televisión estaban hablando sobre efectos detectados en el Covid-19; me ha llamado la atención el de efectos en la piel, ya que hace unas semanas tuve un problema cutáneo y el médico no tenía ni zorra sobre qué podía ser. Hablan sobre el temor frente al colapso sanitario, pero me dieron cita para que un especialista me evaluase en tres meses ¡en tres jodidos meses! Hoy los 2 minutos de chifladura mental han empezado a las 19:55 y ha habido gente haciendo el gilipollas desde sus balcones hasta casi las 21:00. Estaba viendo una película en el salón y he tenido que cerrar las ventanas por las que entraba una fresca brisa con el olor de la tierra mojada. Hijos de puta, dan ganas de lanzar napalm sobre todo este puto barrio. La película no estaba mal, pero las he visto mucho mejores en estos días; me ha sorprendido muy gratamente una titulada Life, un peliculón de ciencia ficción para quien se anime a verla.
Llevaba esperando a que llegasen estos días festivos de celebrar que linchasen a un hippie hace 2000 años desde que acabaron mis vacaciones. Me cogí vacaciones el último día de diciembre hasta el 17 de enero. El día 20 me incorporé al trabajo y un portón con un peso que estimaron en unos 500 kilos se me vino encima. Una enorme puerta de acceso de vehículos sujeta únicamente con un perno por abajo y un puñado de bridas en la parte de arriba. Se saldó con cuatro puntos de sutura y un pernicioso dolor de espalda. Muchos me hablaban sobre la suerte que habría tenido; si estar a punto de matarte por la negligencia de unos ineptos es suerte entonces que te toque la lotería será una especie de maldición. No hay nada mejor que estar cerca de la muerte para ver si realmente tienes paz espiritual o eres un fraude.
Los dioses de la colada han decidido hacerme correr hacia al tendero a eso del mediodía más o menos, está complicado hacer la colada últimamente. Comimos la sopa de repollo que sobró de ayer, que estaba mejor todavía (y aún queda para cenar). En el poco tiempo que ha estado encendida la televisión estaban hablando sobre efectos detectados en el Covid-19; me ha llamado la atención el de efectos en la piel, ya que hace unas semanas tuve un problema cutáneo y el médico no tenía ni zorra sobre qué podía ser. Hablan sobre el temor frente al colapso sanitario, pero me dieron cita para que un especialista me evaluase en tres meses ¡en tres jodidos meses! Hoy los 2 minutos de chifladura mental han empezado a las 19:55 y ha habido gente haciendo el gilipollas desde sus balcones hasta casi las 21:00. Estaba viendo una película en el salón y he tenido que cerrar las ventanas por las que entraba una fresca brisa con el olor de la tierra mojada. Hijos de puta, dan ganas de lanzar napalm sobre todo este puto barrio. La película no estaba mal, pero las he visto mucho mejores en estos días; me ha sorprendido muy gratamente una titulada Life, un peliculón de ciencia ficción para quien se anime a verla.
Muchas veces, cuando he salido a caminar por el campo, me han entrado unas terribles ganas de sentarme en un borde del camino y quedarme allí; quedarme en ese lugar, sentado tranquilamente y observar el ocaso hasta fundirme con la tierra de forma definitiva. Evidentemente nunca lo hice, siempre se impuso el impulso de seguir hacia adelante, seguir viviendo hasta que sea la oscuridad la que venga a mí y me devore. Hay demasiadas cosas buenas en la vida como para tirar la toalla, y pienso disfrutarlas le pese a quien le pese.