domingo, 12 de abril de 2020

Día 28.



Hoy me toca quedarme con mi madre. Entro en su casa y me la encuentro sentada en el sofá, coloreando un mandala. Cuando me siento junto a ella me enseña muy orgullosa todo un libro completo de mandalas que ya ha coloreado. La encuentro mejor que el último día que estuve con ella, de mejor humor y más centrada. Supongo que ella también empieza a adaptarse a la cuarentena, aunque tampoco es muy consciente de cuántos días lleva encerrada, pues la noción del tiempo hace mucho que la perdió. Se queja del dolor de espalda y piernas, y de vez en cuando se pone a dar vueltas caminando alrededor de la mesa para ejercitar sus extremidades inferiores. Aunque ella no lo comente, puedo notar que echa de menos ir al centro de día, relacionarse con otras personas y realizar las actividades que allí les hacen hacer.

   Me pregunta por mi mujer y mis hijos, lo hace dos o tres veces a lo largo del día,  porque su retención de memoria también empieza a cojear. La cuarentena es un arma de doble filo para las personas mayores, por un lado las protege de un contagio que casi seguro los mandaría al otro barrio; pero por otro lado les acelera el deterioro cognitivo sin poder evitarlo.
   Salgo al balcón un rato. De niño pasaba horas en el balcón, me encantaba poder observar el mundo desde arriba sin ser partícipe yo de él. Me sorprende encontrarme una Gran Vía desierta, sin personas ni vehículos pasando a toda velocidad por la autopista; tan solo una autobús vacío alejándose en el horizonte. Al rato de disfrutar de esa soledad, entro de nuevo y me siento en el sofá. Mi madre mira en silencio las noticias, en ellas dicen que hoy solo llevamos quinientos fallecimientos por el virus en lo que va de día; lo dicen con un tono desenfadado, como si esas quinientas muertes no tuvieran importancia, total, ayer fueron casi novecientas, entonces es una gran  noticia de verdad. Hemos pasado el pico, teóricamente a partir de ahora la cosa irá a mejor, menos contagios, menos defunciones, menos humanidad en nuestros corazones por alegrarnos de esas "solo quinientas defunciones".
    Cuando termina el noticiero empieza una de esas películas típicas de sobremesa que a mi madre le encanta mirar aunque no se entere nunca de qué van. En silencio, con la mirada perdida en el horizonte de la pantalla, intento imaginarme el número final de personas que habrán muerto a causa del virus cuando todo esto termine; la cicatriz que va a dejar esto y que el Gobierno ya intenta tapar con maquillaje barato. Lo triste es que, los humanos tenemos ya de por sí poca retención de memoria —antes incluso de que la demencia nos alcance como a mi madre—, y en pocos días, una vez normalizada la situación, volveremos a ser los de antes. Colapsaremos los servicios de urgencias por tener un mero constipado o una indigestión por hincharnos a berberechos en el vermut del domingo o congestionaremos las vías de las urbes con nuestros coches y motos disparando de nuevo los niveles de contaminación.

    En la televisión, una mujer busca desesperadamente a su hija, robada de bebé. Mi madre duerme sentada en el sofá y yo apoyo la cabeza sobre mi mano, cerrando los ojos para imitar a mi madre y fundirme en una agradable siesta postcomida; total, volveré a ser el mismo de siempre cuando despierte, por muy malos que vayan a ser mis sueños.