Son las siete de la
mañana. Viernes Santo. El tranvía acaba de pasar, lo escucho perfectamente (vivo
a escasos metros de las vías). Ahora pasa un AVE, es atronador, de noche llega
a vibrar la casa. Sí, también vivo cerca de las vías del tren de alta velocidad,
cosa que me encanta.
Ayer por la mañana, aprovechando que el
cielo estaba nublado, me di una vuelta por la devastada zona ferroviaria (con
la perra). Es como un mundo al margen que los chavales usan como picadero, una
zona llena de condones usados, toallitas húmedas con restos de semen y flujo
vaginal, bolsas de papel del Burgen King, bragas sucias, medias rotas,
camisetas con restos de heces, y otros residuos
humanos. Observé que, de origen, allí mismo, construyeron un merendero con barbacoas y mesas familiares, pero lo tienen abandonado y la maleza se ha comido las intenciones. Es curioso ver cómo la naturaleza recupera su lugar en las urbes. No le importamos una mierda, cosa que me parece cojonuda. Para mí es un placer poder salir a dar un paseo y no cruzarme con nadie, solo con el mundo natural en plena reconquista. Ver cómo los pájaros campan a sus anchas, igual que los conejos, los insectos, las ratas y mis amados gatos. Todos lleno de flores, de malas hierbas, incluso amapolas creciendo en las aceras. Me resulta curioso ver cientos de babosas, es increíble. Fue tan hermoso, tan melancólico al mismo tiempo. No sé, digno de película, de relato, de poema.
humanos. Observé que, de origen, allí mismo, construyeron un merendero con barbacoas y mesas familiares, pero lo tienen abandonado y la maleza se ha comido las intenciones. Es curioso ver cómo la naturaleza recupera su lugar en las urbes. No le importamos una mierda, cosa que me parece cojonuda. Para mí es un placer poder salir a dar un paseo y no cruzarme con nadie, solo con el mundo natural en plena reconquista. Ver cómo los pájaros campan a sus anchas, igual que los conejos, los insectos, las ratas y mis amados gatos. Todos lleno de flores, de malas hierbas, incluso amapolas creciendo en las aceras. Me resulta curioso ver cientos de babosas, es increíble. Fue tan hermoso, tan melancólico al mismo tiempo. No sé, digno de película, de relato, de poema.
Volví a casa y me di cuenta de que mi
tristeza me absorbía el alma, así que me preparé algo de almorzar y abrí una
lata de cerveza. Tras esa lata abrí otra, y ya, paré. Parece que el alcohol
logra apaciguar un poco a la bestia, pero procuro no pasarme. Este encierro
está haciendo que me acuerde demasiado del tabaco, de los porros y de las
borracheras.
Dos voces se apoderan de mí en estos
momentos, por un lado la del marido y el padre preocupado por la jodida
situación, y por la otra la del escritor
despreocupado que solo quiere escribir, beber, fumar y no hacer nada en todo el
día, solo estar frente al ordenador y dejar que el tiempo pase, sin más. Como
es evidente (o no tanto, por eso lo digo), en mi caso gana el marido y padre. El
escritor queda relegado a un segundo plano (no menos importante, pero sí comido
por el tiempo y las circunstancias). Incluso en este preciso instante, mi hijo
llora y tengo que atender sus necesidades. Es un bebé difícil, muy difícil.
Apenas duerme. Necesita estar en brazos dieciséis horas al día, sin freno, sin
miramientos. Todo esto, unido al confinamiento y al hecho de no poder ver ni
siquiera una película o un documental o leer (joder, leer), pues me está
matando poco a poco, y a Lidia, claro. De ahí que el escritor esté reclamando
su espacio y me impida descansar. Apenas duermo tres horas al día, una miseria.
Pero claro, el muy hijo de puta (el escritor) no deja de repetirme lo mismo una
y otra vez: «¡Lo que no te mata te hace mas fuerte!». Es su jodido mantra, y
así ha sido siempre. Tenemos un trato: Yo le impido morir alcoholizado y él no
me deja caer en la mediocridad y la podredumbre humana.
Suena otro tranvía. ¿Os he dicho que vivo a
menos de cien metros de las vías? Creo que sí, pero me da igual, me apetece
repetirlo, como si fuese un estribillo o algo así. Estoy sentado delante del
ordenador, escribiendo esta misma frase, sonriendo y pensando en beber alcohol,
en fumar, en salir a la calle y reventarle la cabeza a la primera persona que
se cruce en mi camino. Pero no lo voy a hacer, tranquilos, me vale con
escribirlo. En su lugar, me siento en un rincón oscuro y pienso en aquellos
dulces veintisiete añitos. A día de hoy, sé de un par cosas que no hubiese
hecho.
Lo sé, cabrones y cabronas, hoy estoy algo nostálgico,
pero, ¿sabéis qué os digo? ¡Que os den por culo!
