No me apetece hacer mucho hoy. Paso la mañana tumbado en el sofá, en un extraño estado vegetativo mientras mi hija juega a mi lado y de vez en cuando viene a darme algún beso o abrazo —es muy cariñosa—. Hace un día espectacular, desde el sofá puedo ver a través de la puerta de la terraza que no hay ni una nube y el cielo está de un azul especial, limpio, casi transparente, como nunca antes lo había estado. Pero ni eso me anima hoy, ni siquiera me apetece salir a la terraza un rato para disfrutar de este tiempo primaveral.
Hoy no me importa estar confinado, si tuviera en el sofá una manta lo suficientemente grande como para liarme entero, desde la cabeza a los pies, lo haría. Me envolvería creando una crisálida artificial con la esperanza de eclosionar al cabo de unos cuantos meses siendo otra persona diferente, alguien que no se sienta un fracasado desde que se levanta hasta que se acuesta para dormirse y soñar que es un fracasado. Llevo bastante tiempo en plena crisis existencial, pasa el tiempo y me parece que cada día me aleja más de encontrar un lugar en el mundo donde encajar. Realmente no sé quién soy. En mi vida normal me levanto cada día para ir trabajar, paso mi jornada laboral en urgencias, codo a codo con mis compañeras y compañeros a los cuales considero mi familia. Me gusta el trabajo que hago, de todos los trabajos que he tenido es el único que me hace sentir realizado, pero odio el hecho de tener que trabajar, de prostituir mi fuerza bruta y mental por un puñado de euros que apenas me permiten vivir con cierta dignidad sacrificándome para llegar a final de mes con las menos dificultades posibles. En mi tiempo de ocio —por llamarlo de alguna manera— huyo de todo contacto humano. Hasta hace un par de años me creía escritor, publiqué unos cuantos libros y escribí algunos más que están en “el cajón”, pero ya he perdido esa concepción de mí mismo, el escritor que se supone que había en mi interior murió agonizando sin ningún tratamiento paliativo ni de confort que le otorgara un poco de dignidad a su defunción. Ahora paso los días deambulando de un lado para otro de la casa, buscando involuntariamente, como si existiera la posibilidad de encontrar tirada en cualquier rincón una personalidad decente para llenar este cascarón vació en el que me he convertido. Me da miedo volver a trabajar, y no es por el alto riesgo de contagio, es porque no sé si estaré a la altura después de tantos meses de baja laboral. Por otro lado ya no soy capaz de volver a escribir dos palabras seguidas, me resulta casi imposible formar una frase correctamente estructurada y ni imaginarme crear un relato corto pasable, e inexistente la posibilidad de llegar a escribir una novela de nuevo. Terminé de escribir un poemario hace unos meses, desde entonces mi creatividad decidió pegarse un tiro en la boca para que así yo pudiera sentir el sabor a pólvora durante el resto de mi vida, recordándome que no vuelva a intentarlo. No soporto leerme a mí mismo, me parece que toda mi obra esta vacía de contenido a la par de ser infantil, cada vez me cuesta más dejar que alguien lea cualquier cosa que he escrito, soy mi propio crítico literario y como cual, odio todo lo que creo, alimentando de esta manera el odio que ya siento por mí mismo desde el día que nací.
Hago una sopa bastante simple para comer, no me apetece comerme mucho la cabeza, y así me da la opción de volver a tirarme en el sofá lo antes posible. Mi hija se la come mientras mira una serie infantil en la televisión, las voces enlatadas se me clavan en el cerebro.
Por la calle pasa de vez en cuando una furgoneta con altavoces por donde suena a un volumen atronador el Resistiré de los cojones. La España profunda sale a flote mientras nos hundimos cada día un poco más en ella. Echo de menos la lluvia de ayer, verla caer durante todo el día mientras las nubes cubrían el cielo dando a todo un aspecto gris y triste. Hoy brilla el sol, contrastando de forma bestial con mi estado de ánimo. Miro como cuelgan los pantalones de pijama empapados por la lluvia de ayer. Quizá debería colgarme a secar yo también mientras el resto del las personas de este pueblo cantan el himno a la resistencia vírica en otro día que fue como ayer y será como mañana, con música clásica sonando por mis altavoces, con partidas de ajedrez, con gente muriendo por el virus, con personas alabando al nuevo orden mundial, convertidas en policías de ellas mismas y de sus semejantes; con un #yomequedoencasa eterno, del cual no nos libraremos ni el día en que todo esto acabe y volvamos a esas cosas llamadas “nuestras vidas normales”.
Hoy no me importa estar confinado, si tuviera en el sofá una manta lo suficientemente grande como para liarme entero, desde la cabeza a los pies, lo haría. Me envolvería creando una crisálida artificial con la esperanza de eclosionar al cabo de unos cuantos meses siendo otra persona diferente, alguien que no se sienta un fracasado desde que se levanta hasta que se acuesta para dormirse y soñar que es un fracasado. Llevo bastante tiempo en plena crisis existencial, pasa el tiempo y me parece que cada día me aleja más de encontrar un lugar en el mundo donde encajar. Realmente no sé quién soy. En mi vida normal me levanto cada día para ir trabajar, paso mi jornada laboral en urgencias, codo a codo con mis compañeras y compañeros a los cuales considero mi familia. Me gusta el trabajo que hago, de todos los trabajos que he tenido es el único que me hace sentir realizado, pero odio el hecho de tener que trabajar, de prostituir mi fuerza bruta y mental por un puñado de euros que apenas me permiten vivir con cierta dignidad sacrificándome para llegar a final de mes con las menos dificultades posibles. En mi tiempo de ocio —por llamarlo de alguna manera— huyo de todo contacto humano. Hasta hace un par de años me creía escritor, publiqué unos cuantos libros y escribí algunos más que están en “el cajón”, pero ya he perdido esa concepción de mí mismo, el escritor que se supone que había en mi interior murió agonizando sin ningún tratamiento paliativo ni de confort que le otorgara un poco de dignidad a su defunción. Ahora paso los días deambulando de un lado para otro de la casa, buscando involuntariamente, como si existiera la posibilidad de encontrar tirada en cualquier rincón una personalidad decente para llenar este cascarón vació en el que me he convertido. Me da miedo volver a trabajar, y no es por el alto riesgo de contagio, es porque no sé si estaré a la altura después de tantos meses de baja laboral. Por otro lado ya no soy capaz de volver a escribir dos palabras seguidas, me resulta casi imposible formar una frase correctamente estructurada y ni imaginarme crear un relato corto pasable, e inexistente la posibilidad de llegar a escribir una novela de nuevo. Terminé de escribir un poemario hace unos meses, desde entonces mi creatividad decidió pegarse un tiro en la boca para que así yo pudiera sentir el sabor a pólvora durante el resto de mi vida, recordándome que no vuelva a intentarlo. No soporto leerme a mí mismo, me parece que toda mi obra esta vacía de contenido a la par de ser infantil, cada vez me cuesta más dejar que alguien lea cualquier cosa que he escrito, soy mi propio crítico literario y como cual, odio todo lo que creo, alimentando de esta manera el odio que ya siento por mí mismo desde el día que nací.
Hago una sopa bastante simple para comer, no me apetece comerme mucho la cabeza, y así me da la opción de volver a tirarme en el sofá lo antes posible. Mi hija se la come mientras mira una serie infantil en la televisión, las voces enlatadas se me clavan en el cerebro.
Por la calle pasa de vez en cuando una furgoneta con altavoces por donde suena a un volumen atronador el Resistiré de los cojones. La España profunda sale a flote mientras nos hundimos cada día un poco más en ella. Echo de menos la lluvia de ayer, verla caer durante todo el día mientras las nubes cubrían el cielo dando a todo un aspecto gris y triste. Hoy brilla el sol, contrastando de forma bestial con mi estado de ánimo. Miro como cuelgan los pantalones de pijama empapados por la lluvia de ayer. Quizá debería colgarme a secar yo también mientras el resto del las personas de este pueblo cantan el himno a la resistencia vírica en otro día que fue como ayer y será como mañana, con música clásica sonando por mis altavoces, con partidas de ajedrez, con gente muriendo por el virus, con personas alabando al nuevo orden mundial, convertidas en policías de ellas mismas y de sus semejantes; con un #yomequedoencasa eterno, del cual no nos libraremos ni el día en que todo esto acabe y volvamos a esas cosas llamadas “nuestras vidas normales”.