No me apetece escribir mucho hoy, y no es por pereza, simplemente apatía. Hoy es uno de esos días que todo me viene grande. Demasiadas horas encerrado a salvo en este #yomequedoencasa mientras los míos —entre ellos mi mujer— se juegan la vida cada día. Me siento culpable por estar de baja en estos días que tanto están necesitando ayuda mis compañeros, a veces pienso que no voy a ser capaz de volver a trabajar cuando me den el alta, ¿cómo voy a atreverme a mirarlos de nuevo a la cara después de haber estado a salvo en mi casa mientras ellos esquivaban balas en primera línea del frente? Aunque llevaba como ocho meses de baja antes de que el virus diera la cara, eso no evita que me sienta como un cobarde escondiéndome bajo la cama.
Son demasiadas horas pensando, tampoco he dormido muy bien hoy y eso empieza a afectarme, me como la cabeza por el día, me como la cabeza por la noche y sigo ese ritmo un día tras otro.
Tengo a mis hijos mayores a cincuenta kilómetros de distancia, con la eterna preocupación por ellos; mi madre encerrada en su casa —qué por suerte nunca se ha quedado sola, gracias a mis hermanas y a mi sobrino— también a cincuenta kilómetros de distancia; mi mujer no deja de ir y venir del hospital, luchando contra el virus por una nómina de mierda y un puñado de aplausos en los balcones, y mientras tanto yo aquí, quejándome de mi encierro, sin prestar ninguna utilidad a nada ni a nadie. Un ser patético con una vida patética. Un don nadie cualquiera.
Me caliento la comida que sobró de ayer mientras cocino algo distinto para mi hija pequeña. Intento mantener la casa lo más limpia y ordenada dentro de lo posible. Cambio de canal compulsivamente, buscando algún programa que mitigue un poco esa voz que, sin darme un respiro, me recuerda una y otra vez que quizá toda esa gente que el virus se ha llevado por delante se merecían seguir viviendo mucho más que yo… Y ladys and gentelmens, para todos ustedes… mis pensamientos suicidas.
Después de comer me he sentado en la terraza con los pies apoyados en la barandilla mientras mi hija jugaba con la maldita pelota del otro día. El cielo tiene un azul especial estos días, debe de ser que el nivel de contaminación ha bajado bastante, supongo que es pura matemáticas, si a un puñado de coches contaminantes le restas un puñado de gilipollas humanos que los arranquen, te da de resultado un cielo más limpio. Escucho al hijo del vecino de abajo lloriquear en la terraza, lloriquea como una nenaza cada vez que sus hermanos no le dejan ganar a lo que sea que estén jugando, y la verdad es que ya no es tan niño para lloriquear de esa manera tan infantil ¿Es malo tener pensamientos homicidas contra un niño llorica y nenaza? Porque yo empecé a tenerlos a partir del segundo día de confinamiento. Quién sabe, quizá la próxima noticia que leáis en los periódicos trate de un escritor sin talento que, después de acabar con toda la comunidad de vecinos, decidió salir a la calle enseñando lorzas sin camiseta y con un par de katanas, gritándole a la policía: “Yo soy Dios” —sí, he visto el vídeo, y aunque el tío está muy loco, tiene su gracia el puto gordo—. Antes de acostarme salgo por última vez a la terraza; oscuridad, silencio, un par de estrellas más que las tres de siempre en el cielo, las voces enlatadas de algún televisor de fondo y una persona haciéndose cada vez más pequeña en el mundo, y no, no es el niño llorica de abajo, aunque no sé si en el fondo no acabo llorando yo más que él.
Son demasiadas horas pensando, tampoco he dormido muy bien hoy y eso empieza a afectarme, me como la cabeza por el día, me como la cabeza por la noche y sigo ese ritmo un día tras otro.
Tengo a mis hijos mayores a cincuenta kilómetros de distancia, con la eterna preocupación por ellos; mi madre encerrada en su casa —qué por suerte nunca se ha quedado sola, gracias a mis hermanas y a mi sobrino— también a cincuenta kilómetros de distancia; mi mujer no deja de ir y venir del hospital, luchando contra el virus por una nómina de mierda y un puñado de aplausos en los balcones, y mientras tanto yo aquí, quejándome de mi encierro, sin prestar ninguna utilidad a nada ni a nadie. Un ser patético con una vida patética. Un don nadie cualquiera.
Me caliento la comida que sobró de ayer mientras cocino algo distinto para mi hija pequeña. Intento mantener la casa lo más limpia y ordenada dentro de lo posible. Cambio de canal compulsivamente, buscando algún programa que mitigue un poco esa voz que, sin darme un respiro, me recuerda una y otra vez que quizá toda esa gente que el virus se ha llevado por delante se merecían seguir viviendo mucho más que yo… Y ladys and gentelmens, para todos ustedes… mis pensamientos suicidas.
Después de comer me he sentado en la terraza con los pies apoyados en la barandilla mientras mi hija jugaba con la maldita pelota del otro día. El cielo tiene un azul especial estos días, debe de ser que el nivel de contaminación ha bajado bastante, supongo que es pura matemáticas, si a un puñado de coches contaminantes le restas un puñado de gilipollas humanos que los arranquen, te da de resultado un cielo más limpio. Escucho al hijo del vecino de abajo lloriquear en la terraza, lloriquea como una nenaza cada vez que sus hermanos no le dejan ganar a lo que sea que estén jugando, y la verdad es que ya no es tan niño para lloriquear de esa manera tan infantil ¿Es malo tener pensamientos homicidas contra un niño llorica y nenaza? Porque yo empecé a tenerlos a partir del segundo día de confinamiento. Quién sabe, quizá la próxima noticia que leáis en los periódicos trate de un escritor sin talento que, después de acabar con toda la comunidad de vecinos, decidió salir a la calle enseñando lorzas sin camiseta y con un par de katanas, gritándole a la policía: “Yo soy Dios” —sí, he visto el vídeo, y aunque el tío está muy loco, tiene su gracia el puto gordo—. Antes de acostarme salgo por última vez a la terraza; oscuridad, silencio, un par de estrellas más que las tres de siempre en el cielo, las voces enlatadas de algún televisor de fondo y una persona haciéndose cada vez más pequeña en el mundo, y no, no es el niño llorica de abajo, aunque no sé si en el fondo no acabo llorando yo más que él.