La
cinta transportadora lleva todo el día dando por culo, las piezas se atoran y eso provoca paros
constantes en la cinta. Paro, rearme y
arranque. No sé las veces que realizo estas operaciones. En una de estas ocasiones (para mi la última)
una de las piezas se encalla en la rampa de caída, le doy un ligero golpe a la
pieza y consigo desencallar la cinta transportadora, la pieza se cae al suelo, justo debajo de la
cinta, me agacho para recogerla y al
incorporarme mi hombro izquierdo choca con un canto vivo de la cinta y la pieza
cae al suelo. “Un golpe de nada”, pienso yo. Mi brazo se intenta estirar para
recoger la pieza pero no reacciona, lo único que recibo es una sinfonía de
huesos chocando entre si, puedo notar el
desorden óseo reflejado en la deformación de la piel. Mi brazo izquierdo no responde, como puedo lo
apoyo contra la pared y presiono con fuerza ¡Cloc! Creo que
lo he puesto en su sitio. Más tarde, en el hospital, la doctora volvió a hurgar en el hombro, un petardeo de huesos desencadenó la ira más salvaje del dolor, una férula y un mes en casa de reposo.
lo he puesto en su sitio. Más tarde, en el hospital, la doctora volvió a hurgar en el hombro, un petardeo de huesos desencadenó la ira más salvaje del dolor, una férula y un mes en casa de reposo.
Al mes siguiente volví a ver a los médicos,
en esta ocasión en la mutua de la empresa.
Fue uno de los momentos más terroríficos de mi vida. Cuando el anciano
doctor me quitó la férula mi brazo cayó inerte, aunque podía mover los dedos de
la mano el miembro cayo sin vida, jodida gravedad, más traqueteo de huesos. La
mirada perpleja del médico fue lo que más me alarmó. La enfermera me ayudó a estirarme en la
camilla, una serie de llamadas nerviosas y ya tenía una ambulancia esperándome.
Me llevaban hacía la capital del reino, el Hospital Copérnico de Barcelona.
Tres operaciones después y una infinidad de
horas de fisioterapia a penas me sirvió para nada. Restitución e injerto de
bíceps, reducción de la cabeza ósea, quitar esquirlas sueltas de hueso,
implantar una polea de titanio… una infinidad de remiendos como si el cuerpo
humano fuera una muñeca de trapo.
En la última cita el doctor me dijo: “Señor
Alarcón, hemos hecho lo que hemos podido, las SECUELAS que quedarán son
imprevisibles (con eso y un cucurucho,
para casa malucho).
Han pasado 4 años y la parte izquierda de
mi cuerpo ha degenerado a pasos agigantados. El hombro, conforme avanza la
jornada, se va entumeciendo y perdiendo movilidad, un peso muerto sin capacidad
de movimiento, eso repercute en la lesión de columna (¿No quieres caldo? Pues
dos tazas llenas).