lunes, 13 de abril de 2020

Día 29.

Hoy me ha dado por cortarme el pelo, normalmente llevo la cabeza rapada, pienso que el pelo y sus peinados son una fuente de alimentación de nuestro ego, por eso suelo rapármelo, es una renuncia voluntaria de la belleza exterior. Pero de vez en cuando me da por dejármelo un poco largo y hacerme algún peinado, supongo que no tengo la entereza necesaria para ser el asceta que me gustaría ser.
   Es domingo y mi mujer tiene fiesta. Estamos los dos tirados en el sofá, con la mirada clavada en el puto móvil mientras en la televisión alguna película, a la que no hacemos caso, va transcurriendo con toda normalidad. Es un día tan común y normal que apenas nos acordamos de que estamos en arresto domiciliario por el riesgo a contagio por un puto virus. Según me cuenta mi mujer, mañana empieza a trabajar bastante gente, pero el resto seguimos en confinamiento, y la gente que va a trabajar tiene que ir derechita a casa cuando terminen sus jornadas laborales. Me resulta curioso que cientos de
personas se apiñen en los vagones de trenes, metros, autobuses o lugares de trabajo donde sea imposible mantener ese metro y medio de distancia de seguridad por no haber espacio suficiente, pero que el verdadero riesgo de contagio esté en que salgamos a la calle en el tiempo de ocio. Bueno, debe ser algo normal cuando nadie dice nada al respecto, pero bueno, supongo que es mejor vivir siendo esclavo que morir siendo libre, siempre nos queda cantar el Resistiré y sentirnos héroes por quedarnos en casa, no sé, el corte de pelo debe haberme afectado a la mente, porque solo pienso en estas tonterías mías sin importancia ninguna.
   El día pasa con total normalidad, no sucede nada de vital interés, preparamos el desayuno, desayunamos, limpiamos, preparamos la comida, comemos, miramos nuestros móviles ignorándonos mientras la niña juega en su habitación, preparamos la cena, cenamos, y al rato nos vamos a dormir, cerrando un ciclo que comienza en ese mismo instante también.
   Escucho música Country de la vieja escuela, mi mujer se ha hartado de que tenga siempre música clásica sonando por los altavoces, aunque no creo que esta le haga mucha gracia tampoco, pero suele hacerse la distraída y me deja poner lo que quiera, sabe que de los tres soy yo el que peor lleva lo de estar encerrado y no pone trabas a que haga cualquier cosa para distraerme. Tengo mucha suerte de tenerla a ella, no sé si ella podrá decir lo mismo de mí.
   Mientras suena Eddie Noak reviso por encima en el ordenador el manuscrito de la última novela que escribí, una mierda Kafkiana y surrealista a la que le di forma hace casi tres años, desde entonces no he vuelto a escribir nada, bueno, algún puñado de poemas, pero en prosa nada de nada desde el año dos mil diecisiete ¿Por qué razón? La verdad es que no lo sé, supongo que porque siempre he pensado que había un escritor en mi interior hasta que me dí cuenta que dentro de mí solo hay sangre y un montón de vísceras malolientes, y por mucho que algunos digan que las mejores novelas salieron de lo más profundo de las tripas de sus autores, se equivocan, porque de las tripas solo sale mierda, por mucho que se les apriete.
   Hoy hace un día de puta madre, sol, temperatura cálida y ni una nube en el cielo, pero según el pronóstico del tiempo la cosa cambia bastante para mañana, así que pongo a cubierto mis Kalanchoes para que no se encharquen otra vez —ahora que están en proceso de recuperación del invierno— y me meto en la cama. Mañana lloverá y yo lo veré por la ventana, y eso será todo lo que escribiré en este diario, porque no pienso hacer nada más en todo el día.