Saco la ropa de la
lavadora mientras unos espaguetis se cuecen a fuego lento en una olla. Cuelgo
la ropa en el tendedero, en orden de mayor a menor según el tamaño de la
prenda, las prendas más largas al fondo para que no le tapen el aire a las más
pequeñas; según mi mujer hay que tenderlas al revés, pues las prendas más
largas suelen ser también
más gruesas y al
tenderlas detrás de todo no le llega aire suficiente para que se sequen bien. Sé
que cuando se despierte se quejará, pero no puedo evitarlo, mi mente es
simétrica total, todo tiene que estar siempre al milímetro, por mucho que yo
quiera intentar que no me afecte, al
final acabo subiéndome por las paredes por el mero hecho de que una figura esté
unos milímetros movida de donde yo creo que es la posición correcta. Sí, soy un
poco Sheldon Cooper, lo reconozco. Esa es una de las causas que me están provocando
que este encierro sea más duro de lo normal —dentro de toda
la normalidad de
esta situación—, pues es imposible que en una casa con todos sus habitantes
encerrados desde hace veintisiete días seguidos las cosas sigan estando en su
sitio.
Por otra parte, la cosa ya no se me está
haciendo tan rara. Quitados los picos de ansiedad que hago a lo largo del día,
empiezo a tomármelo todo de otra manera. Supongo que los seres humanos somos
así de camaleónicos y al final nos acabamos adaptando a todo. A veces me hace
recordar al caso del Monstruo de Amstetten, ese hijo de puta tuvo encerrada en
un sótano a su hija, a la cual violaba cada vez que le daba la gana, dejándola
embarazada unas cuantas veces y dando esta a luz a sus hijos/hermanos, niños
que no habían salido de aquel sótano en toda su vida hasta que la policía los
rescató con no sé cuántos años ya. Aquellos niños no conocían más mundo que
aquel sótano y ni más personas que a su madre/hermana y al monstruo de su
padre/abuelo. Que los niños sobrevivieran a esas condiciones infrahumanas no es
tan raro, porque para ellos aquello era la vida normal, pero cómo su madre/hermana,
secuestrada por su padre, violada y encerrada el resto de su vida en aquel
sótano, pudo sobrevivir solo la naturaleza del ser humano lo sabe.
Me estremezco de horror con solo pensarlo,
pero también me ayuda a comprender cómo el ser humano acaba aceptando cualquier
situación como normal si se alarga esta en el tiempo.
Pensar en esto también me hace estremecerme
al imaginarme el infierno que estarán pasando muchas personas estos días, como
por ejemplo familiares de personas violentas o con alguna adicción que las
vuelva peligrosas. Estas personas que no les está quedando más remedio que
convivir entre cuatro paredes con la violencia durante las veinticuatro horas
del día, día tras día, son un efecto colateral que muy pocas personas tienen en
mente, o prefieren no tenerlas, porque el miedo al contagio o necesidad
irracional a la seguridad radical hacia
nuestra persona hace
que miremos para otro lado. Todos aceptamos el encierro como medida preventiva,
y si el confinamiento ponía en peligro por violencia familiar a otras personas,
qué más daba, siempre que no fuera uno mismo el afectado.
Le sirvo un plato de espaguetis a la
carbonara a mi hija, se los corto para que no se atragante —una vez, cuando era
más pequeña se atragantó con uno y desde entonces les tiene respeto a los
espaguetis sin cortar—, me sirvo yo otro y sentados uno frente al otro comemos
en silencio mientras las voces salidas del televisor —odio la tele, me parece
que ya lo he escrito más de una vez, pero en el encierro y con una niña,
mantener la televisión apagada es casi más difícil que tenerlo todo en su sitio—
nos hacen llegar diálogos absurdos de cualquier teleserie cómica de esas que
repiten los mismos capítulos una y otra vez hasta la saciedad. Mastico despacio
mientras intento dejar de pensar en todo esto, además, en este momento mi hija se ríe de cualquier chorrada que ha escuchado
en la tele y los espaguetis están buenísimos, así que... ¿de qué coño estaba
escribiendo yo hoy?