Empiezo a no echar de menos salir a la calle, con la llegada del buen tiempo me tiro el día en la terraza cuidando mis plantas, con el cielo sobre mi cabeza y los muros rodeándome, no soy libre, no me siento libre, pero ya casi no me importa. Supongo que me estoy acostumbrando a todo esto, tomándome como normal el estar confinado en mi propio domicilio. Como cualquier cobaya enjaulada, mi universo se empieza a reducir a las cuatro paredes de mi hogar, y lo que haya más allá empieza a importarme una puta mierda.
Le quito el óxido a las tijeras de podar, llevan desde el final del verano pasado en desuso y me veo obligado a darle un buen baño de lejía y aplicarle un poco de “cariño” a toda su superficie con el estropajo de aluminio. Mientras froto cada punto de óxido hasta hacerlo desaparecer no puedo evitar sentirme como esas tijeras. Llevo demasiado tiempo en desuso, completamente oxidado, me duele todo el cuerpo por el mero hecho de estar trasteando un poco con las macetas —Hoy me duelen especialmente los pies—, eso hace que mi preocupación por mi porvenir se acreciente ¿Cómo lo voy a hacer cuando me vuelvan a mandar a trabajar? ¿Cómo conseguiré aprender a vivir con este dolor que ya me han asegurado que será de por vida? Mientras empiezo a hacer la comida no puedo quitarme ese pensamiento de la cabeza. La neuróloga ya me lo advirtió hace tres años y lo ha vuelto a hacer esta vez, el dolor no va a desaparecer, tendré que vivir con él siempre, las veinticuatro horas del día durante el resto de mi vida. La verdad es que llevo como unos diez años así, y durante este tiempo conseguí convivir con el dolor hasta que hace unos meses empezó a ganarme la partida y aquí estoy, delante de la cocina, preparando la comida, encerrado para el control del virus y sintiéndome un verdadero inútil ante mi mujer, ante mis compañeros de trabaja y lo peor de todo, ante mí mismo.
No hay nada peor que sentirte un inútil, tener que convivir con la vergüenza y la culpabilidad mientras ves como el amor propio y la autoestima se meten mutuamente una pistola en la boca y aprietan el gatillo, pero no acaban de matarse nunca, así pueden segur interpretando dicha función cada día del resto de mi vida.
Mi hija lleva todo el día renegando, tiene que hacer todos los deberes que le han mandado vía telemática desde el colegio y como buena Cabezuelo que es, odia hacer los deberes. Todo el día se convierte en una pelea constante para que se siente y se centre un poco en las tareas, pero es casi una causa perdida, pero quién puede reprochárselo, yo mismo empiezo a tener problemas para levantarme a una hora decente y hacer las tareas domésticas. Odio la tele, pero me tiro todo el día delante de ella, con la mirada perdida en algún punto de la pantalla, sin hacer nada, pensar en nada, con la eterna escusa de “ya lo haré luego”. No leo, no escribo, no escucho música… supongo que me estoy convirtiendo en el prototipo de neociudadano que quieren conseguir, apático, agorafóbico, egoísta e inhumano. Basura blanca de pueblo costero.
Por la noche me veo por segunda vez en dos días la película “El Nuevo Nuevo Testamento”, un Dios hijo de puta y seis nuevos apóstoles escribiendo el Nuevo Testamento, me resulta gracioso a la par de interesante la similitud con los que escribimos este libro y la situación actual. Seis apóstoles salvajes escribiendo los nuevos evangelios. Estamos condenados al infierno, se me escapa una sonrisa leve y torcida pensando en ello.
Trago mis pastillas, intento no pensar en el dolor y me tumbo en la cama mirando al techo en la oscuridad de la noche, preocupado por todos los míos —como he escrito antes, también me estoy volviendo egoísta y me empiezan a impostar una mierda todos los demás— mientras intento dormir unas cuantas horas —una pequeña muerte temporal— antes de que el sol salga de nuevo y pueda decir aquello de “Amanece que no es poco”.
Le quito el óxido a las tijeras de podar, llevan desde el final del verano pasado en desuso y me veo obligado a darle un buen baño de lejía y aplicarle un poco de “cariño” a toda su superficie con el estropajo de aluminio. Mientras froto cada punto de óxido hasta hacerlo desaparecer no puedo evitar sentirme como esas tijeras. Llevo demasiado tiempo en desuso, completamente oxidado, me duele todo el cuerpo por el mero hecho de estar trasteando un poco con las macetas —Hoy me duelen especialmente los pies—, eso hace que mi preocupación por mi porvenir se acreciente ¿Cómo lo voy a hacer cuando me vuelvan a mandar a trabajar? ¿Cómo conseguiré aprender a vivir con este dolor que ya me han asegurado que será de por vida? Mientras empiezo a hacer la comida no puedo quitarme ese pensamiento de la cabeza. La neuróloga ya me lo advirtió hace tres años y lo ha vuelto a hacer esta vez, el dolor no va a desaparecer, tendré que vivir con él siempre, las veinticuatro horas del día durante el resto de mi vida. La verdad es que llevo como unos diez años así, y durante este tiempo conseguí convivir con el dolor hasta que hace unos meses empezó a ganarme la partida y aquí estoy, delante de la cocina, preparando la comida, encerrado para el control del virus y sintiéndome un verdadero inútil ante mi mujer, ante mis compañeros de trabaja y lo peor de todo, ante mí mismo.
No hay nada peor que sentirte un inútil, tener que convivir con la vergüenza y la culpabilidad mientras ves como el amor propio y la autoestima se meten mutuamente una pistola en la boca y aprietan el gatillo, pero no acaban de matarse nunca, así pueden segur interpretando dicha función cada día del resto de mi vida.
Mi hija lleva todo el día renegando, tiene que hacer todos los deberes que le han mandado vía telemática desde el colegio y como buena Cabezuelo que es, odia hacer los deberes. Todo el día se convierte en una pelea constante para que se siente y se centre un poco en las tareas, pero es casi una causa perdida, pero quién puede reprochárselo, yo mismo empiezo a tener problemas para levantarme a una hora decente y hacer las tareas domésticas. Odio la tele, pero me tiro todo el día delante de ella, con la mirada perdida en algún punto de la pantalla, sin hacer nada, pensar en nada, con la eterna escusa de “ya lo haré luego”. No leo, no escribo, no escucho música… supongo que me estoy convirtiendo en el prototipo de neociudadano que quieren conseguir, apático, agorafóbico, egoísta e inhumano. Basura blanca de pueblo costero.
Por la noche me veo por segunda vez en dos días la película “El Nuevo Nuevo Testamento”, un Dios hijo de puta y seis nuevos apóstoles escribiendo el Nuevo Testamento, me resulta gracioso a la par de interesante la similitud con los que escribimos este libro y la situación actual. Seis apóstoles salvajes escribiendo los nuevos evangelios. Estamos condenados al infierno, se me escapa una sonrisa leve y torcida pensando en ello.
Trago mis pastillas, intento no pensar en el dolor y me tumbo en la cama mirando al techo en la oscuridad de la noche, preocupado por todos los míos —como he escrito antes, también me estoy volviendo egoísta y me empiezan a impostar una mierda todos los demás— mientras intento dormir unas cuantas horas —una pequeña muerte temporal— antes de que el sol salga de nuevo y pueda decir aquello de “Amanece que no es poco”.