jueves, 16 de abril de 2020

Lo que son 33 días




Me encantaría que todas estas entradas del diario fuesen relatos rollo Bukowski. Que cada uno de mis días fuese una borrachera, una disputa con la policía, movidas con los vecinos, noches de sexo casual, escupitajos en la botonera del portero automático, cagaleras interminables en las escaleras de emergencia. Me ha venido aquel primer libro suyo que me leí, siendo yo muy joven (16 años), Música de cañerías, y de cómo me enamoré de su literatura. Sé que es simple, pero es que la vida es simple. Ir a por pan y tomarse una lata de cerveza en la puerta antes de entrar, fumarse un cigarrillo dando la espalda al sol y, luego, un poco borracho, entrar y no dejar de mirarle las tetas a la panadera a través de la rendija que deja un botón desabrochado de su camisa, es simple. La vida nos la complicamos nosotros, y  a su vez se la complicamos al resto.
     Voy a imitar un poco Hank:
     Ayer abrí el frigorífico y me di cuenta de que solo quedaban dos latas de cerveza. Una profunda ansiedad se hizo con los mandos de toda la maquinaria. Dos jodidas cervezas, nada más. Es un puto drama nacional, el auténtico drama, hostias. A mí me la suda que mi vecina de arriba sea enfermera y toque la botonera del ascensor con la lengua. No me cae ni mejor ni peor, no la considero una rata contagiosa ni una persona cojonuda. Me parece igual de subnormal que siempre. La misma gilipollas de todos los días, a la que saludo amablemente y a la que miro cuando se pierde en el negror del portal.
    Es simple.
    Lidia, la misma que en nuestra primera cita trajo una botella de Jack Daniel’s para romper el hielo, se va a comprar y trae doce latas de cerveza para que su amado no pierda la puta cabeza. Ella está sin beber porque no quiere cuidar de un bebé en estado de embriaguez. La entiendo, su gusto la hace decantarse por bebidas destiladas, y no es buen momento. A ambos nos encantaría pasar la cuarentena viendo películas, bebiendo hasta reventar, follando, desnudos por casa, gritando por la ventana y disfrutando como jodidos gatos callejeros en celo. Pero no, nuestra realidad es otra.
    ¡A la mierda!
    Para imitar a Hank tendría que decir que acabé el día tirado en las escaleras del portal, ya de por sí cutres y dignas de uno de los peores barrios de Los Ángeles, fumando colillas del suelo, con la polla en la mano, insultando a la enfermera, no por ser una rata contagiosa, sino por zorra asquerosa y guarra, y al resto de vecinos los insultaría por llamar rata contagiosa a la enfermera, por desalmados de mierda. Todo acabaría con uno de los vecinos saliendo de su casa,  mi puño en su cara, él rodando por las escaleras. La policía entrando a la comunidad y el nuevo Hank, yo, escupiéndoles a la cara y gritando: «¡Soy una jodida rata contagiosa, hijos de puta, NAZIS!». Pero vamos, todos sabemos que no soy Hank, soy un escritor aburrido con pinta de asesino en serie que se tiene que dedicar a cualquier mierda para sobrevivir. Un anormal.