sábado, 11 de abril de 2020

Día 27.

Saco la ropa de la lavadora mientras unos espaguetis se cuecen a fuego lento en una olla. Cuelgo la ropa en el tendedero, en orden de mayor a menor según el tamaño de la prenda, las prendas más largas al fondo para que no le tapen el aire a las más pequeñas; según mi mujer hay que tenderlas al revés, pues las prendas más largas suelen ser también
más gruesas y al tenderlas detrás de todo no le llega aire suficiente para que se sequen bien. Sé que cuando se despierte se quejará, pero no puedo evitarlo, mi mente es simétrica total, todo tiene que estar siempre al milímetro, por mucho que yo quiera intentar que no  me afecte, al final acabo subiéndome por las paredes por el mero hecho de que una figura esté unos milímetros movida de donde yo creo que es la posición correcta. Sí, soy un poco Sheldon Cooper, lo reconozco. Esa es una de las causas que me están provocando que este encierro sea más duro de lo normal —dentro de toda
la normalidad de esta situación—, pues es imposible que en una casa con todos sus habitantes encerrados desde hace veintisiete días seguidos las cosas sigan estando en su sitio.
    Por otra parte, la cosa ya no se me está haciendo tan rara. Quitados los picos de ansiedad que hago a lo largo del día, empiezo a tomármelo todo de otra manera. Supongo que los seres humanos somos así de camaleónicos y al final nos acabamos adaptando a todo. A veces me hace recordar al caso del Monstruo de Amstetten, ese hijo de puta tuvo encerrada en un sótano a su hija, a la cual violaba cada vez que le daba la gana, dejándola embarazada unas cuantas veces y dando esta a luz a sus hijos/hermanos, niños que no habían salido de aquel sótano en toda su vida hasta que la policía los rescató con no sé cuántos años ya. Aquellos niños no conocían más mundo que aquel sótano y ni más personas que a su madre/hermana y al monstruo de su padre/abuelo. Que los niños sobrevivieran a esas condiciones infrahumanas no es tan raro, porque para ellos aquello era la vida normal, pero cómo su madre/hermana, secuestrada por su padre, violada y encerrada el resto de su vida en aquel sótano, pudo sobrevivir solo la naturaleza del ser humano lo sabe.
    Me estremezco de horror con solo pensarlo, pero también me ayuda a comprender cómo el ser humano acaba aceptando cualquier situación como normal si se alarga esta en el tiempo.
    Pensar en esto también me hace estremecerme al imaginarme el infierno que estarán pasando muchas personas estos días, como por ejemplo familiares de personas violentas o con alguna adicción que las vuelva peligrosas. Estas personas que no les está quedando más remedio que convivir entre cuatro paredes con la violencia durante las veinticuatro horas del día, día tras día, son un efecto colateral que muy pocas personas tienen en mente, o prefieren no tenerlas, porque el miedo al contagio o necesidad irracional a la seguridad radical hacia
nuestra persona hace que miremos para otro lado. Todos aceptamos el encierro como medida preventiva, y si el confinamiento ponía en peligro por violencia familiar a otras personas, qué más daba, siempre que no fuera uno mismo el afectado.
    Le sirvo un plato de espaguetis a la carbonara a mi hija, se los corto para que no se atragante —una vez, cuando era más pequeña se atragantó con uno y desde entonces les tiene respeto a los espaguetis sin cortar—, me sirvo yo otro y sentados uno frente al otro comemos en silencio mientras las voces salidas del televisor —odio la tele, me parece que ya lo he escrito más de una vez, pero en el encierro y con una niña, mantener la televisión apagada es casi más difícil que tenerlo todo en su sitio— nos hacen llegar diálogos absurdos de cualquier teleserie cómica de esas que repiten los mismos capítulos una y otra vez hasta la saciedad. Mastico despacio mientras intento dejar de pensar en todo esto, además, en este momento mi hija  se ríe de cualquier chorrada que ha escuchado en la tele y los espaguetis están buenísimos, así que... ¿de qué coño estaba escribiendo yo hoy?