Hoy
es uno de esos días en los que no me apetece hacer nada, y no quiero
repetirme. Aunque aún estamos de
confinamiento mucha gente tiene que ir a currar. La tesitura es muy sencilla: o vas a currar a
riesgo de infectarte o te mueres de hambre ¡Joder con el primer mundo! ¿no?
El hastío de lo que llevo de día es
supino, desde primera hora que estoy en
el sofá mirando la tele como un jodido Zombi,
ya llevo dos porros entre pecho y espalda. El ruido de una obra cercana me crispa los
nervios. Cualquier comentario que haga Raquel es una excusa perfecta para
verter mi veneno, sin compasión, con malicia. Normalmente soy un cabronazo
pero hoy soy un perfecto hijo de puta ¡eh! Pero con tres masters.
Raquel no tiene mucha pinta de llevarlo
mejor que yo, lejos de morderse la lengua,
me escupe improperios como una jodida ametralladora. Normal, teniendo un besugo al lado comiéndole la
oreja como yo, lo extraño sería que no me dijera nada.
Llevo un par de días que no estoy muy fino,
ya no por mis habituales dolores, es
algo de la cabeza, hasta que no plasme
mis pensamientos en el diario del día anterior no me he percatado que me estoy
ahogando, si continuo así tendré que
pegarme una escapada al monte. Una carcajada se fuga de mis pulmones mientras
me imagino ataviado con un pasamontañas y vestido completamente de negro mientras
me fugo como un ninja. Dando volteretas
y con poses aerodinámicas mientras atravieso la calle que me lleva hasta la
subida que me lleva a la montaña. ¡Pedazo
NINJA DE PLASTILINA!
Raquel va gritando desde el cuarto, no distingo lo que dice. Presto atención: “¡PUTA,
PUTA, PUTA, PUTA, PUTA!”. Va jaleando. “¿Qué coño pasa?”, le pregunto. Me dirijo hasta la habitación y me la
encuentro con la camisa quitada. Sus
preciosos pechos me apuntan amenazándome. “¡PUTA, PUTA, PUTA, PUTA, PUTA!”,
continúa gritando como si de un Sutra se tratara, consigo apartar la mirada de
sus deliciosas tetas, le miro a los ojos, una enorme carcajada rompe la tensión,
soy afortunado por participar en esta
LOCURA COMPARTIDA.