sábado, 18 de abril de 2020

Día 34.

Discuto con mi mujer nada más levantarnos, la verdad es que ahora mismo ya no recuerdo por qué, pero estar encerrados en casa de forma obligada después de una discusión con tu pareja no es lo más agradable del mundo. La casa se ha ido volviendo cada vez más pequeña mientras nosotros intentábamos, de forma absurda, esquivarnos; las paredes se han ido acercando las unas a las otras, los pasillos se han vuelto estrechos y cortos y en el comedor parecía que solo había espacio y aire respirable para una persona.
   Me he pasado la mayor parte de la jornada en la terraza, deambulando de un lado para otro como un puñetero hámster corriendo en la rueda de su jaula mientras un niño cruel lo alimenta a base de hojas de lechuga, esforzándome por llegar lo más lejos posible sin moverme del sitio. Recorriendo el perímetro de sus muros contando los pasos, mirando al cielo intentando predecir el tiempo —nubes, sol, nubes, sol, así enloquece cualquiera— y aguantándome las ganas de mear para entrar lo menos posible dentro de casa.
    Mi mujer y yo nos llevamos de maravilla, normalmente nuestros enfados suelen ser por cosas absurdas que se nos acaban olvidando al cabo del rato. Pero al estar encerrados la cosa cambia, no hay opción de salir a hacer la compra juntos o realizar cualquier otra actividad que pueda entretenernos lo suficiente como para hacernos olvidar cualquier gilipollez que nos hubiera pasado. No me gusta estar enfadado con ella, me hace sentir mal, culpable por haber provocado alguna situación que haya podido ser la causante de la eclosión de la disputa. Me pasa lo mismo con cualquier otra persona, no me gusta que la gente se enfade conmigo, me desata toda una maraña de sentimientos que me cuesta controlar. Hace años todo me la sudaba, y si alguien se enfadaba conmigo pues me la traía pero que muy floja, pero supongo que la vejez no viene sola, y a parte de toda una serie de dolores y desdichas, también hace flaquear al “tío duro” que llevamos dentro. O por lo menos ese es mi caso. Intento evitar la confrontación y la disputa por todos los medios, me he vuelto demasiado sensible a los estímulos externos y todo, por pequeño e insignificante que pueda parecer, me acaba afectando de una forma abismal. Y como se puede prever, esto no es muy compatible con tener una vida social, por muy escasa que esta sea, pues quien se junta con su prójimo, tarde o temprano termina discutiendo por algo, ya que por ahora —aunque cada vez menos— cada persona piensa y ve las cosas a su manera, y esto puede provocar cambios de opiniones que a veces no son tan amigables como desearíamos. Supongo que esa será la base de este ostracismo voluntario que he decido vivir el resto de mi vida.
   Me pregunto cómo estarán viviendo otras parejas el encierro; esas parejas que decidieron adoptar el grito, la humillación y el insulto como forma de expresión. Y los hijos de estas, cómo estarán haciendo para vivir el infierno día sí y día también, hora a hora, minuto a minuto, sin al menos la opción de poder evadirse en el colegio, en alguna actividad extraescolar o en el parque con sus amigos. En mi infancia viví esa situación algunas veces, recuerdo esas pequeñas dosis de infierno como si fuera ayer, si me hubiesen encerrado en aquella época hubieran creado a un futuro suicida en potencia; también me pregunto cuántos suicidas en potencia estarán creando ahora.

Llega la noche y todo sigue igual, apenas nos miramos, intentamos no cruzarnos por el pasillo y hablarnos los menos posible. Si alguna vez alguien me pregunta si he tirado algún día la basura, le contestaré que hoy. Me duele haber perdido un día de vida de esta forma tan tonta, mañana ella volverá a trabajar —todo el fin de semana— y yo me quedaré solo con mi hija pequeña, echando de menos a sus hermanos y torturándome mentalmente por el día de hoy, por no haber intentado arreglar las cosas lo antes posible, por haberme dejado ganar por este absurdo orgullo —que nunca me ha llevado a ningún sitio— y no haber pedido perdón, aunque no hubiera sido culpa mía —porque seguro que tampoco lo habrá sido de ella—, por permitir que el ego y la estupidez nos hayan hecho perder un día de vida de esta forma tan absurda.
   Dentro de un rato nos acostaremos, dándonos la espalda el uno al otro, con esa vocecilla susurrándonos al oído “háblale”, pero con ese don de no hacer caso a los buenos consejos, e intentaremos dormir intentando a la vez olvidar el día de hoy, ese día perdido en los confines del tiempo, imposible de recuperar.