Día 30, a 13 de abril de 2020
De vuelta al puto tajo, como si no pasara nada. Un polideportivo espectral con los focos de la entrada encendidos y en el que sabes que nadie va a entrar. Media mañana lloviendo, dando vueltas por las instalaciones, fumando y charlando con mi compañero. El encargado general me ha enseñado el parte de los bomberos sobre la puerta que casi me mata, las bridas las pusieron ellos; habrá que salir a aplaudir a esos putos héroes. No conformándose con eso se ha referido a que su palabra vale más que la mía y la de nadie, pero prefería que viese el informe; le he comunicado de forma literal que a mí su palabra y la del resto de cargos en la empresa me vale una puta mierda. No me vale la palabra de casi nadie, así que tampoco me iba a valer la palabra de un puto soplapollas cizañero al que apenas conozco.
El susodicho encargado general también ha querido puntualizar que en circunstancias normales, al tercer día sin ir a currar y sin justificación habría ido a la calle, en circunstancias normales… Después he visto a mi pequeño Santa Claus, mi responsable directo; el muy subnormal me ha pedido parte de baja otra vez, a lo que he aludido que en esta situación he seguido el protocolo de sanidad de quedarme en casa, que la longaniza está en su tejado y que por supuesto justificar mi ausencia (cosa del todo innecesaria) es su puto problema. Salió el sol, los pájaros volvieron a cantar y las plantas a su dichosa fotosíntesis; el sonido de la primavera quedó ahogado por el tronar de mi maquinaria mientras realizaba mi funesta tarea hasta la hora de salir. Colas en los estancos, colas en las panaderías y ojos vacíos como los de esos peces muertos sobre una capa de hielo en las pescaderías.
Y ya está bien de hablar de mi maldito y poco sustancial trabajo. Vuelta al hogar, comer con mi mujer y una bien merecida siesta para descansar mi dolorida espalda; después de tres semanas con escasa actividad estoy hecho polvo. Después de la siesta he ido a comprar, ya que llevamos más de un mes sin salir a cenar por ahí quiero hacerle mañana a mi mujer un salmón al horno; al menos vivir un día por encima de nuestras posibilidades. Dos tipos charlaban en la caja, dos pibes a los que había visto comprar cada uno por su lado, pero se conocían y han coincidido a la hora de comprar. La cajera les ha reprendido, les ha dicho que podía llamar a la policía por ir a comprar juntos, que eso no se puede hacer. Se ha montado un cipote de cojones como era de esperar, con los tipos sacando la documentación para que viera que viven en direcciones distintas y uno de ellos le ha dicho a la cajera que dejaba allí la compra y se iba a otro sitio a hacerla. La cajera con complejo de agente de la Stasi ha llamado a seguridad. Pagué mi compra mientras seguía la discusión y me largué del condenado supermercado con pocas ganas de volver a él en un futuro. Todo el mundo quiere tener autoridad, su pequeña y ridícula parcela de poder sobre los demás y así demostrar lo inferiores que se sienten ante los demás. Coloqué la compra al volver a casa, me tiré con mi mujer en el sofá, me serví una copa de Johnnie Walker y nos pusimos a ver South Park hasta que me he sentado a escribir estas líneas. Seguiré escribiendo este diario hasta que se considere un discurso peligroso y termine haciéndolo de forma clandestina junto con mis camaradas Salvajes. No tengo un revólver, no soy Jesse James, pero seguiré asaltando los pilares de la sociedad con mis palabras.
De vuelta al puto tajo, como si no pasara nada. Un polideportivo espectral con los focos de la entrada encendidos y en el que sabes que nadie va a entrar. Media mañana lloviendo, dando vueltas por las instalaciones, fumando y charlando con mi compañero. El encargado general me ha enseñado el parte de los bomberos sobre la puerta que casi me mata, las bridas las pusieron ellos; habrá que salir a aplaudir a esos putos héroes. No conformándose con eso se ha referido a que su palabra vale más que la mía y la de nadie, pero prefería que viese el informe; le he comunicado de forma literal que a mí su palabra y la del resto de cargos en la empresa me vale una puta mierda. No me vale la palabra de casi nadie, así que tampoco me iba a valer la palabra de un puto soplapollas cizañero al que apenas conozco.
El susodicho encargado general también ha querido puntualizar que en circunstancias normales, al tercer día sin ir a currar y sin justificación habría ido a la calle, en circunstancias normales… Después he visto a mi pequeño Santa Claus, mi responsable directo; el muy subnormal me ha pedido parte de baja otra vez, a lo que he aludido que en esta situación he seguido el protocolo de sanidad de quedarme en casa, que la longaniza está en su tejado y que por supuesto justificar mi ausencia (cosa del todo innecesaria) es su puto problema. Salió el sol, los pájaros volvieron a cantar y las plantas a su dichosa fotosíntesis; el sonido de la primavera quedó ahogado por el tronar de mi maquinaria mientras realizaba mi funesta tarea hasta la hora de salir. Colas en los estancos, colas en las panaderías y ojos vacíos como los de esos peces muertos sobre una capa de hielo en las pescaderías.
Y ya está bien de hablar de mi maldito y poco sustancial trabajo. Vuelta al hogar, comer con mi mujer y una bien merecida siesta para descansar mi dolorida espalda; después de tres semanas con escasa actividad estoy hecho polvo. Después de la siesta he ido a comprar, ya que llevamos más de un mes sin salir a cenar por ahí quiero hacerle mañana a mi mujer un salmón al horno; al menos vivir un día por encima de nuestras posibilidades. Dos tipos charlaban en la caja, dos pibes a los que había visto comprar cada uno por su lado, pero se conocían y han coincidido a la hora de comprar. La cajera les ha reprendido, les ha dicho que podía llamar a la policía por ir a comprar juntos, que eso no se puede hacer. Se ha montado un cipote de cojones como era de esperar, con los tipos sacando la documentación para que viera que viven en direcciones distintas y uno de ellos le ha dicho a la cajera que dejaba allí la compra y se iba a otro sitio a hacerla. La cajera con complejo de agente de la Stasi ha llamado a seguridad. Pagué mi compra mientras seguía la discusión y me largué del condenado supermercado con pocas ganas de volver a él en un futuro. Todo el mundo quiere tener autoridad, su pequeña y ridícula parcela de poder sobre los demás y así demostrar lo inferiores que se sienten ante los demás. Coloqué la compra al volver a casa, me tiré con mi mujer en el sofá, me serví una copa de Johnnie Walker y nos pusimos a ver South Park hasta que me he sentado a escribir estas líneas. Seguiré escribiendo este diario hasta que se considere un discurso peligroso y termine haciéndolo de forma clandestina junto con mis camaradas Salvajes. No tengo un revólver, no soy Jesse James, pero seguiré asaltando los pilares de la sociedad con mis palabras.