Día 32, a 15 de abril de 2020
Hoy he decidido cuidarme un poco más de lo que
lo estaba haciendo últimamente y me preparado el Johnnie Walker con ginger ale,
si me viera mi médico seguro que me daría un puto galardón al bastardo más sano
del año. Al sonar la tercera y más infernal alarma del móvil he conseguido
salir de la cama; soy incapaz de levantarme a la primera, sobre todo
para ir a un lugar detestable como mi curro. Mi mujer sigue en casa, pero se
levanta conmigo y me prepara un café; es lo único que me anima un poco ante la
expectativa de hacer el subnormal durante las seis horas que dura mi jornada.
Calles desiertas, solo escucho el sonido de mis pisadas y el martilleo dentro de mi cabeza ante la desolación. Ayer Ioana se encontró con una típula en el cuarto de baño a eso de la 1:00, dio un grito y salte de la cama a ver qué cojones estaba ocurriendo; no puedo culparla por tener fobia a los insectos que vuelan. Después de ese incidente me resultó complicado volver a dormir. Jornada laboral completamente absurda, bajo una cubierta viendo caer la lluvia en su mayor parte; toda una gozada para los sentidos. Al menos hice algo productivo y destruí una pieza del cortacésped mientras hacía un apaño con mi compañero.
Calles desiertas, solo escucho el sonido de mis pisadas y el martilleo dentro de mi cabeza ante la desolación. Ayer Ioana se encontró con una típula en el cuarto de baño a eso de la 1:00, dio un grito y salte de la cama a ver qué cojones estaba ocurriendo; no puedo culparla por tener fobia a los insectos que vuelan. Después de ese incidente me resultó complicado volver a dormir. Jornada laboral completamente absurda, bajo una cubierta viendo caer la lluvia en su mayor parte; toda una gozada para los sentidos. Al menos hice algo productivo y destruí una pieza del cortacésped mientras hacía un apaño con mi compañero.
La
vuelta a casa es la hostia, eso sí, dar un agradable paseo viendo a gilipollas
hacer una cola interminable para comprar una barra de pan. Un par de birras,
una comida copiosa y siesta. Con toda la mañana lloviendo, después de unos días
sin hacerlo he vuelto a ojear la prensa y después de ver muchos titulares sin
ningún tipo de interés me enteré hoy mismo del incendio que lleva diez días
activo cerca de Chernobyl. Lo que una vez centró la atención del mundo entero y
tenía aterrorizados a todos se convirtió en un reclamo turístico; ahora los
cimientos de la civilización tiemblan con el nuevo virus y seguramente con los
años se convierta en un ingrediente más para series de televisión. El ser humano
olvida rápido, cada vez más rápido, a la misma velocidad que impone los
estándares del modo de vida actual. No hay lugar para la calma, todo tiende a ir
cada vez más acelerado; han olvidado el ciclo natural de las cosas, incluso el
de la propia biología humana. Hay que echar más carbón a la caldera aunque se
esté ahogando por no poder quemar más combustible. Me gusta la calma y soy incapaz
de adaptarme a esta mierda, siempre he sido incapaz de ello y cada vez que
estoy más cerca de adaptarme al ritmo actual pongo un pie en el abismo. No digo
que este mundo no esté hecho para mí, no está hecho para los demás;
perfectamente alienados por los artificiales ciclos de la polución y el dinero.
Mañana será otro día más de pandemia, de explotación, de pequeñas
alegrías y de una extraña nostalgia por algo que nunca he tenido. La vida me
lleva a apreciar a las personas tristes, porque el único trasfondo que acabo
encontrando en las personas alegres es la estupidez y no hay cosa que deteste
más; eso sí, el día que deje las bromas absurdas y los chistes malos habré
muerto del todo como ser humano.