Nuestras existencias
actuales parecen estar coloreadas por un niño de dos años puesto de anfetas. Somos
tachones, garabatos, sonrisas turbias y medio borradas. No existe un orden
lógico. El virus de la discordia es ahora quien manda, y lo más curioso es que
no quiere hacerlo. Simplemente ataca nuestro sistema inmune y se deja llevar
por la borrachera. «Estaba en ese animal y ahora estoy en vosotros». Vidas
vacías encerradas en casas llenas de vacío. Intrahistorias carentes de sentido,
como todas las jodidas intrahistorias. No se puede explicar lo inexplicable. Se
trata de vivir mientras morimos. Es cuestión de tiempo que nos lo acaben
pidiendo. Mientras tanto, en CovidWorld, la gente se esquiva de forma ansiosa
intentando no ser del todo asquerosa. Suenan aplausos a las ocho de la tarde,
pero muchos menos de los que pueda parecer. Los que todavía tenemos cojones
para salir a la calle, aunque sea para pasear a la perra, parecemos apestados.
Ni en los mejores sueños húmedos de cualquier dictador se da una situación así.
Nosotros mismos evitamos el contacto con nuestros semejantes. A veces pienso
que todo esto es una mentira, un montaje, una especie de pesadilla llevada a la
realidad por un cineasta venido a más. Puede que todas esas cámaras de
vigilancia ciudadana estén ahí para dar testimonio de esta gran broma pesada.
Hablar de mi vida es no hablar de nada en
estos míseros instantes. Solo cuido del bebé y procuro no morir de hambre.
Hemos reducido nuestro disfrute personal al mínimo absoluto. Lidia y yo somos
incapaces de estar juntos en paz y armonía, aunque parezca increíble. Es más, lo
mejor de este confinamiento es mi insomnio y los ratos que paso de madrugada frente
al ordenador, o las escasas horas que paso con ella en la cama, arropado por el
silencio, abrazándola. Nuestras charlas interminables también me apasionan,
pero eso no cuenta porque el niño nos lo pone muy difícil.
Hoy no me apetece escribir el diario, me
resulta repetitivo e insustancial. Nada apasionante. Lo estoy haciendo por enriquecer
la intrahistoria, simple y llanamente. Mis frentes, los que he decidido
mantener abiertos, me mantienen con vida. Uno es este diario grupal. El equipo
de Salvajes es mi válvula de escape, la muestra viva (al margen de Lidia y mi
hermano) de que no estoy solo en el océano interminable de éter.
Hoy no puedo evitar divagar…
Reconozco que tengo que hacer un esfuerzo
sobrehumano para mantenerme a flote en el seno de la humanidad. Poco antes de
empezar con Lidia estaba convencido de algo, llamémoslo suicidio social. Me
apasionaba la historia de Panero y su aislamiento casi voluntario. Y algo
parecido quería hacer, así lo planeaba, sin miramientos. Lo que la sociedad
quiere de mí no es lo que yo quiero dar. Mi oferta siempre ha sido otra, y no
tiene pinta de que vaya a cambiar mi idea. Y ahora estamos aquí, confinados, atrapados
en la tela de araña de un sistema que nos quiere vaciar el alma y convertir en
auténticos zombis. Que no digo que las circunstancias sean una patraña y no
tengamos que cuidar nuestra salud plural, solo digo que más vale prevenir que
curar. ¡A la mierda con todo!
