lunes, 13 de abril de 2020

Día 29. ¿Qué haría Jesse James?

Día 29, a 12 de abril de 2020

Una de las primeras cosas que he visto al despertarme esta mañana, ha sido un mensaje de mi encargado, aunque más que un mensaje era un documento con el cuadrante de lo que resta de mes. En el cuadrante figura que mañana tengo que ir al curro; con otro apellido, como siempre, porque el tío es lerdo y después de casi un año trabajando allí y dándome documentos con mis datos todavía no sabe cómo cojones me apellido. Mañana iré a ver cómo va el percal en ese peligroso lugar donde todo se derrumba, que es mi lugar de trabajo. 
   Por lo demás, el día ha sido estupendo. Hacer la comida, una cantidad criminal de flexiones, tomar unas birras con mi mujer antes de comer y amarnos los cuerpos. Mañana el día me sabrá agridulce, más bien amargo. Pero mañana no es hoy, hoy estoy aquí sentado escribiendo con una Carlsberg encima del escritorio y Elvis sonando en los altavoces.
   A veces la gente es tan jodidamente estúpida como para preguntarse ¿qué haría Jesús? Lo más probable es que yo no sea ningún genio, pero tampoco soy tan imbécil como para pensar en las reacciones de uno de tantos mesías, independientemente de su éxito. Prefiero pensar ¿qué haría Jesse James? Un hombre al que se catalogó como terrorista neoconfederado, qué según él mismo seguía luchando por la causa perdida de los Estados Confederados de América. Seguramente eso solo fuera una excusa para dedicarse al asalto y no tener que rendir cuentas a nadie. Supongo que Jesse James si mañana fuera a mi trabajo le descerrajaría el cargador de su revólver a mi encargado, por hijo de puta; después se jugaría el culo dando algún golpe con el que vivir hasta el siguiente. Pero ni estamos en Misuri, ni esto es el siglo XIX y por supuesto no soy Jesse James. Lo que está claro es que la búsqueda de la libertad tiene un precio, y ese precio suele ir vinculado a la propia longevidad. Aunque no lo vaya a hacer, me gusta imaginarme llegando mañana al trabajo y abriéndole seis agujero en el pecho a ese tipo; cargar de nuevo mis armas y dirigirme hacia el encargado general del centro para volarle la puta cabeza. Y así, uno a uno con todos los dirigentes de esa empresa, para volver a esa montaña en la que no vivo y gozar de mi libertad temporal. Tanto hijo de puta y tan pocas balas. Pero ahora voy a cenar con mi mujer, preparar mi ropa de trabajo y disfrutar de este momento.