lunes, 13 de abril de 2020

La pesadilla del treinta




Me despierto de madrugada, a eso de las dos. Llamo a Lidia en voz alta y le pregunto si está bien. Una maldita pesadilla, le intento explicar medio dormido. Recuerdo vísceras, muerte, el infierno, fuego, mucho fuego, y olor a putrefacción. Apago la luz y cierro los ojos. Fuera suenan las gotas de lluvia golpeando la ventana, algo hipnótico en según qué momentos. Me cuesta volver a dormir, pero finalmente lo hago.
    A eso de las seis de la mañana me despierto definitivamente. Sí, lo sé, el niño llora y bla, bla, bla. El caso es que acabo en el salón e intento sentirme escritor, algo que parece complicado en los tiempos
que corren, una especie de condena eso de disfrutar del silencio. Añoro leer y dejar que la noche me envuelva y se coma mi alma una vez más. Soy consciente de ellos, es algo tan poético que no puede ser real (¡Que os jodan!).
    Cierro el documento. Dejo a un lado las correcciones. Y vuelvo a la jodida y cruda realidad. Estamos encerrados en casa, y llevamos así un mes entero, se dice pronto. Lo han camuflado con tonterías, pero la verdad es peluda, ruidosa, huele mal y te suele mirar con mala cara desde el rincón más oscuro. Hoy, día 13 de Abril, reactivan la actividad esencial (¿?), como por ejemplo, el reparto de botes de pintura, o los talleres de cerrajería, o las imprentas, o las fábricas de vasos y jarras. En definitiva, te vas a un polígono industrial y todo va como siempre, pero camuflado y sin bares, tiendas de utramarinos y panaderías pequeñas. Nadie hace nada realmente, solo nos han jodido la vida privada, el único rato útil del día. Los autobuses van hasta la bandera, el tren, las carreteras. Las estaciones siguen estando concurridas porque hay muchos menos trenes, lo mismo pasa con las paradas de autobús. Así funciona todo hoy, después de un mes de encierro no hemos aprendido nada. Y de aquí quince días, volveré a currar porque seguramente reactiven toda actividad económica. Y lo intentarán pintar como que no pasa nada si mantenemos el distanciamiento social. Los primeros días nos darán mascarillas, guantes y ropa aislante, pero a las pocas semanas, todo volverá a la rivera de siempre. Sí, habrá un virus, pero les importa una mierda. Todo es cuestión de números, y así ha sido siempre. Solo digo una cosa, ¿cómo cojones vamos a mantener el distanciamiento social cinco tíos en un taller de cuarenta metros cuadrados? ¿Y en el autobús? Da igual, lo importante es que tu vida privada la pases encerrado en casa.
    Me preparo otro café y observo el amanecer por la ventana del salón. Hoy me toca llevar a la perra a la clínica veterinaria. Le toca vacuna. Sorbo café y pienso varias cosas a la vez. Quizá la pesadilla de la noche signifique que no puedo abarcar más de lo que quiero. No lo sé. Estoy algo desbordado por momentos, me largaría de aquí a tomar por culo, muy lejos. Puede que el lugar elegido fuese Alaska, a Lidia y a mí nos gusta. Una casa apartada, de madera, con mucho bosque y un lago cerca. Yo pasaría los días escribiendo, leyendo y cortando leña para la chimenea. Ella se iría pescar, leería y juntos beberíamos bourbon junto al fuego después de que el pequeño Gunnar se fuese a dormir. Seguramente aprendería a tocar el banjo, es un de mis asignaturas pendientes.
    Bueno, amigos, ya está bien de sueños por hoy, voy a ducharme, que tengo una cita con el veterinario (en casa le llamamos Carapapa).