jueves, 16 de abril de 2020

Día 32.

Me parece que mirar cómo vuelan las golondrinas ha sido lo más interesante que he hecho hoy.
   Ha hecho un día de mierda, de esos que amenazan lluvia pero te van engañando con claros entre las nubes, para que creas que va a mejorar y pongas una lavadora que luego no podrás tender porque volverá a amenazar lluvia, y así constantemente. Pero las golondrinas vuelan indiferentes a todo, danzando por el cielo nublado con sus alegres chillidos. Les gustan los días nublados, también les encanta volar bajo la lluvia. Todo eso lo he ido averiguando estos últimos días, encerrado en casa sin nada mejor que hacer que mirar cómo vuelan las golondrinas —quien fuera una— mientras espero a que nos rebajen la condena; vale que los seres humanos somos gilipollas de base, pero tampoco nos merecemos cadena perpetua.
   Mi mujer me ha enseñado unas publicaciones de redes sociales donde gente dedicada a la sanidad o comercio han encontrado carteles en las puertas de sus casa donde sus queridos vecinos les pedían amablemente que no volvieran al edificio por el riesgo de contagio. La verdad es que no me ha extrañado nada, y si alguien se ha sorprendido es que ha estado viviendo en una cueva o con la cabeza metida dentro de un cubo de estiércol toda su vida. El ser humano es la peor raza que existe sobre la faz de la tierra, capaz de aplaudir en el balcón a los sanitarios mientras todavía está fresca la tinta del cartel que acaba de imprimir pidiendo a su vecina enfermera —por poner un ejemplo— que no vuelva al edificio mientras dure la pandemia. Puede que en el fondo sí que nos merezcamos la cadena perpetua.
   He abonado todas mis plantas con mi “mezcla especial” de posos de café, cascara de huevo, enraizante de lenteja casero y un toque de canela. También he preparado un té de plátano para las que están empezando con la floración, y de recompensa un dolorcillo de hombro derecho por estar trasteando con unas macetas que deben pesar ni medio kilo cada una. Es el premio de hacerse viejo, y de haber tenido trabajos de mierda toda la vida. Todo gracias a un sistema sanitario que deja mucho que desear, y gracias a los esfuerzos del Gobierno —cualquiera de ellos, me importa una mierda de qué color sea el collar del perro— por destruir la sanidad pública para tener excusa “creíble” para poderla privatizar. Me tomo mi medicación aunque sé que no me va a quitar el dolor, solo evitará que me empeore, pero bueno, mejor dolorido que muerto, según dicen algunos.
   No sé en qué estaba pensando cuando acepté escribir este diario; supongo que pensé que escribiría cualquier mierda que se me ocurriese así, sin más, quejándome de lo malo que es estar encerrado y la penita que doy, pero la cosa ha ido un poco más allá. Esta mierda está haciendo que cada día profundice un poco más en mi interior, asomándome al borde del abismo y escupiendo dentro para ver cuánto tiempo tarda el escupitajo en tocar fondo, ese fondo que cada día veo un poco más de cerca. El interior de mi mente es como el de Jonesy en El cazador de sueños, todo un almacén lleno de viejos archivadores donde acumulo infinidad de recuerdos, experiencias y emociones que no siempre es agradable volver a revivir.
   Hace días que ya no pienso en la pandemia, el encierro empieza a ser algo normal, incluso hay personas que me han dicho que ahora les da miedo salir a la calle, no se sienten seguras, temen contagiarse, que el virus las mate o que un pájaro les cague encima, no sé. De ahí que empecemos a sustituir los aplausos por notas ofensivas hacia nuestros vecinos sanitarios.
   Lo sé, solo escribo incongruencias. Mejor sigo mirando cómo vuelan las golondrinas.