Me despierto de
madrugada, a eso de las dos. Llamo a Lidia en voz alta y le pregunto si está
bien. Una maldita pesadilla, le intento explicar medio dormido. Recuerdo
vísceras, muerte, el infierno, fuego, mucho fuego, y olor a putrefacción. Apago
la luz y cierro los ojos. Fuera suenan las gotas de lluvia golpeando la
ventana, algo hipnótico en según qué momentos. Me cuesta volver a dormir, pero
finalmente lo hago.
A eso de las seis de la mañana me despierto
definitivamente. Sí, lo sé, el niño llora y bla, bla, bla. El caso es que acabo
en el salón e intento sentirme escritor, algo que parece complicado en los
tiempos
que corren, una especie de condena eso de disfrutar del silencio. Añoro leer y dejar que la noche me envuelva y se coma mi alma una vez más. Soy consciente de ellos, es algo tan poético que no puede ser real (¡Que os jodan!).
que corren, una especie de condena eso de disfrutar del silencio. Añoro leer y dejar que la noche me envuelva y se coma mi alma una vez más. Soy consciente de ellos, es algo tan poético que no puede ser real (¡Que os jodan!).
Cierro el documento. Dejo a un lado las
correcciones. Y vuelvo a la jodida y cruda realidad. Estamos encerrados en casa,
y llevamos así un mes entero, se dice pronto. Lo han camuflado con tonterías,
pero la verdad es peluda, ruidosa, huele mal y te suele mirar con mala cara
desde el rincón más oscuro. Hoy, día 13 de Abril, reactivan la actividad
esencial (¿?), como por ejemplo, el reparto de botes de pintura, o los talleres
de cerrajería, o las imprentas, o las fábricas de vasos y jarras. En
definitiva, te vas a un polígono industrial y todo va como siempre, pero camuflado
y sin bares, tiendas de utramarinos y panaderías pequeñas. Nadie hace nada
realmente, solo nos han jodido la vida privada, el único rato útil del día. Los
autobuses van hasta la bandera, el tren, las carreteras. Las estaciones siguen
estando concurridas porque hay muchos menos trenes, lo mismo pasa con las
paradas de autobús. Así funciona todo hoy, después de un mes de encierro no
hemos aprendido nada. Y de aquí quince días, volveré a currar porque
seguramente reactiven toda actividad económica. Y lo intentarán pintar como que
no pasa nada si mantenemos el distanciamiento social. Los primeros días nos
darán mascarillas, guantes y ropa aislante, pero a las pocas semanas, todo volverá
a la rivera de siempre. Sí, habrá un virus, pero les importa una mierda. Todo
es cuestión de números, y así ha sido siempre. Solo digo una cosa, ¿cómo
cojones vamos a mantener el distanciamiento social cinco tíos en un taller de
cuarenta metros cuadrados? ¿Y en el autobús? Da igual, lo importante es que tu
vida privada la pases encerrado en casa.
Me preparo otro café y observo el amanecer
por la ventana del salón. Hoy me toca llevar a la perra a la clínica veterinaria.
Le toca vacuna. Sorbo café y pienso varias cosas a la vez. Quizá la pesadilla
de la noche signifique que no puedo abarcar más de lo que quiero. No lo sé.
Estoy algo desbordado por momentos, me largaría de aquí a tomar por culo, muy
lejos. Puede que el lugar elegido fuese Alaska, a Lidia y a mí nos gusta. Una
casa apartada, de madera, con mucho bosque y un lago cerca. Yo pasaría los días
escribiendo, leyendo y cortando leña para la chimenea. Ella se iría pescar,
leería y juntos beberíamos bourbon junto al fuego después de que el pequeño
Gunnar se fuese a dormir. Seguramente aprendería a tocar el banjo, es un de mis
asignaturas pendientes.
Bueno, amigos, ya está bien de sueños por
hoy, voy a ducharme, que tengo una cita con el veterinario (en casa le llamamos
Carapapa).
